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De las características intimistas que la Presidente eligió subrayar para las primeras imágenes de su regreso a la actividad, el 18 de noviembre, se ha escrito mucho ya: la moderación del luto, el perrito chavista, las rosas de Bonafini, el pingüino de peluche, el lenguaje coloquial y el hecho adicional de que quien estaba detrás de las cámaras fuera su propia hija otorgaron al mensaje el formato minimalista de un video familiar. Del relato al cuento infantil. La Presidente buscaba así acortar distancias con una ciudadanía que menos de un mes antes, en una proporción de 7 a 3, había castigado a su gobierno con el voto. Y en buena medida lo consiguió.

Cuando faltan apenas unas horas para que la señora de Kirchner se reintegre -así sea en sosegado modo antiestrés- a sus funciones presidenciales, por las encogidas filas de sus seguidores sobrevuelan ominosos nubarrones de incertidumbre.

Varias horas después de la visita que la señora de Kirchner hizo a la Fundación Favaloro el viernes 8 por la noche, el vocero de la Presidencia ofreció una pieza informativa ambigua. Los médicos, decía el texto, decidieron “otorgar el alta neurológica y neuroquirúrgica” a la señora debido “a la favorable evolución posoperatoria”. El relato era marcadamente elusivo acerca de las preocupaciones cardiológicas que el estado de la Presidente despertó en el equipo médico, aunque el tema parecía emerger a través de la interdicción (mínimo un mes) de los traslados aéreos y la noticia de que se evaluarán los efectos de su retorno a la actividad, que se recomienda gradual y excluyente de esfuerzos físicos y exposición al estrés. Más allá de que la observación médica será cotidiana, se prevé un nuevo examen amplio a principios de diciembre.

Apenas dos días duró en las primeras planas la pesada derrota electoral del oficialismo en las legislativas del 27 de octubre (perdió cuatro de cada diez votos obtenidos dos años antes, quedó al filo de verse privado del quórum propio en ambas Cámaras, fue ampliamente derrotado en los distritos más numerosos). La Corte Suprema le tiró una cuerda (no exclusivamente propagandística) el martes 29, al instalar una nueva y resonante noticia en los titulares con su pronunciamiento sobre la Ley de Medios. Para la mayoría del alto tribunal los cuatro artículos cuestionados por el Grupo Clarín de esa norma pergeñada por la Casa Rosada resultaron no ser inconstitucionales. El gobierno obtenía así una inopinada victoria en un asunto al que siempre le otorgó un valor estratégico.

Dentro de dos domingos, cuando los argentinos vuelvan a las urnas, la señora de Kirchner ya estará considerablemente repuesta de la operación que le practicaron el martes 8 de octubre en la Fundación Favaloro. Sin embargo, es probable que su ausencia de la Casa Rosada se extienda más allá de aquella fecha: le tocará a Amado Boudou, formalmente a cargo del Poder Ejecutivo por el forzado reposo de la Presidente, dar la cara a la hora de la derrota electoral. Ya hay equipos del oficialismo dedicados a elaborar interpretaciones reconfortantes de esa caída anunciada. Le tocará a Boudou recitarlas, la Señora se ha autoprescripto abstenerse de esa tarea amarga y sin duda poco saludable.

La prescripción médica a la señora de Kirchner de un reposo mínimo de 30 días, seguida por la decisión de extraer quirúrgicamente de inmediato el hematoma craneano que parece haber suscitado o empeorado cefaleas, pérdidas de equilibrio, lipotimias y otros achaques que la Presidente viene padeciendo en los últimos meses, se tradujo a la política como un agravamiento de los problemas que viene sufriendo el gobierno para afrontar el período que reste hasta la sucesión presidencial.

Ya no hay suspenso sobre el resultado de la elección del 27 de octubre. Los enigmas principales -quién gana, quién pierde- están prácticamente despejados: pierde el gobierno central (que ya ha rendido su principal objetivo original: la búsqueda de condiciones para la re-reelección de la Presidente); el principal triunfador (por la dimensión del escenario en que pelea, por los efectos de su irrupción, por sus perspectivas) es el Frente Renovador bonaerense de Sergio Massa. Quedan como incógnitas algunos detalles: la dimensión de la victoria de Massa (seguro que más de 10 puntos de diferencia, pero ¿cuánto más? Que su ventaja roce los 15 puntos o los supere, como ya sugieren algunos estudios demoscópicos, anticiparía su, de todos modos obvia, proyección como candidato presidencial); la suerte del macrismo en su propio distrito, la ciudad de Buenos Aires (¿resistirá el embate del frente panradical que acaudilla Elisa Carrió?, ¿podrá asegurarse una mayoría cómoda en la Legislatura porteña?, ¿conseguirá extender su influencia extraporteña suficientemente, como para sostener su vocación de candidato presidencial?

El miércoles 25 de septiembre el gobierno expuso simultáneamente dos realidades. Por una parte, demostró que todavía, pese a la mortificación electoral que le infligieron las elecciones primarias y las que le anuncian las encuestas para los comicios de octubre, retiene aptitud para disciplinar su tropa legislativa y hasta para arrear algunos bueyes perdidos. Diputados que eran contabilizados en las filas adversas al gobierno, fueron funcionales a éste. Como en tango de Cadícamo, ese lote de legisladores, “agarró por Corrientes con bandera en flameo… y volvió por Lavalle con la bandera baja”.

Aunque el panorama que sugieren las encuestas y las previsiones de la mayoría de los analistas parecen coincidir en que la puja por la presidencia que se abrirá apenas se conozcan los resultados electorales de octubre tendrá como protagonistas a figuras del peronismo, en el espacio panradical (UCR, socialistas, diáspora de la Coalición Cívica y fuerzas menores que también pueblan esa galaxia ajena al Justicialismo) se empieza a soñar con una nueva oportunidad.

En 1989, algunos meses antes de lo previsto constitucionalmente, el radical Raúl Alfonsín le entregó los atributos del mando presidencial a un político del peronismo, democráticamente elegido: Carlos Menem. Diez años más tarde, al concluir puntualmente su segundo período de gestión, Menem traspasó aquellos atributos al nuevo presidente electo, hombre de la Alianza opositora, Fernando De la Rúa.

Mientras la Presidente se encontraba fuera del país y en San Petersburgo procuraba infructuosa (y quizás inoportunamente) que la cumbre del G20 se pronunciara sobre los llamados fondos buitres, en el terreno local el oficialismo profundizaba el cambio de libreto provocado por el fuerte retroceso electoral que evidenciaron las elecciones primarias.

El gobierno de la señora de Kirchner ingresa en septiembre retrocediendo, procurando con dificultad reordenar sus fuerzas en medio del repliegue.

La decisión de elevar el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias a trabajadores y jubilados, finalmente adoptada esta semana, forma parte de ese doble movimiento. La Casa Rosada rechazaba dar ese paso, reclamado por el conjunto del movimiento obrero (en primer lugar por la CGT que conduce Hugo Moyano) y por las fuerzas políticas opositoras (en particular por el Frente Renovador que lidera Sergio Massa).

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