Casi medio siglo después, otro australiano se atraviesa en los sueños e ilusiones automovilísticas argentinas. A finales de la década de los 70 fue el odioso Alan Jones el que bloqueó -con la siniestra complicidad de Williams- a nuestra estrella santafesina, Carlos Reutemann.
Con tal de sentar a Colapinto en su lugar, los hinchas argentinos no ahorran comentarios negativos para Doohan.
Pero tanta es nuestra euforia cada vez que el australiano mete la pata, que el asunto ha desbordado el fanatismo de las redes sociales y está permeando el discurso de los medios serios.
Hoy, por ejemplo, se puede leer lo siguiente: «Todas estas situaciones benefician al argentino Franco Colapinto, quien podría reemplazar a Doohan en caso de que siga teniendo actuaciones tan flojas».
Pero ¡qué espíritu de equipo! Es como decir que si Leandro Paredes sufre un esguince de tobillo de grado 3, el que se va a beneficiar es Máximo Perrone. Colapinto y Doohan, por si alguien no se ha enterado, han sido contratados para tirar para el mismo lado.
Si de la «flojedad» de Doohan depende el futuro deportivo de Colapinto, creo que los argentinos deberíamos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para que la escudería Alpine contratara como auxiliar de boxes al utilero Galíndez, el mismo que tuneó (probablemente por orden de Bilardo) el bidón del que bebió Branco en Turín, en 1990.
La solución sería indolora para Doohan, pues Galíndez se encargaría de hacer fluir por ese tubito que sirve para hidratar a los pilotos en plena carrera una sustancia similar a la que adormiló al incrédulo Branco en aquel recordado mundial.
La próxima chicana ¡pum! y Colapinto ya tiene su lugar asegurado como piloto número uno de Alpine. No es muy deportivo que digamos desear la desgracia para el compañero de escudería de un argentino.
O enviamos a Galíndez, u optamos por enviar un colectivo lleno de barras bravas disfrazados de jubilados para que hagan su trabajo en el próximo gran premio.