Que se recuerde, Lionel Messi nunca jugó un mal partido con la camiseta de la Selección Argentina; pero, a pesar de sus buenas performances, al mejor jugador de la historia del fútbol le llevó muchos años de sufrimiento y desdén que la hinchada argentina (exigente como pocas) lo reconociera como un auténtico líder, como digno sucesor de Maradona.
Lo demostró al final del partido que enfrentó a la Selección Argentina con la de los Países Bajos, después de que Lautaro Martínez convirtiera el penal que daría a los dirigidos por Scaloni su pase a las semifinales de la competencia deportiva más importante del planeta.
Messi se dirigió al banquillo holandés y se encaró con Louis Van Gaal primero y con Edgar Davids después. La ira del capitán argentino estaba de algún modo justificada por los juicios superficiales, inoportunos, innecesarios y en cierto modo provocativos del veterano entrenador holandés sobre Messi, sobre el equipo nacional y sobre algunos jugadores argentinos que tuvo en sus equipos, como Juan Román Riquelme (F. C. Barcelona) y Ángel Di María (Manchester United).
El desafío verbal de Messi no fue sino un reflejo de lo que había sucedido en el terreno de juego a lo largo de injustificados 120 minutos, que se disputaron únicamente por el capricho del más exhibicionista de los árbitros del torneo: el valenciano Antonio Mateu Lahoz, que arrastra una fama bastante ambigua en su país natal y que después del partido de ayer se ha cavado su propia tumba.
La graduación de Messi como el máximo argentino de todos los tiempos (con permiso de Maradona, Bergoglio, Gardel, Guevara y Duarte de Perón) se produjo no obstante en el momento en que se hallaba en la zona mixta y comenzaba su entrevista en directo para TyC Sports, inmediatamente después del partido. Fue en aquel momento en que se le volvió a ver esa mirada de halcón y el cuello enrojecido que suele exhibir cada vez que se apresta a patear un tiro libre y se respira el aire fino del gol en el ambiente.
Pero esta vez no iba a golpear la pelota y clavarla en un ángulo sino castigar verbalmente al 19 de los rivales, el neerlandés Wout Weghorst (autor de los dos goles del rival), a quien se dirigió con gesto desafiante para decirle varias veces «¡Qué mirás, bobo! Andá para allá» indicando con el brazo el camino del vestuario naranja.
Los que hasta aquel momento seguían sin querer a Messi, y que no lo querrían ni aunque metiese cien goles en el Mundial, se rindieron inmediatamente a sus pies. Los repetidos gestos de deportividad de un deportista inclasificable dejaban paso así a la visceralidad más propia del carácter nacional que de los buenos modales del niño que llegó a Barcelona con problemas de crecimiento y que dejó la ciudad (y el club) por haber crecido demasiado.
Messi reaccionaba de este modo tan patriótico contra la insolencia de Van Gaal, el mal carácter de Weghorst, pero también -e incluso sin él saberlo- contra la incurable estupidez de algún escritor argentino residente en España, que algunas horas antes del partido había calificado injustamente de «mercenarios» a los jugadores argentinos, por cobrar mucho dinero y falsificar su sentimiento por la camiseta nacional.
Y si hay alguien con los dos pies en esta tierra que no falsifica sus sentimientos, ese alguien se llama Lionel Messi, por más que los números de su cuenta corriente confundan a intelectuales de poca monta, envidiosos de no haber podido echar buenas raíces en Barcelona como lo ha hecho nuestro futbolista estrella.