Fin de año, bajas pasiones y refuerzo de los controles estatales en Salta

Cualquiera que efectúe un ligero repaso sobre las «noticias»  que por estos días difunden el gobierno provincial y la Municipalidad de Salta puede darse cuenta de que la nota común y, al mismo, tiempo más saliente de estas informaciones es el extraordinario refuerzo de los controles que la autoridad lleva a cabo sobre la actividad de los ciudadanos.

El mes de diciembre es, por antonomasia, el mes de los controles de ruta, de las pruebas de alcoholemia, de las inspecciones a comercios, de los controles de precios, del refuerzo de las patrullas policiales, la vídeovigilancia, los inspectores de trabajo, los de combustibles, de parques y jardines, de salubridad pública, de cohetes y petardos, de meretrices y travestis, y guardabosques de un sinfín de actividades cada vez más intensamente intervenidas por el poder de policía del Estado.

Tal parece que si el gobierno no lanzara a la calle a esa nube de controladores callejeros, guardianes del orden y de nuestras mejores costumbres, la sociedad salteña avanzaría en pocas horas hacia el caos más absoluto, cuando no, hacia su completa autodestrucción.

El que los salteños necesiten de controles tan intensivos para asegurar el buen comportamiento social de sus individuos es un dato realmente preocupante.

Pero más preocupante que esto es el hecho de que el gobierno y la Municipalidad anuncien controles por doquier y que luego sean incapaces de controlar efectivamente nada; sea porque sus inspectores hacen la vista gorda en un 90 por ciento de los casos, sea porque el aparato de control, a pesar de su hipertrofia, es completamente ineficiente.

Lo curioso es que a veces los milagros -para nada infrecuentes en esta bendita tierra- se empeñan en impedir que se produzcan aquí desgracias mayores (epidemias, intoxicaciones masivas, quemaduras, amputaciones, atropellos, incendios, abusos, esclavitudes, robos, atracos, etc.). Y que tras unas navidades relativamente tranquilas por obra y gracia del Señor del Milagro, el gobierno y la Municipalidad se autofeliciten porque ha sido su eficencia -y no la Divina Misericordia- la que ha impedido que las desgracias se produzcan.

Si estamos sometidos a tantos controles y en tantas actividades diferentes es porque quienes nos gobiernan piensan que los salteños somos, por naturaleza, seres sin ninguna capacidad de autocontrol; borrachos irresponsables que no tenemos ningún empacho en guardar las humitas y la carne de chancho en el mismo baúl en donde guardamos la rueda de auxilio y el gato; que si nos dejan sueltos somos capaces de incendiar la ciudad y cargarnos las córneas de la mitad de nuestros niños con petardos y cañitas voladoras; que sin policías en las calles los autos se dedicarían a atropellar peatones como si fuese un videojuego y los ladrones de cuello azul nos despojarán de nuestro dinero y nuestros bienes antes que lleguemos a los comercios en donde, seguramente, nos robarán ladrones de cuello blanco.

En suma, que somos muy muy malos, por definición, pero cuando se acerca el 31 de diciembre nuestra maldad resulta tan potencialmente destructiva que es necesario que los celadores del gobierno pueblen nuestras calles para impedir que nos matemos, nos robemos y nos violemos los unos a los otros.

¡Y después el Arzobispo habla de 'amistad social'!

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