jueves, 24. mayo 2012

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Texto de la renovación del Pacto de Fidelidad del pueblo de Salta

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Señor del Milagro ampliar
Jesucristo, Señor del Milagro, Señor de la historia, aquí estamos, te necesitamos. La fascinación que ejerces sobre nosotros atrayéndonos hacia Ti es la que nos ha traído esta tarde hasta este lugar para celebrar la alegría de ser tuyos con María del Milagro, tu madre.

Esa fuerza nos convoca a todos como miembros de una multitud creyente que crece y se congrega. Y para estar más cerca de tu imagen y de la imagen de María hemos caminado hasta este histórico lugar de Salta y al llegar aquí nos parece escuchar desde tu corazón, la voz de nuestra historia que fue testigo de entregas generosas, de gestos honorables, de enfrentamientos y de perdones, de vencedores capaces de tender la mano a los vencidos hasta abrazarlos, como lo hizo el General Manuel Belgrano con Pío Tristán al aceptar el rendimiento de las tropas haciendo prevalecer la amistad por sobre el frío protocolo de un doloroso final de batalla.

La cruz que remata el monumento nos recuerda aquella cruz que cubrió con su sombra los restos de todos, de los vencedores y de los vencidos y que hoy se encuentra en la Iglesia de San Juan Bautista de la Merced. El mensaje del monumento que nuestros mayores quisieron ofrecer para perpetuar la memoria de la historia nos advierte que la Nación se construye sobre la virtud de sus ciudadanos. La solemnidad del momento que vivimos nos señala, andando el tercer siglo de nuestra historia nacional y en el desarrollo del bicentenario, que todos somos herederos y responsables de un momento importante de la vida argentina.

Hace tres años contemplándote te preguntábamos: ¿quién eres, Señor? Hoy, inmersos con muchas naciones de América Latina en el espíritu del bicentenario queremos pedirte que nos ayudes a descubrir quiénes somos para poder dar cada día el paso de habitantes a ciudadanos responsables y para asumir en lo hondo de nuestra conciencia el desafío de aceptar la Patria como don y de construir la Nación como una tarea. Queremos escucharte como Iglesia, para aceptar el don de ser una comunidad experta en humanidad convocada a preanunciar la civilización del amor por ser en el corazón del mundo el sacramento de la unidad del hombre con Dios y de los hombres entre sí. Queremos escucharte como sociedad, para enfrentar nuestra responsabilidad de tejer lazos que la hagan capaz de inclusión, de equidad, de fraternidad. ¡Señor, háblanos!

IILos que temen al Señor, esperen su misericordia
Y no se desvíen para no caer.
Los que temen al Señor, esperen sus beneficios.
Fíjense en las generaciones pasadas…

Hermanos: La Patria es un don. En efecto, hemos nacido en ella o nos ha adoptado con su corazón de madre. La tierra, su geografía, la riqueza de su suelo, de sus ríos y montañas, la vastedad de extensión, la multiplicidad de posibilidades que ofrece, todo es regalo que tiene a Dios por autor. Pero también la historia, con su legado de ejemplos, de valores vividos, de dolores y defectos superados o a superar, de ilusiones y de proyectos, es un don que debemos aceptar, reconocer, cultivar, recrear. Si perdemos la conciencia del don recibido o la oscurecemos con miradas sesgadas o interesadas que terminan siendo injustas no podremos enfrentar el presente con libertad. Sólo la verdad nos hará libres. Sólo la gratitud nos hará capaces de proyectar tiempos nuevos. Reconocer humildemente la realidad de nuestra tierra y de nuestra historia es comenzar cada día a proyectar un pueblo, una nación más fraterna, mas digna del hombre, mas abierta a todos.

Fundamentalmente, “la nación es la comunidad de hombres congregados por diversos aspectos, pero, sobre todo, por el vínculo de una misma cultura”, nos recordaba Juan Pablo II ya en 1.980 hablando en la UNESCO. ¿Qué nos reúne? Una misma concepción del hombre y del mundo y una escala de valores que se traducen en actitudes, costumbres e instituciones comunes.

Los valores cristianos impregnaron la vida pública desde los inicios de nuestra comunidad nacional. Son valores que se enriquecieron con la sabiduría de los pueblos originarios y con las inmigraciones posteriores dando lugar a la compleja cultura que nos caracteriza. Si queremos valorar el presente y construir el futuro tengamos en cuenta el camino recorrido y honremos lo bueno de nuestra historia disponiéndonos a enmendar errores y a potenciar virtudes.

Los obispos argentinos advertíamos que prevalecen en la cultura nacional “valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana”.

Estos valores, que tienen su origen en Dios, nos deben ayudar a enfrentar los desafíos del presente, a superar la violencia verbal y física, la falta de respeto a las personas y a las instituciones, la crueldad y el desprecio por la vida en la violencia delicitiva, frecuentemente vinculada al consumo de drogas, la situación de pobreza que alcanza niveles dramáticos en muchos hermanos. Estos valores deben fortalecernos para enfrentar la cultura relativista que corroe el sentido de la verdad, que acentúa el individualismo y nos hace indolentes, resignados, capaces de excluir al otro. La fe, valor fundante en el tejido de nuestra patria, nos ha de ayudar a volver a Dios, “creador y Padre, fundamento de verdadera fraternidad y de toda razón y justicia. Sin Dios estamos como huérfanos y la sombra del desamparo se expande sobre los que están a la intemperie social”.

III

Feliz el hombre… que se complace en la ley del Señor
Y la medita de día y de noche…
Es como un árbol plantado al borde de las aguas
(Sal 1, 1.3)
Tú eres nuestro, nosotros somos tuyos.

Al comprobar la grandeza del don de nuestra patria, hermanos, se alimenta en nosotros la percepción de nuestra responsabilidad. ¿Cómo responder desde nuestro presente marcado por las fiestas del bicentenario a los desafíos que el Señor nos ofrece desde el corazón de nuestra nación? ¿Cómo enfrentar la tarea que nos permita alcanzar matas que respondan a la dignidad inviolable de cada ser humano y respete integralmente a la persona?

La experiencia secular de fe de nuestro pueblo de Salta ha madurado su vida cristiana a partir de la celebración del pacto, de la alianza.

En la Sagrada Escritura la alianza es el proceso mediante el cual personas que no son familiares entre sí se convierten en tales, en consanguíneas. Así nos lo indica la escena de las tribus de Israel que le dicen a David “Nos consideramos de tu sangre” aunque no lo era y por ello, para serlo realmente, establecen una alianza con el rey profeta (2 Sam 5,1.3) La alianza con Dios es una declaración y constitución de consanguinidad. Por eso enseña la primera carta de Juan: “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1Jn 3,1).

Estableciendo esta consanguinidad Dios dice al hombre: “Tú eres de mi propia sangre”; y el hombre le puede decir a Dios: “Tú eres de mi propia sangre”. Somos el uno para el otro, y esto no se puede rescindir, debemos solidarizarnos en todo y ni tú me abandonarás ni yo podré abandonarte jamás.

Este misterio de alianza lo reclama Jesús cuando dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,34-35).

Más fuerte que la consanguinidad familiar es la consanguinidad de la voluntad de Dios. ¡Qué honor, queridos hermanos, nos ofrece el Señor al invitarnos a renovar la alianza con Él, alianza que nace en el bautismo, se ratifica en cada Eucaristía y que hoy, este pueblo de Salta y todos los devotos del Señor, hemos de reiterar una vez más concientes del regalo que esta alianza nos da y de las responsabilidades que la misma comporta!

Porque la alianza es un don de Dios a favor nuestro, es una fuente de libertad y de fraternidad: Somos hijos de Dios, somos hermanos entre nosotros. A nadie podemos excluir de esta llamada. Al mismo tiempo crea entre Dios y nosotros un vínculo de reciprocidad que se expresa en la necesidad de vivir en coherencia en todas las dimensiones de nuestra existencia. ¡Qué responsabilidad nos cabe asumir ya que somos hijos, somos responsables de la tierra, de la patria, de los hermanos! Somos familia, somos el Pueblo de Dios. He aquí la clave de una respuesta a la pregunta por nuestra identidad: somos consanguíneos de Dios en Cristo Jesús, somos familia de Dios.

IV

“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón…
Porque de la abundancia del corazón habla la boca”

Conscientes de nuestra dignidad asumimos el presente para proyectarnos hacia el futuro. Desde la alianza aprendamos cada día a vencer miedos que paralizan y no nos dejan construir un mundo mejor. Porque la alianza es roca firme sobre la que podemos construir una casa común para todos.

Como sociedad hemos de vencer el miedo a aceptar la presencia de Dios en medio de los hombres. Dios no nos abstrae de la realidad. Al contrario. Como nos enseñaba el Papa Benito XVI en Aparecida “Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis”. Por ello, y pregunto con el corazón en la mano: ¿Por qué temer a la educación religiosa en las escuelas? Estamos convencidos que es a los padres y madres de familia a quienes corresponde el derecho de una educación integral para sus hijos, es al Estado quien ha de asumir el deber de procurarlo respetando el derecho de los padres y es a las diversas confesiones religiosas a quienes toca la responsabilidad y la tarea de proveer con personas capacitadas. Si hay un espacio en el que aprendemos a tolerar y aceptar la diversidad es el espacio religioso en el que la caridad nos impulsa a aceptar la diversidad. La Iglesia no busca poder, sólo quiere servir a nuestro pueblo ofreciendo la luz del Evangelio que llama al hombre a ser más hombre.

Como Iglesia que camina en nuestra arquidiócesis nos proponemos renovar el entusiasmo misionero en el que está comprometida en todo nuestro continente. Desde el compromiso evangelizador hemos de encarar la pastoral de la fe. La experiencia bautismal es el punto de partida de toda espiritualidad cristiana que se funda en la Trinidad. La conciencia de la alianza, del pacto es una provocación a crecer en la fe que ilumina la caridad y transforma las personas y las comunidades. Queremos renovar el compromiso de toda la arquidiócesis con la catequesis en todas sus formas, con la animación bíblica de la pastoral y con el cuidado diligente y constante de la piedad popular. Queremos ser una Iglesia que no se canse de percibirse a sí misma y modelarse según el llamado a ser casa y escuela de comunión y de misericordia, faro de inclusión y de servicio, taller de trabajo para erradicar las pobrezas, queremos alentar el corazón misionero de nuestras comunidades tanto en el anuncio del Evangelio a todos, aún más allá de las fronteras como en el servicio a la sociedad proponiendo el paso de todos desde nuestra condición de habitantes al compromiso de ciudadanos.

V

Celebremos el Pacto. Este marca la espiritualidad del pueblo de Salta y orienta la vida de todos, la de nosotros sacerdotes, de nuestros religiosos y de nuestros laicos. Es una espiritualidad profundamente bíblica que nace del corazón mismo de la Santísima Trinidad y marca la vida de la Iglesia toda ofreciéndole a Salta un llamado permanente a crecer personal y comunitariamente hacia lo alto.

En el pacto reconoceremos al Señor como camino, verdad y vida, así de los individuos como de las familias, pueblos y naciones.

El Señor es camino que nos conduce al Padre y por ello es la roca firme en la que se asienta la fraternidad de los pueblos. El Señor es la Verdad que nos hace libres y por ello es garantía de dignidad que nada puede destruir. El Señor es la Vida que nos colma de alegría porque nos hace ser familia que promueve y custodia la vida humana.

María es la mujer del pacto. Ella es Madre que maduró su maternidad en un camino de discípula fiel hasta la cruz. En su Corazón de Madre nos cobija a todos, entre sus manos nos sostiene y cuida como en su imagen cuida la bella flor.

Señora, cuida a tu pueblo, Madre, cobíjanos a todos.

Señor del Milagro, extiende tus brazos sobre este pueblo y la Nación Argentina. Protégenos, defiéndenos. Amén.

Mario Cargnello
Arzobispo de Salta

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