El opa y su ego

La figura del opa en Salta forma parte de ese conjunto de tradiciones ancestrales que, década tras década, viene demostrando una singular capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Se engaña quien piensa que el opa tradicional de Salta, aquel personaje lento, vagabundo de los patios del fondo y habitante de veredas solitarias, a menudo confinado por su propia familia, ha desaparecido completamente de nuestra vida social. Antes y al contrario, ha evolucionado y lo ha hecho de un modo sorprendente.

Hace algunos años, un par de ellos, sentados en un céntrico bar de los muchos que existen alrededor de la Plaza 9 de Julio -antaño también conocida como el tontódromo- había caído súbitamente en cuenta de que "cada vez había menos viejos en Salta". Quizá porque aquellos "viejos de toda la vida" se fueron muriendo, según señala la más elemental de las leyes humanas; o quizá porque la gran explosión de la natalidad entre los nuestros ha dejado a los pobres viejos en una imperdonable e injusta minoría, hasta el punto de que su lugar en la calle se diluye frente a la arrogante presencia mayoritaria de la juventud.

Pero sea cual fuese la causa, aquel salteño no tuvo mejor ocurrencia que comentarle a su congénere: "Che ¿Te has fijao que cada vez hay menos viejos en Salta?". La respuesta, en cualquier caso, estuvo a la altura de las circunstancias: "Es que los viejos de Salta somos ahora nosotros".

Con los opas se repite el espejismo y la anterior anécdota es una muy buena prueba de ello. No es cierto que los opas hayan desaparecido de Salta. Es del caso pensar que, como muchos otros protagonistas sociales, han evolucionado. En el peor de los casos, si uno es portador de un cierto sentido autocrítico y de buen humor, se puede llegar al acierto de sostener que "los opas de hoy somos nosotros mismos".

Hablo del opa en un sentido más bien amplio. Bastante más amplio que el que emplea Carlos Vázquez Iruzubieta en su obra "Salta: Magia y simbolismo (1900-1950)". Mientras en ésta el opa aparece descrito como portador de un cierto retraso mental y como el hazmerreír de los chicos del vecindario "a causa de la desproporción entre su envergadura física y el minimalismo de su mente", el opa al que pretendo referirme en este escrito es aquel salteño que, sin padecer un retraso mental evidente, mantiene sus "luces" en los niveles mínimos indispensables y es sustentador de determinadas "ideas fijas", o tal vez ideas únicas, que lo convierten en lo que los salteños llamamos un "ideoso".

Si con acierto Vázquez Iruzubieta atribuye a una tara genética la condición de opa, está claro de que el opa del que hablamos aquí es producto de una "tara social", si bien -conociendo la especie- nadie puede hoy descartar la incidencia de los factores genéticos.

Hay muchos tópicos alrededor de este "opa social", como por ejemplo su capacidad para solemnizar lo obvio, su habilidad para convertir las anécdotas más banales en auténticas categorías, o su afición por dar carácter ritual hasta los más vulgares de sus actos. Pero el opa contemporáneo se distingue del de hace ochenta años -y he aquí el secreto de su evolución y de su pervivencia- en el avasallante desarrollo de su ego, es decir, en el exceso de autoestima.

Los opas de antaño, para empezar, carecían de ego y de autoestima por tratarse de categorías científicas aún no descubiertas. Es dudoso de que tuvieran aquello que se denomina "amor propio" y es de suponer que su propia condición, unida a las señales que recibían del entorno, les impedía llevar una vida pletórica de satisfacciones personales o en igualdad de condiciones con sus semejantes.

Por tanto, quien desee saber en qué han evolucionado los opas salteños de otras décadas, no tiene que hacer más que analizar hasta qué punto el sujeto en cuestión "está encantado de conocerse", cuántas veces su nombre aparece en placas, homenajes, esquelas y actos corporativos, de cuántos premios, distinciones y galardones alardea, y, especialmente, de su nivel de indignación cuando considera que se le ha ninguneado; es decir, cuando no ha sido convocado a recibir honores y prebendas, cuando los que toman decisiones no lo han escuchado antes de adoptarlas, cuando se le deniega una audiencia (no digamos ya un crédito o pasajes aéreos a cuenta del Estado), cuando no se lo llama a ocupar cargos para los que se considera apto e idóneo por derecho divino, cuando no se lo invita a actos oficiales, a firmar libros y a los desfiles de gaucho, cuando se le labra una infracción de tránsito, o cuando alguien comete la afrenta de hacerlo sentir como un ciudadano común y corriente.

El ego y la vanidad personal -señas de identidad del buen opa contemporáneo- son muy fáciles de medir y existen determinados ámbitos de la vida social en los que se ponen de manifiesto de un modo prístino e inconfundible. Aquellos personajes lentos de antaño son hoy ligeramente más ágiles, si no mental, al menos física y verbalmente. Ya no balbucean tanto y algunos hasta reniegan de la forma arrastrada y provinciana que caracteriza a nuestro discurso norteño. Ya no son los vagabundos de los patios del fondo ni los habitantes de las veredas solitarias, porque su territorio se ha hecho mucho más extenso. Ya no se ocultan, ni sus familias los obligan a ello. Son ahora, por definición, exhibicionistas y sujetos sin sentido del pudor.

Son cada vez menos individualistas y adoran formar parte de cofradías, a las que sólo acceden bajo la condición de asegurarse las eternas reverencias de los otros. Se trata de una figura contractual sumamente atípica, pues opera como una especie de seguro de fallecimiento en vida mediante el cual el opa se asegura que será objeto de loas y de alabanzas, de placas y de homenajes, propias de las honras fúnebres, pero no después de su muerte sino durante su propia existencia.

La 'colectivización de la opería' o, lo que es lo mismo, la proliferación de aquellas cofradías (en forma de talleres, encuentros, formaciones políticas o 'grupos' de nombres tan variados como ingeniosos) no ha conseguido, sin embargo, hacer menos opas a los opas que participan de este proceso, ni hacer más productivas o provechosas a sus colectividades; pero sí han logrado convertir a la 'opería' en un activo social de primera magnitud. Así como está probado que los primeros turistas pampeanos que pisaron nuestra tierra venían buscando avistar de cerca un indio o un gaucho, luego ha habido muchos -y los sigue habiendo- que quieren conocer de primera mano a nuestros opas, algunos de ellos convertidos ya en momias ambulantes. Lo que antes constituía un desdoro, hoy puede llegar a formar parte de una inteligente estrategia de captación de turistas. No en vano, el turismo de Salta es "política de Estado".

Todo esto está sucediendo ahora y no porque la opería hubiera calado más entre nosotros que la inteligencia. No se trata de que las personas inteligentes hubieran cedido posiciones en favor de los que no lo son. Éste no es, como bien se puede comprender, un juego de suma cero. Es simplemente que los opas han ido cobrando peso, no tanto físico (que también), sino social y, en ocasiones, hasta político. Ya no son los opas circunspectos de otras décadas, que dieron lugar al estereotipo del "opa solemne" que todos conocemos. Son ahora opas asertivos, locuaces y proactivos; se caracterizan más viajados, menos apegados al terruño, y por ir por la vida buscando un reconocimiento social que si fuera por su inteligencia le sería negado sistemáticamente. Se han convertido en expertos "buscadores de huecos" y, una vez que los encuentran, anidan allí con la ferocidad propia de aquellas fieras que son incapaces de sobrevivir en otros hábitats.

En algo no han cambiado los opas de nuestro tiempo: siguen siendo tan inofensivos como antaño. Muchos -opas y no tan opas- creen que pueden hacer daño, pero esta percepción forma parte de un conjunto más vasto de ideas equivocadas. Desafortunadamente, la capacidad de dañar corre por cuenta, entre nosotros, de ciertas personas inteligentes, pero sólo a una clase de ellas: las que no tienen moral ninguna.

Pero ¡que Dios nos guarde del nuevo opa y de su ego!

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