El rectángulo maldito de la ciudad de Salta, convertido en tumba de la libertad

Apple Store en el Cabildo de SaltaEl insigne arquitecto salteño-almeriense Mariano Sepúlveda Martín jamás pudo imaginar que una de sus creaciones más destacadas, la Plazoleta IV Siglos de Salta, llegaría algún día a convertirse en objeto de tan intensas como interesadas polémicas ideológicas.

Los militares que la inauguraron en 1982 tampoco pudieron calcular que, treinta años después, los salteños utilizarían esa misma plazoleta como excusa para manipular la historia, inventarse una cultura oficial y fomentar la división y el enfrentamiento de los que aquí vivimos.

Después de que un concejal de Salta -con el argumento de que el personaje representa el sojuzgamiento y la opresión de los pueblos originarios- propusiera acabar con el Virrey Toledo, cuya estatua se levanta en aquel rectángulo maldito, ahora otro colega suyo ha salido a calificar como "desatino cultural" la colocación de un cartel de McDonald's en una de las fachadas adyacentes a la Plazoleta.

Para el edil, este cartel «contradice todo nuestro patrimonio histórico»  (sic).

Mucho se ha hablado y escrito ya sobre el Virrey Toledo (cuya estatua, por cierto, muy a pesar del odio y del encono retrospectivo de algunos amantes de "nuestras raíces", sigue por el momento bien atornillada a su plataforma), pero muy pocos bits ha generado la polémica en torno al cartel de la famosa multinacional de las hamburguesas.

Llamativamente, los argumentos a favor y en contra de dicho cartel son tan bárbaros, descabellados e intolerantes como los que en su día se agitaron apasionadamente en torno al abortado proyecto de echar abajo la estatua del Virrey.

¿Unidad visual?

Para empezar, sorprende enterarse de que la ciudad de Salta dispone de normas para asegurar «la unidad visual» del casco céntrico.

Es lógico suponer que una ciudad como la nuestra, con más de cuatro siglos de historia sobre sus espaldas, genere en sus habitantes y en los poderes públicos una preocupación creciente por la preservación del patrimonio histórico monumental, por mucho que este patrimonio sea -como realmente lo es- escaso, fragmentario y muy desigualmente tutelado.

Es razonable, pues, que esta preocupación se traduzca en unas normas que apunten hacia una cierta coherencia arquitectónica; pero absolutamente irrazonable -por no decir manifiestamente totalitario- que existan normas para asegurar «la unidad visual»  del casco histórico.

«Unidad visual»  literalmente no significa más que "ver una sola cosa", lo cual, si lo pensamos detenidamente, encierra una pretensión uniformadora de la apariencia de una ciudad que ha crecido y se ha desarrollado durante periodos históricos muy diferentes entre sí y en base a aportaciones de estilos también distintos.

Cualquier burócrata que se empeñe en que el casco histórico debe conformar una «unidad visual» lo que en realidad pretende es que los salteños interpreten la historia como los detentadores del poder quieren que la historia sea interpretada. Hablamos nada menos que de la imposición del pensamiento único y de la versión oficial de la historia, solo que en su traducción arquitectónica.

¿Desatino cultural?

Cuando el concejal habla de "desatino cultural" se refiere probablemente a su propia cultura (anclada en la Italia de los años 30) y no a la de cientos de miles salteños que, desde hace siglos, viven en una sociedad plural, abierta, variada y mayormente tolerante hacia las aportaciones culturales foráneas, sin renunciar a su propia identidad.

Aunque ambos coinciden en el rechazo al cartel y abogan por su retiro, uno y otro argumento se dan de narices, puesto que si el objetivo realmente es la «unidad visual» del casco histórico, tanto atenta contra esta unidad un cartel de McDonald's como lo haría uno del Rancho El Chañarcito, aunque este último no pueda, al final, ser apreciado como un despropósito cultural sino como un pleno acierto.

¿Patrimonio contradicho?

El patrimonio es uno de esos conceptos jurídicos de difícilmente admiten contradicción ninguna. El patrimonio se puede acrecentar, reducir, valorar, transmitir... pero no contradecir, sin riesgo de caer en el ridículo.

Tal vez nuestro concejal no recuerda o no sabe que el patrimonio -un invento de los romanos que fue elevado a la categoría de atributo de la personalidad por los juristas franceses- se compone tanto del activo (bienes y derechos de un mismo propietario) como del pasivo (obligaciones, deudas y cargas).

¿De quién es el espacio público?

En algún momento habrá que comprender que el espacio público es de todos: tanto de los que adoran el fast food, escuchan a Katie Perry y admiran la belleza de Megan Fox, como de los partidarios del anchi, de los incondicionales del Chaqueño Palavecino o de los admiradores de Marcelo Armando Hoyos.

No hay peor desatino cultural ni peor atentado contra la unidad visual que atacar la libertad de elegir y decidir de forma autoritaria qué es lo que debe gustar o disgustar a los salteños.

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