El asesinato de John F. Kennedy y el día en que abrí aquella puerta prohibida

Los primeros recuerdos de mi infancia han sido siempre tres y solo tres: el enfrentamiento armado entre azules y colorados de septiembre de 1962, la muerte del papa Juan XXIII, ocurrida en junio de 1963, y el asesinato de John F. Kennedy, tal día como hoy de 1963.

Por esas cosas que tiene la memoria infantil, no guardo ningún recuerdo del llamado "Segundo Desastre de Rancagua", ocurrido el 2 de junio de 1962, día en que la Selección Argentina que dirigía el Toto Lorenzo cayó derrotada por 3 a 1 ante el combinado de la Pérfida Albión en el Mundial de Chile que se disputó aquel año.

Dos de los sucesos que sí recuerdo me sorprendieron en la apacible incomodidad de nuestra casa familiar de la Deán Funes 418 de Salta, cuando ya había cumplido los cinco años.

El tercero -la revuelta militar de azules y colorados- no fue ya tan apacible, pues mi madre y sus hijos más pequeños -entre los que me encontraba yo- debimos abandonar precipitadamente nuestra casa de la ciudad de Salta para refugiarnos en la más segura y menos militarizada Coronel Moldes, en donde, en medio de la nada, resistimos a pie firme el arreón de los uniformados seguidores del general Toranzo Montero.

Aquella tarde del magnicidio de Dallas lucía en Salta un sol muy potente, que daba de lleno en la ventana de nuestro pequeño comedor, que, no obstante, era la estancia más grande y más presentable de nuestra humilde casa.

Mucho antes de que Mordancio inyectara el reglamentario carburo a las sirenas del viejo diario El Tribuno y las echara a andar para congoja de la población, como lo hacía con cierta frecuencia, la noticia del asesinato del presidente de los Estados Unidos ya había estallado en mi casa. Tal fue el revuelo, que las mariposas de la peña, muy abundantes al final de la estación seca, abandonaron su escondrijo en los aleros.

Mi padre, que había asumido como diputado nacional solo dos meses antes de este suceso, se encontraba en Buenos Aires, y si bien a mis cinco años era ya capaz de distinguir algunas cosas de la política, mis conocimientos de geografía eran mínimos. Temí que aquel hecho bárbaro se hubiese producido cerca de donde estaba mi padre y lo pasé bastante mal hasta que no tuve noticias suyas. No había Whatsapp en aquellas épocas, pero si alguien por entonces era capaz de inventar algo parecido, ése era seguramente mi padre.

En medio de la conmoción vi a uno de mis vecinos de al lado -el nieto más clarito del ya mencionado Mordancio- encaramado a la reja de la ventana de nuestro comedor. Venía a contarnos que Kennedy había sido asesinado a tiros. ¡Menuda noticia! Nosotros ya lo sabíamos. Pero lo curioso del caso es que el padre de mi vecino era el director del diario más importante de la ciudad y era el que tenía todos los teletipos a su servicio.

Aun así, nosotros lo supimos antes. Tal vez, la noticia llegó a nuestra casa por esa radio secreta que los agentes de la Revolución Libertadora decían que mi padre tenía escondida para comunicarse con Perón en Madrid.

Cinco años más tarde, cuando mi padre me mandó a estudiar inglés a un instituto privado financiado por los norteamericanos, supe mucho mejor quién era el ilustre presidente abatido en las calles de Dallas.

El retrato de Kennedy estaba por todos los sitios; en las aulas, en los pasillos, en la secretaría y en la oficina del director, como lo estaba el de la reina Isabel II en aquel colegio inglés de Quilmes en el que estudiaban los hijos de un pariente que se quejó en voz alta con el director de la cantidad de cuadros que había allí con la foto de "esa vieja dientuda", según sus propias palabras.

Lo que más me llamaba la atención era la calidad de la foto del presidente asesinado, mucho más nítida y colorida que las pocas fotografías que por entonces se conservaban de Perón y de su segunda esposa, máxima expresión del glamour nacional.

La puerta secreta

En una ocasión, mientras esperaba que la profesora Victoria Hannawy comenzara su amena clase de inglés, la curiosidad me llevó a abrir una puerta que no debía abrir. Era la puerta de un cuarto relativamente pequeño y apenas iluminado en donde había panfletos y propaganda proamericana hasta el techo. Me di cuenta de que no era material didáctico desde el momento en que todo estaba escrito en perfecto castellano.

Recuerdo muy claramente que tomé prestado un bellísimo ejemplar de un librito de unas treinta páginas -había cientos de ellos- sobre la llamada Alianza Para el Progreso, aquella especie de Plan Marshall que Kennedy ideó más para fortalecer la posición de los Estados Unidos en América Latina durante el pico más agudo de la Guerra Fría que para ayudar a los países en dificultades.

Tenía yo solo nueve años y a mí me interesaba ese material para recortar figuritas, entre ellas, la del propio Kennedy que, a decir verdad, tenía un aspecto bastante diferente a los políticos argentinos de la misma época.

En efecto, John F. Kennedy había roto todos los moldes en lo que a imagen de políticos se refiere. Esa cabellera dorada tan tupida y esa sonrisa de actor de cine lo hacían ciertamente diferente; así como ese aspecto de bronceado perpetuo que todo el mundo pensaba que era producto de sus largos fines de semana en el yate, pero que en realidad se debía a la enfermedad de Addison, una deficiencia hormonal causada por el mal funcionamiento de la glándula adrenal.

Kennedy, que arrastraba una bien ganada fama de mujeriego, terminó de convertirse en mi héroe cuando supimos que sus travesuras con Marilyn Monroe habían sido tan eficaces como su reacción durante la crisis de los misiles.

Guardé por un tiempo aquel colorido librillo y no lo recorté como había pensado al apropiármelo. Me quedé con la imagen de Kennedy, con su sonrisa y con tres ideas del texto: las de progreso, libertad y democracia, palabras que comenzaron lentamente a cobrar sentido en mi mente infantil, programada entonces para entender el mundo en rigurosos términos binarios: peronismo o antiperonismo.

Hoy, a mis 55 años, no me arrepiento en absoluto de haber abierto aquella puerta que, se supone, no debía abrir.

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