Columnas

El proyecto de Código Penal que a mediados de febrero Cristina Kirchner recibió de manos de una comisión encabezada por Eugenio Zaffaroni (el juez supremo más amigo de la Casa Rosada) sólo irrumpió en la celebridad cuando Sergio Massa, diputado e inspirador del Frente Renovador, denunció algunos de rasgos más controversiales y afirmó que promovería una consulta popular destinada a debatir ampliamente esos puntos y a rechazar su aprobación.

Que el gobierno de Cristina Kirchner viene ensayando un cambio de rumbo parece obvio. Tres meses atrás, en esta columna ya señalábamos que “la Señora no está dispuesta a (o no está en condiciones de) recuperar el derrotero anterior”. Por entonces, Miguel Galuccio trabajaba discretamente para cerrar el contencioso abierto con la confiscación de las acciones de Repsol en YPF, algo que finalmente se consumó esta semana con una indemnización de 5.000 millones de dólares garantizada de acuerdo a las exigencias de la transnacional de origen español.

Un manómetro adecuado para medir la presión y el malestar que bullen en el “núcleo duro” del oficialismo son los textos que producen sus sedicentes intelectuales progresistas. Allí, apenas disimulados tras invocaciones heroicas y evocaciones hagiográficas, se detectan las aflicciones que suscitan el presente y el conjeturable futuro.

Un test sobre la actualidad política: ¿quién fue el autor de esta frase: “Fui convocado para hacer algo que evidentemente no se podía hacer. Me di cuenta tarde”? ¿Miguel Galuccio? ¿Jorge Capitanich? ¿Marcelo Tinelli?

A medida que fracasan los palos de ciego con que el gobierno intenta refrenar el incremento de los precios y la caída de las reservas, tanto el oficialismo como la sociedad transmiten crecientes síntomas de desasosiego.

El calor y las tormentas que martirizaron al país durante la última semana compitieron en la atención de los argentinos con la notable devaluación del peso, la nueva trepada del dólar blue, la insistente pérdida de reservas y la sensación de que el gobierno se encuentra superado por los acontecimientos. Una impresión ratificada, en cierto sentido, por la primera aparición pública de la Presidente tras una larga ausencia y un extenso silencio.

Por citar sólo algunas situaciones de la Argentina actual, ¿hay algo que vincule la pérdida de reservas internacionales (en la última semana huyeron 400 millones, en el último año 12.000 millones y ahora el Banco Central retiene menos de 30.000 millones), la fuga de presos de cárceles y comisarías (29 casos en la primera quincena de enero), la calamitosa performance de los alumnos argentinos en las pruebas educativas globales, la reiteración de accidentes ferroviarios y la inflación (con casi el 30% en 2013, segunda del continente detrás de la venezolana y tercera del mundo)?

Convertido de hecho en vocero de Cristina Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof aseguró esta semana que en el gobierno “hay una sola cabeza que toma las decisiones, que es la presidenta de la Nación”. Parece claro que la prolongada ausencia funcional de la mandataria (que desde octubre no frecuenta la Casa Rosada) suscita perplejidades que requieren ese tipo de aclaración.

Dedicada a la vida familiar y a los agapantos de su jardín calafateño, la Presidente ingresó en 2014 alejada del mundanal ruido: de la residencia austral que ella define como su lugar en el mundo no emergió signo alguno que indicara que la señora conocía y comprendía los pesares de decenas de miles de sus compatriotas que pasaron el último tramo de 2013 sin luz y sin agua, achicharrados por calores históricos. Ni siquiera un saludo navideño llegó desde Calafate. En rigor, las señales fueron el silencio y la ausencia.

Mientras viajaba a Calafate, su lugar en el mundo, donde piensa pasar primero el fin de semana y luego la Navidad y el nuevo año lejos del estrés del gobierno, la señora de Kirchner reincidió en uno de sus hábitos favoritos y disparó al espacio digital una andanada de tuits. Entre ellos, uno que apuntaba directamente contra la policía (así, en general) señalada por vía negativa como responsable de “organizar la delincuencia para robar a gente y comercios, instalando miedo y terror.”

En el Antiguo Régimen y la Revolución, Alexis de Tocqueville describe cómo, en Francia, los cambios que adquirirían ímpetu volcánico y arrasador con la Revolución ya habían comenzado a desplegarse, anticipadamente, bajo el régimen que agonizaba.

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