Por qué no debemos temer al Partido Obrero de Salta

Los temores que -según todo indica- desvelan a un cierto sector de la sociedad salteña por el sorprendente crecimiento de la audiencia electoral del Partido Obrero no son, a mi modo de ver, justificados.

El recelo que despierta la posibilidad de que militantes del Partido Obrero accedan mayoritariamente a las instituciones del Estado y controlen el poder, esconde en realidad un temor mayor: el de que el PO acabe con la democracia (o con lo que queda de ella), instaure una especie de dictadura de partido único de corte leninista, liquide las libertades y ejerza un poder omnímodo y absoluto.

Si bien las posibilidades de que todo esto ocurra son extremadamente remotas, lo que de verdad sorprende es que estos temores sean agitados en Salta por un sector político que lleva ejerciendo el poder absoluto desde hace casi dos décadas; que no ha vacilado en instaurar un sistema dictatorial de partido único -o al menos hegemónico- y que ha rebajado nuestras libertades y nuestra democracia a niveles mínimos históricos.

Por mucho que quisiera, aunque se lo propusiera muy seriamente y su caudal de votos se lo permitiera, el Partido Obrero sería del todo incapaz de batir las marcas de desparpajo antidemocrático de los que vienen gobernando Salta desde 1995 y se proponen seguir haciéndolo, al menos, durante tres décadas más.

Algunos indicios

Las primeras declaraciones de los dirigentes del Partido Obrero tras la victoria electoral de la semana pasada no dejan lugar a dudas acerca de su opción por la política, como vehículo para alcanzar consensos amplios, y por el juego institucional, como expresión del reconocimiento del pluralismo social.

Si de verdad el PO aspira a alcanzar posiciones de poder que le permitan decidir o influir más intensamente en el proceso de toma de decisiones, el peor camino posible sería hoy el de la radicalización de sus posturas ideológicas y el refuerzo del dogmatismo.

Los dirigentes del PO saben que ha sido la política -más que la militancia, la disciplina o el poder de movilización- lo que les ha abierto un camino de futuro, y es lógico suponer que han de continuar transitándolo.

Lo que parece del todo incuestionable es que el Partido Obrero de Salta ha ganado unas elecciones y se acerca a posiciones de poder gracias a un compromiso muy fuerte con su base electoral.

Este compromiso se puede formular en términos muy simples: votamos al PO para acabar con el expolio y la manipulación que sufren los sectores populares más vulnerables de la sociedad a manos de un selecto club de millonarios, embanderados en el peronismo y disfrazados de izquierda o de derecha, según convenga.

Los dirigentes del PO -especialmente los que han resultado electos para cargos importantes- saben que los jóvenes salteños son cada vez menos tolerantes con las estructuras tradicionales de autoridad, y saben también que no sería una buena idea traicionarlos, bien sea repitiendo los esquemas asfixiantes del peronismo de los millonarios, bien sea poniendo en práctica las recetas autoritarias de la izquierda ortodoxa de los años sesenta, que son de todos conocidas.

El poder absoluto, cada vez más inseguro y más efímero

El PO, y cualquier otro partido con vocación de gobernar, sabe o debería saber que la ilusión romero-urtubeysta de controlar férreamente el poder durante largas décadas es solo eso -una ilusión- y que el poder del futuro tendrá cada vez más restricciones para poder ser ejercido y que quienes pudieran llegar a ejercerlo se exponen cada vez más a perderlo.

Si la opción del PO por la política -en desmedro de la ideología- es real y sincera, no habría motivos para dudar de que sus dirigentes están perfectamente convencidos de que el mundo en que hoy vivimos -y dentro de él, también Salta- es un mundo en el que los monopolios, los tiranos, los autócratas, los concentradores de poder están cada vez más inseguros.

Sería muy conveniente que los salteños hicieran el esfuerzo de aislar los 'excesos del discurso' en que podría incurrir el PO, como reflejo de sus inclinaciones ideológicas, y se preocuparan por focalizar la atención sobre su capacidad política, real y potencial, así como sobre su contribución al fortalecimiento de las instituciones y al mejoramiento de la calidad democrática.

A mi juicio, es un error valorar el ascenso del PO como un triunfo de la antipolítica, como equivocado es etiquetar a sus dirigentes como 'antisistema'. Probablemente la realidad sea exactamente la opuesta.

Pienso que aunque muchos de sus postulados políticos sean difíciles de asumir por quienes aspiran a que Salta sea regida por una mayoría social de progreso, respetuosa de las libertades y de los valores sobre los que se edifica nuestra convivencia, el crecimiento del Partido Obrero debe ser valorado como la concreción en el plano de la realidad de la teoría que habla de una revolución en marcha, a nivel mundial, cuyo objetivo no es otro que socavar las barreras que protegen a los poderosos.

Por otro lado, a escala más pequeña, el triunfo del PO supone también la certificación indubitada de la profunda crisis en que se hallan los partidos políticos tradicionales, que en el caso de Salta ha ahondado en ciertos males que ya se insinuaban a mediados de los años ochenta: el clientelismo, el pragmatismo y los malos hábitos, como el nepotismo o la personalización del poder político.

En suma, que más que amenazas, el triunfo del PO en las pasadas elecciones legislativas y su previsible crecimiento para las elecciones de 2015, constituyen una oportunidad inmejorable para volver a pensar nuestra democracia y nuestra política desde sus mismas raíces, y para poner a Salta, por fin, en sintonía con lo que está ocurriendo en el mundo que la rodea.

Últimas noticias

eXTReMe Tracker