Jorge Raventos

El 25 de mayo de 2013 (no ha pasado siquiera un año) la señora de Kirchner afirmaba que no estaba satisfecha con diez años de kirchnerismo y reclamaba una década más. Y para muchos su deseo sonaba –bueno o malo- como realizable.

Para Daniel Scioli, el Congreso del Partido Justicialista consumado el viernes 9 en Parque Norte es “el comienzo de una nueva etapa”. El entusiasmo del gobernador bonaerense se basa, seguramente, en que la fuerza orgánica sobre la que planea asentar su candidatura presidencial el año próximo sale de esa asamblea suficientemente ensamblada como para afrontar los desafíos electorales que tiene por delante.

Durante los últimos años, invariablemente y en proporciones siempre creciente, los estudios demoscópicos han destacado que inseguridad e inflación son preocupaciones prioritarias de los argentinos. En los últimos meses esa inquietud trepa a niveles de alarma. En vísperas de un año de elecciones, inclusive muchos políticos que desdeñaban o ninguneaban esas cuestiones se muestran hoy dispuestos a discutirlas y hasta llegan a proponer medidas… tan superficiales y precipitadas como su cambio de actitud.

Con el lanzamiento público del Frente Amplio (la opción panradical acompañada por personalidades y emprendimientos del centroizquierda progresista), el no peronismo ha dado un primer paso (importante si se convierte en marcha sostenida) hacia su meta: beneficiarse en las urnas del fin de ciclo kirchnerista y de la probable división del electorado peronista, encolumnado tras las candidaturas de Sergio Massa y Daniel Scioli.

Aunque numerosos observadores y analistas económicos coinciden en que el gobierno carece voluntariamente de una estrategia destinada a acotar, al menos, la inflación (una de las mayores del planeta) y, en general, no tiene un proyecto económico más o menos sustentable, es probable que en los próximos meses empiece a manifestarse un interés significativo por la Argentina de parte de la inversión externa. Ya hay pruebas de ello en el campo petrolero.

No está claro si Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, quiso emular o parodiar a Aníbal Fernández, pero su comentario sobre la huelga general del jueves 10 (“Hubo una fuerte impresión de paro”) fatalmente evoca aquella frase del entonces ministro de Seguridad según la cual la inseguridad pública sólo es “una sensación” de los ciudadanos.

Durante los períodos de transición entre un ciclo político que se extingue y otro que se insinúa, el cambio del talante social se expresa en la gestación de nuevos consensos, que disuelven y suplantan a los preexistentes.

Al iniciarse abril, asuntos que desde hace años lideran el ranking de preocupaciones de la sociedad argentina retornan precipitada y dramáticamente desde las encuestas a la vida real.

Autoproclamada “madre de todos los argentinos”, la señora de Kirchner aseguró esta semana que no habrá aumentos en las tarifas de servicios públicos. ¿Quién se atreve a dudar de la palabra materna? Lo cierto es que la mayoría de los argentinos empiezan en abril a pagar más por el agua y el gas (y muy pronto, también por la electricidad), con lo que –más allá de la neoparla oficial – las consecuencias para ellos son idénticas a las de un aumento tarifario. Que no se llamen así tiene, en cualquier caso, un sentido no irrelevante: los incrementos que salgan de los bolsillos de los consumidores no aumentarán los ingresos de las empresas que prestan el servicio, sino los recursos del Estado central, que dejará de gatillar subsidios por tales conceptos.

Aunque afectada por un traidor esguince que la privó de acompañar su elegante vestuario con los zapatos Louboutin que adora, la señora de Kirchner disfrutó su breve gira europea: en Roma, almorzó afablemente con el Papa y se retiró razonablemente convencida de que Francisco desea el mejor de los finales para su gobierno; en Francia fue muy bien recibida por François Hollande, el presidente, que carga con niveles de aprobación pública más deprimidos que los suyos y que le prometió acompañar amigablemente sus intenciones de arreglo con el Club de París. En la capital francesa se sintió como en casa cuando visitó la Feria del Libro dedicada este año a la Argentina: como si se tratara de una reunión de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional, estuvo rodeada por decenas de escritores, funcionarios y aplaudidores oficialistas de mérito desparejo, todos trasladados con apoyo estatal. Los intelectuales cortesanos procuran, también, gozar el mejor de los finales.

Al cumplirse el primer año de pontificado del Papa Francisco, es inevitable que el análisis político de la Argentina gire alrededor de la enorme irradiación de su influencia y en los cambios que pueden ocurrir y en los que han sobrevenido en el país en este período, en algunos casos inducidos por la presencia, el ejemplo o el consejo directo de Jorge Bergoglio y en otros, coincidentes o convergentes con ellos.

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