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  • Deportividad nacional
  • Jack Doohan es ese australiano taimado y usurpador que se ha hecho con la butaca que, por méritos y derecho propio, debiera hospedar las tibias posaderas del pilarense Franco Colapinto.
Jack Doohan
Jack Doohan

Casi medio siglo después, otro australiano se atraviesa en los sueños e ilusiones automovilísticas argentinas. A finales de la década de los 70 fue el odioso Alan Jones el que bloqueó -con la siniestra complicidad de Williams- a nuestra estrella santafesina, Carlos Reutemann.



Si en aquellos años hubiera habido Twitter, Instagram o TikTok, esta es la hora que los argentinos hubiéramos hecho picadillo al regordete Jones, diciendo de él que es un bagayo, que pisa los pianitos, que se vive abatatando, que se lleva por delante el guard-rail y que sale de los boxes antes de que terminen de ajustarle los bulones a las ruedas, poniendo en riesgo la integridad física de los mecánicos.

Con tal de sentar a Colapinto en su lugar, los hinchas argentinos no ahorran comentarios negativos para Doohan.

Pero tanta es nuestra euforia cada vez que el australiano mete la pata, que el asunto ha desbordado el fanatismo de las redes sociales y está permeando el discurso de los medios serios.

Hoy, por ejemplo, se puede leer lo siguiente: «Todas estas situaciones benefician al argentino Franco Colapinto, quien podría reemplazar a Doohan en caso de que siga teniendo actuaciones tan flojas».

Pero ¡qué espíritu de equipo! Es como decir que si Leandro Paredes sufre un esguince de tobillo de grado 3, el que se va a beneficiar es Máximo Perrone. Colapinto y Doohan, por si alguien no se ha enterado, han sido contratados para tirar para el mismo lado.

Si de la «flojedad» de Doohan depende el futuro deportivo de Colapinto, creo que los argentinos deberíamos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para que la escudería Alpine contratara como auxiliar de boxes al utilero Galíndez, el mismo que tuneó (probablemente por orden de Bilardo) el bidón del que bebió Branco en Turín, en 1990.

La solución sería indolora para Doohan, pues Galíndez se encargaría de hacer fluir por ese tubito que sirve para hidratar a los pilotos en plena carrera una sustancia similar a la que adormiló al incrédulo Branco en aquel recordado mundial.

La próxima chicana ¡pum! y Colapinto ya tiene su lugar asegurado como piloto número uno de Alpine. No es muy deportivo que digamos desear la desgracia para el compañero de escudería de un argentino.

O enviamos a Galíndez, u optamos por enviar un colectivo lleno de barras bravas disfrazados de jubilados para que hagan su trabajo en el próximo gran premio.



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