Opinión

El calor y las tormentas que martirizaron al país durante la última semana compitieron en la atención de los argentinos con la notable devaluación del peso, la nueva trepada del dólar blue, la insistente pérdida de reservas y la sensación de que el gobierno se encuentra superado por los acontecimientos. Una impresión ratificada, en cierto sentido, por la primera aparición pública de la Presidente tras una larga ausencia y un extenso silencio.

No parece haber entre nosotros, los salteños, una exacta medida del tiempo cronológico. A pesar de la evidente aceleración de algunos procesos sociales, vinculados con la economía, la política o el mundo mediático, muchos comprovincianos siguen regidos por el reloj ancestral, el mismo que marca con puntualidad el inicio y el final de ciertos ritos, como la Procesión del Milagro o el eterno, aunque periódico, llanto por Güemes.

Por citar sólo algunas situaciones de la Argentina actual, ¿hay algo que vincule la pérdida de reservas internacionales (en la última semana huyeron 400 millones, en el último año 12.000 millones y ahora el Banco Central retiene menos de 30.000 millones), la fuga de presos de cárceles y comisarías (29 casos en la primera quincena de enero), la calamitosa performance de los alumnos argentinos en las pruebas educativas globales, la reiteración de accidentes ferroviarios y la inflación (con casi el 30% en 2013, segunda del continente detrás de la venezolana y tercera del mundo)?

Convertido de hecho en vocero de Cristina Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof aseguró esta semana que en el gobierno “hay una sola cabeza que toma las decisiones, que es la presidenta de la Nación”. Parece claro que la prolongada ausencia funcional de la mandataria (que desde octubre no frecuenta la Casa Rosada) suscita perplejidades que requieren ese tipo de aclaración.

El paso del rally Dakar por Salta ha dado pie al gobierno de esta Provincia y a un grupo de empresarios a celebrar, otra vez, la excelsitud del turismo lugareño. Tanto para los gobernantes como para los que se benefician directamente de una actividad socialmente inequitativa, el hecho de que la competencia automovilística iternacional atraviese Salta es la confirmación de la «buena marcha»  de la actividad turística en nuestra provincia y una seña de su inserción en el mundo.

La figura del opa en Salta forma parte de ese conjunto de tradiciones ancestrales que, década tras década, viene demostrando una singular capacidad de adaptación a los nuevos tiempos. Se engaña quien piensa que el opa tradicional de Salta, aquel personaje lento, vagabundo de los patios del fondo y habitante de veredas solitarias, a menudo confinado por su propia familia, ha desaparecido completamente de nuestra vida social. Antes y al contrario, ha evolucionado y lo ha hecho de un modo sorprendente.

Dedicada a la vida familiar y a los agapantos de su jardín calafateño, la Presidente ingresó en 2014 alejada del mundanal ruido: de la residencia austral que ella define como su lugar en el mundo no emergió signo alguno que indicara que la señora conocía y comprendía los pesares de decenas de miles de sus compatriotas que pasaron el último tramo de 2013 sin luz y sin agua, achicharrados por calores históricos. Ni siquiera un saludo navideño llegó desde Calafate. En rigor, las señales fueron el silencio y la ausencia.

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