Emociones públicas y amor mortificante en el discurso de Urtubey

Sirvan estas primeras líneas como sincero agradecimiento público al Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, por haberme permitido indagar y reflexionar sobre un tema de rabiosa actualidad, como lo es el de las relaciones entre las emociones y la política.

El discurso de Urtubey en el que exhorta a sus ministros a poner en práctica una «revolución del amor en acción», siguiendo las enseñanzas de la Madre Teresa de Calcuta -que animaba a los suyos a «hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario»- ha despertado en mí una inesperada curiosidad sobre la cuestión de los vínculos existentes entre el amor y la política, a la que grandes filósofos y pensadores han dedicado interesantísimas reflexiones.

La última y, quizá, la más importante, por su profundidad y su atrevido planteamiento, es la de filósofa estadounidense y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012, Martha C. NUSSBAUM, autora del libro «Political Emotions: Why Love Matters For Justice».

La autora afirma en su libro la existencia de un enorme hueco en el centro del proyecto liberal -más concretamente en las formulaciones de LOCKE y KANT- y dice que con frecuencia se asume, equivocadamente, que solo las sociedades opresivas se benefician del cultivo de las emociones públicas. La pregunta fundamental que inspira las reflexiones de Nussbaum es ¿qué más puede hacer una sociedad "decente" para lograr estabilidad y motivación en el cultivo de las emociones públicas sin, a la vez, aniquilar las libertades y convertirse en dictatorial?

La autora sostiene que la técnica de los derechos del liberalismo se desentiende de la dimensión emocional del hombre. Su apuesta institucional -dice- no solo es fría sino también ineficaz, en la medida en que se deleita en abstracciones pero suele dar la espalda a la justicia real.

Reconoce Nussbaum que esta especie de insensibilidad del liberalismo no proviene tanto de su incapacidad para captar la dimensión pública de los sentimientos como de una calculada reflexión que ha procurado siempre separar a la política del peligro de las emociones.

Pero, para la filósofa neoyorquina, es imposible avanzar en la equidad si la política se desentiende de esta dimensión, si no agota los medios para dar la batalla contra el desprecio y la humillación; si no cultiva el respeto, la empatía, el patriotismo.

Nussbaum aboga -como Rousseau- por una especie de «religión civil»  y efectúa un llamamiento a los hombres y mujeres que se inician en el egoísmo y los prejuicios arraigados para que se vuelquen a la construcción de una sociedad en la que las así llamadas «emociones públicas»  contribuyen a ampliar el «círculo de preocupación»  de las personas.

Dice Nussbaum que si las personas distantes y los principios abstractos han de tomar el control sobre nuestras emociones, éstas deben posicionarse de alguna manera dentro de nuestro círculo de preocupación, para crear la sensación de que aquellas personas distantes forman parte de «nuestra»  vida y que nos importan como parte de «nosotros».

Cualquier proyecto justiciero -dice Nussbaum- debe comprometerse con la transformación de la cultura política y buscar valores compartidos como el amor, el respeto por los otros, la indignación frente a la injusticia, el compromiso con la igualdad. La casa común, sugiere, no puede construirse exclusivamente con ladrillos racionales y filosóficos, como postulan John RAWLS y otros liberales kantianos. Se requiere una «estructura política», en el sentido de que estas emociones deben encontrar su lugar de expresión en la «maquinaria visible»  de la vida pública.

Las leyes importan pero no bastan, dice Nussbaum. A su juicio, hay una tendencia a exaltar al respeto cívico como la única emoción pública necesaria para la existencia de una sociedad "buena". Es necesario estimular el respeto, pero al mismo tiempo se debe fomentar la cooperación y alentar sentimientos de reciprocidad. La justicia no puede alcanzarse en una tierra marcada por el resentimiento y el odio, el miedo y la desconfianza. Toda comunidad necesita ensanchar los territorios de la empatía si es que quiere realmente caminar hacia la justicia, agrega Nussbaum, para quien es necesario crear «estructuras estables de preocupación»  capaces de extender ampliamente estas emociones.

El amor -afirma la autora- no solo mueve al mundo sino que se halla en el núcleo de todas las emociones esenciales que sostienen a una sociedad decente. El amor al que se refiere Nussbaum no es la suma total del amor, ya que deja espacio para que los ciudadanos mantengan sus relaciones privadas y profesen amor por causas particulares. Amor, tal cual lo entiende la autora es un «intenso apego a cosas que se hallan fuera del control de nuestra voluntad».

Pero, ¿quién ha de fomentar este amor?, ¿quién ha de instituir esta «religión civil»? ¿quién ha de formular sus principios y cultivar sus valores?

Nussbaum no lo duda: la responsabilidad es del gobierno. Las «emociones políticas»  de que nos habla la autora son emociones evocadas y provocadas por el esfuerzo del Estado para educar a sus ciudadanos en una cultura de mayor empatía.

Es decir, no hay aquí emociones espontáneas. Ni siquiera el "amor" del que nos habla Nussbaum surge de un modo natural, ya que la autora rechaza de modo explícito «la idea romántica de que la emoción no es válida a menos que surja de modo espontáneo», e insiste en que una cultura pública decente no puede sobrevivir y florecer si no se cultivan estas emociones de una forma adecuada.

Para Nussbaum, las vías para el cultivo de estas emociones van desde la realización de ceremonias y liturgias, la imposición de deberes, la promoción del arte público, los festivales y las manifestaciones deportivas, hasta la elocuencia de los gobernantes para llamar a sus conciudadanos al sacrificio por los ideales más nobles.

Urtubey y el amor religioso

Llegados a este punto, parece indudable que Urtubey -que viene insistiendo desde hace años con el amor universal de toda la humanidad como argumento político moralizador que da sentido y legitimidad a toda su acción de gobierno- no tuvo ocasión de leer el libro de Nussbaum (publicado en octubre de 2013) antes de lanzarse al ruedo con semejantes ideas.

Pero aunque se advierte algún punto de conexión entre el pensamiento de la filósofa estadounidense y los discursos públicos del Gobernador, lo cierto es que un abismo separa ambas visiones de la realidad.

En primer lugar, porque lo que se propone Nussbaum no es aniquilar el liberalismo -como sí se plantea Urtubey- sino solo corregirlo y, si acaso, reformular algunas de sus bases teóricas.

En segundo lugar porque Urtubey, lejos de aspirar a fundar una «religión civil»  o establecer una homogeneidad emocional basada en valores ciudadanos compartidos, lo que pretende es trasladar a la política los valores de una religión eclesiástica determinada y sustentar en aquéllos su poder ilimitado.

Urtubey no se anima a hablar de una inserción total de las emociones en la vida pública, porque algunas de ellas, claramente, no convienen a sus intereses. El Gobernador se limita a hablar de amor en sus discursos públicos mientras practica activamente el odio en sus acciones cotidianas. Pero el amor que se ha colado en el discurso del Gobernador no es un amor cívico basado en la solidaridad, en la justicia y en la empatía, como postula Nussbaum, sino en un amor altruista, opresivo y mortificante ("dar hasta que duela"), cercano al fanatismo religioso.

Sin ánimo de agotar esta interesantísima cuestión, pienso muy humildemente que la propuesta de Nussbaum de edificar un Estado para la virtud y confiarle a sus gobernantes el control de un arte noble, la definición de lo que ha de considerarse patriótico y el diseño de las emociones de los ciudadanos puede terminar anulando los fines políticos de la organización estatal y convertirse en un auténtico peligro para las libertades públicas y para la pervivencia del Estado.

La neutralidad y la frialdad racional del liberalismo -incluidos sus vericuetos filosóficos- no constituyen a mi juicio defectos en su formulación teórica ni manifestaciones de indiferencia o insensibilidad frente a las emociones sino defensas que se oponen a las tentaciones moralizantes y totalitarias que pretenden borrar la línea que separa la vida privada de las personas de la vida en el espacio público institucional.

Tengo la esperanza de que la próxima vez que a Urtubey se le ocurra pedirle a sus ministros que se mortifiquen con el cilicio y practiquen un amor flagelante antes de adoptar las decisiones de gobierno se acuerde del pensamiento de KANT que dice: «Desdichado el legislador que quisiera provocar a través de la coerción una organización política con fines éticos, porque con eso él no solo lograría algo muy opuesto a los fines éticos, sino que también destruiría sus fines políticos y los volvería inseguros».

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