Opinión

Un manómetro adecuado para medir la presión y el malestar que bullen en el “núcleo duro” del oficialismo son los textos que producen sus sedicentes intelectuales progresistas. Allí, apenas disimulados tras invocaciones heroicas y evocaciones hagiográficas, se detectan las aflicciones que suscitan el presente y el conjeturable futuro.

Un test sobre la actualidad política: ¿quién fue el autor de esta frase: “Fui convocado para hacer algo que evidentemente no se podía hacer. Me di cuenta tarde”? ¿Miguel Galuccio? ¿Jorge Capitanich? ¿Marcelo Tinelli?

El siglo XX fue un periodo de graves contradicciones y marcados contrastes. Durante tres cuartas partes de aquella centuria, la gran mayoría de los países del mundo estuvo regida por gobiernos autoritarios, personalistas y dictatoriales; emergieron los grandes totalitarismos y -excepto en las últimas dos décadas- la democracia fue un sistema político minoritario y marginal.

A medida que fracasan los palos de ciego con que el gobierno intenta refrenar el incremento de los precios y la caída de las reservas, tanto el oficialismo como la sociedad transmiten crecientes síntomas de desasosiego.

La deshonrosa afrenta que el Festival de Cosquín ha dedicado a la memoria de Eduardo Falú -el insigne salteño que llevó la música popular de nuestra tierra a los escenarios más cultos e importantes del mundo- solo se explica por el sonado fracaso de la política cultural del gobierno de Salta.

El Gobernador de Salta pertenece claramente al grupo de los que piensan que la creciente criminalidad y la alarmante inseguridad ciudadana se combaten poniendo más policías en las calles; pero no para enfrentar a los que transgreden la ley y atacan la convivencia, sino para amedrentar a los ciudadanos.

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