Cuando se nos pasa el arroz

No parece haber entre nosotros, los salteños, una exacta medida del tiempo cronológico. A pesar de la evidente aceleración de algunos procesos sociales, vinculados con la economía, la política o el mundo mediático, muchos comprovincianos siguen regidos por el reloj ancestral, el mismo que marca con puntualidad el inicio y el final de ciertos ritos, como la Procesión del Milagro o el eterno, aunque periódico, llanto por Güemes.

Son esos salteños a los que no hemos visto en treinta años y que cuando volvemos a encontrarnos con ellos nos saludan como si nos hubiesen visto el día anterior. Son aquellos capaces de preguntarnos "¿Vos siempre en Buenos Aires, no?", cuando nunca vivimos en aquella ciudad o nos pasamos toda la vida en otro país. Son los que se han quedado con nuestra cara del sexto grado y que, sin mirarse al espejo, nos dicen, casi indistintamente, "¡pero qué gordo que estás!", o "¡estás igualito, papá!". Siempre será mejor ésto a que te pregunten "¿Has visitado al cardiólogo últimamente?".

Son los mismos que ven crecer a sus hijos pero no a los nuestros, quienes se supone se han quedado imbéciles, anclados en una infancia perpetua, cuando a menudo sucede exactamente al revés. Son los que repiten sus copetines de las 11 de la mañana desde que existía el Jockey Bar en la recova de la calle Zuviría; los que comen asados semanales con los mismos personajes amarillentos de siempre y tienen aventuras extramatrimoniales con las mismas personas aburridas desde hace años. Son los que viven de actividades económicas atemporales, sin mercado, sin innovación tecnológica, sin atractivos ni incentivos de ninguna naturaleza. Son, en fin, los que, a pesar de vivir en el terruño, se enteran poco y mal de todo lo que se mueve alrededor de esa gran mesa de entradas y salidas que es la vida, y que no son capaces de valorar el crecimiento de la sociedad que les rodea mediante la simple operación de restar el número de los fallecidos del número de nacidos.

Curioso es que muchos de ellos se sigan considerando eternamente jóvenes, cuando ya frisan la sexta década. Y no sólo éso: siguen participando de instituciones juveniles, como si el tiempo no tuviera nada que ver con ellos.

Es ya clásica aquella genial salida que se atribuye al doctor Juan Carlos Cornejo Linares (hijo, hermano y padre de gobernador), que durante un tumultuoso congreso peronista en la década de los setenta, impidió el uso de la palabra de un dirigente, más bien talludito, que la había solicitado para hablar en nombre de la «juventud»  peronista. Cuenta la leyenda que Cornejo, sin necesidad de echar mano de mucho protocolo asambleario, mandó a sentar al embigotado orador diciéndole: «"¡Pero qué vas a ser juventud vos si tenés las bolas como palta! ¡Juventud son los changos Caro, los changos Pfister!"».

La tendencia continúa. Hoy existen en Salta «jóvenes empresarios»  a punto de cumplir los cuarenta. En Europa un joven empresario tendría unos dieciséis años. En los coros «juveniles»  cantan unas señoritas que ya no se cuecen de un hervor, y en los partidos políticos sigue habiendo gente que encuentra más cómodo el «militar»  en agrupaciones juveniles, por aquello del famoso cupo que existió alguna vez en el Partido Peronista, que obligaba a dividir las candidaturas entre la rama política, la sindical, la femenina y la juvenil.

Pero existen también viudos y divorciados ridículos que, a edades inverosímiles, presentan a sus nuevas parejas como «novios»  o «novias» , en un descarado intento de quitar a esta figura ese color juvenil que, al parecer, sólo se mantiene ya en los muñequitos de la torta.

La parálisis del tiempo afecta también al mundo gay, pero no tanto al explícito que se mueve en los márgenes del carnaval, el travestismo o la transexualidad, sino más bien a aquel que lo hace aún «dentro del armario», a hurtadillas de hijos y esposas poco informadas. Los homosexuales maduros -más expuestos a la indeseada notoriedad que los novatos- a veces no reparan en que su condición (que no es que haya nada de malo en ella) es ya sobradamente conocida por el mero paso del tiempo y a veces se convencen a sí mismos que sus «approachs»  siguen conservando la frescura de antaño, cuando el físico ayudaba.

Por todo esto, a veces reniego de que alguna gente, a la que se le paró el reloj de la historia en los años sesenta, se me acerque a veces para recordarme que «vengo de una familia peronista»  (y no es que haya nada de malo en ello).

Cada vez que pienso que alguien puede considerarme un peronista «que no ha seguido la huella recta» , suspiro aliviado al recordar que mi padre fue peronista sólo durante cuarenta años (el resto de su vida política, anterior a 1945 fue un conocido radical yrigoyenista), y que yo mismo llevo casi treinta años sin serlo.

Más aliviado todavía me siento cuando compruebo que mis abuelos fueron, uno radical y otro conservador; que uno de mis bisabuelos murió asesinado en el exilio por defender sus ideas liberales; que dos de mis grantatarabuelos contribuyeron con su dinero a formar los ejércitos que nos aseguraron la independencia nacional, y que un tercero diseñó por su cuenta y pagó con su bolsillo la construcción del Cabildo de Salta, tal cual como hoy lo conocemos.

Pero son sólo suspiros de alivio. Que la historia me diga que mis ancestros se dedicaron, durante dos siglos o más, al servicio público y que no se sirvieron de la política, en ninguna de sus formas conocidas o por conocer, no significa que quien esto escribe haya heredado otra cosa más valiosa que aquella urgencia vital por poner en hora el reloj que marca el tiempo, siempre atrasado, de los salteños.

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