A diario aparecen en Salta apuñalados, muertos en las cunetas, mujeres masacradas debajo de los puentes y se cometen los crímenes más espantosos, y no he visto -más que en casos puntuales- que los salteños y las salteñas se echen masivamente a la calle para reclamar «justicia».
Una vez más quisiera recordar que los animales no pueden ser abusados sexualmente por el simple hecho de que no hay un uso sexual normal de ellos. Por otro lado, la integridad sexual de los animales -en este caso de los perros- no está protegida penalmente.
Los irracionales -por muy desarrollado que sea su sistema nervioso central, por mucha alma que posean o por muchos derechos que se les reconozcan- no pueden prestar consentimiento, ni negarlo. Precisamente es el consentimiento el que está en la base de todas las conductas que afectan la libertad sexual de los seres humanos.
Como muchos de mis compatriotas, me siento horrorizado por el ataque presidencial a ciertas minorías y discrepo profundamente de su enfoque sobre cierta ideología dominante. Pero al ver la marcha por el perrito «abusado» no puedo evitar pensar que actitudes radicales y extremas como estas son las que justifican la reacción de los intolerantes.
Defendamos con valentía y razón los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales, pero, por favor: no mezclemos estas causas nobles con la integridad sexual de los perros. Una, porque el perro no lo va a agradecer en absoluto y otra porque creer que proteger a los animales «nos humaniza» es una auténtica falacia en una sociedad en la que se silencian o relativizan los crímenes contra los seres humanos.

