Salta y la intolerancia social hacia el mamarracho

Los intentos por someter a la estética, la belleza y la esencia filosófica del arte a la ideología han fracasado sistemáticamente. Al igual que sucede con otras inclinaciones del alma -como el amor- la percepción y el disfrute de la belleza no son sensaciones que puedan imponerse por decreto; ni siquiera por un gobierno que presume del apoyo del 57 por ciento del electorado.

La política tampoco puede influir, y de hecho no influye, en el rechazo, desagrado o aversión que nos provocan las cosas desprovistas de toda belleza y hermosura.

Incluso los objetos politizados, como el espantoso árbol de navidad montado por Lusal en la Plaza 9 de Julio de Salta, pueden provocar el desagrado generalizado de quien los contempla, por más que la simpatía con el poder nos aconseje a veces hacer la vista gorda e intentar ver la belleza donde objetivamente no la hay.

El montaje en pleno centro de Salta del «Increíble Hulk», o la desproporcionada mole verde de conos engarzados alzándose hacia el cielo, diseñada siguiendo la estética de las apariciones públicas del Sultán de Brunei, y su posterior desmontaje, demuestran de lo que es capaz la sensibilidad estética ciudadana cuando de defender el espacio público común se trata.

Un movimiento cívico espontáneo, breve, pero tremendamente contundente, obligó a quitar de la vista aquel disparate, al tiempo que las redes sociales exigían conocer la identidad del 'creativo' que ideó aquel soberbio monumento al mal gusto.

La ciudad ha podido evitar así, en tiempo récord, una agresión que la habría degradado de una forma insólita. Y es que solo se puede aplaudir la firmeza ciudadana en la defensa del espacio visual, que -bien vale la pena recordar- es de todos, y no solo de los que gobiernan.

Sin embargo, habría que preguntarse por qué motivo las reacciones populares no son tan contundentes cuando los que se creen dueños de lo que es de todos acometen otras obras y realizan otras actuaciones que insultan la sensibilidad común y destrozan nuestra idea de la belleza.

Pienso, por ejemplo, en los desfiles mamarracho, descoordinados y asimétricos, que organiza el poder para su propia veneración más que para la exhibición del potencial de los diferentes sectores sociales. Pienso también en esos monumentos y estatuas que parecen haber sido talladas con los pies (con respeto a los que cultivan este sublime arte con sus extremidades inferiores) y que han comenzado a proliferar en los rincones menos nobles de una ciudad poco preparada para albergar espacios auténticamente monumentales; pienso en esas señales viales confusas, a contramano del mundo civilizado, que alguien ha encargado a algún voluntarioso diseñador gráfico, y que nos dibujan como un espacio subdesarrollado, además de inseguro; pienso en la estética tercermundista de nuestra cartelería callejera, dominada por los colorinches, la tipografía catastrófica y las luces chillonas; pienso en los espectáculos mal hechos, en los artistas chapuceros, en los rascatripas que pagamos todos para subvencionar indirectamente un sector cultural deficitario y clientelar; pienso, en fin, en las agresiones al idioma que llevan a cabo los medios de comunicación y, especialmente, el aparato de información pública del gobierno.

Todas estas cosas, con independencia de su significado político -muchas de ellas podrían incluso no tenerlo- merecen también un rechazo contundente en defensa de una idea de la belleza que, como lo ha demostrado el horrible árbol verde de Lusal, habita en el alma de cualquier ciudadano, sin necesidad de que éste sea un conocedor o aficionado a las artes o una persona de gustos exclusivos y sofisticados.

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