Queridos hermanos:
Quiero agradecerles el testimonio de su fe en Dios y de su amor a esta tierra argentina puestos de manifiesto al responder a la invitación del Consejo Arquidiocesano de Laicos, el cual, respondiendo al llamado del Consejo Nacional, nos invitó a dedicar la tarde de este 8 de mayo, Solemnidad de Nuestra Señora de Luján, a rezar por la patria y a testimoniar nuestra esperanza en estos tiempos del Bicentenario.
Dios nos dio la gracia de nacer en este suelo y de incorporarnos a la historia de esta Nación. La celebración de los doscientos años de vida, en estas tierras del noroeste, que fueron pobladas en los orígenes de la historia y donde se fueron gestando las ciudades y los pueblos que darán paso a la Nación, tiene un significado especial.
Es esta una ocasión especial para agradecer a Dios por nuestra historia, por el testimonio de tanta gente que amando a la tierra y mirando más allá de su propia vida, la soñaron y la construyeron como una tierra abierta al mundo y a la humanidad. Esto se plasmó en la Constitución Nacional que reza en su preámbulo: “para todos nosotros y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en suelo argentino”. Este es el espíritu amplio y fraterno que ha plasmado el modo de ser de los argentinos y al que tenemos que volver en momentos donde la tensión y rispidez parecen empañar nuestros vínculos. Queremos ser ciudadanos que aman a la patria y queremos ofrecerle a esta tierra nuestra el compromiso de sembrar fraternidad desde la gratitud más noble y sincera.
La imagen de las pampas y las montañas, de los ríos y los mares ofreciendo un marco a María de Luján que bendice a la Argentina inspira un sentimiento de gratitud y alimenta la conciencia de la fraternidad.
I. El primer compromiso es ofrecerle nuestra esperanza
Somos hombres y mujeres de esperanza. Porque somos cristianos confiamos en Dios que es Padre de todos y reconocemos que Él no es ajeno a la historia de los hombres porque nos acompaña, nos cuida, nos protege; nos sentimos sus hijos y descubrimos que esta tierra, con su historia y posibilidades es un don suyo que se convierte en una tarea, en un compromiso de hacer una casa a la medida del ser humano, capaz de transmitir de una generación a otra un mundo más humano y digno.Resuena en nuestro corazón lo que el Papa Pío XII dijo en el Mensaje al Primer Congreso Mariano Nacional de La Argentina en 1947: “Prometan a María dedicarse con todas sus fuerzas a conservar y favorecer la dignidad y santidad del matrimonio cristiano, la instrucción religiosa de la juventud en las escuelas, la aplicación de las enseñanzas de la Iglesia en la ordenación de las condiciones económicas y la solución de la cuestión social”[1] El amor agradecido a Dios y nuestro cariño a María tienen que traducirse en un compromiso a favor de la familia, a favor de la educación, a favor de la justicia en el mundo a la economía, a favor de una verdadera inclusión equitativa en lo social.
II. Compromiso a favor de la familia
Nuestro compromiso a favor de la familia nos invita a todos a responder con toda nuestra inteligencia, con verdadero sentido de compromiso democrático y con toda nuestra capacidad de diálogo para garantizar un futuro digno a las generaciones que nos sucederán. Se quiere redefinir la ecología humana -siendo un tema tan grave- con un acto que parece una mala praxis democrática. Pretender redefinir el matrimonio, raíz fundante de la familia, célula de la vida social, ignorando la mejor sabiduría de los hombres y el proyecto de Dios, es un hecho que parece una mala praxis, porque tratándose de un tema que hace nada menos al mundo de las relaciones más profundas de una sociedad, jamás se habló de esto en la plataforma previa a las elecciones. Se pretende imponer una decisión que parece superar la responsabilidad de nuestros representantes ya que las consecuencias de la misma son tan graves que necesitan, por lo menos, ser consultadas a la comunidad.Necesitamos reaccionar proponiendo el valor de la familia nacida de la unión del varón y de la mujer como espacio de sana ecología en la que nace y se desarrolla la persona humana. Debemos hacerlo no solamente en la discusión de los temas que se han impuesto hoy en el Parlamento de la Nación sino también en el modo de vivir los vínculos familiares, en la alegría de poder vivir en cada casa este verdadero servicio a la sociedad toda que es cuidar el hogar, los hijos, los padres, a la esposa, al esposo y a todos lo que hacen la familia: los tíos, los abuelos, los primos.
Es necesario renovar nuestro compromiso con la familia. También debemos afianzar nuestro servicio a la educación. Démosle un mundo mejor a las generaciones del tercer siglo de nuestra patria. Seamos capaces de construir una Argentina mejor. Esto no lo vamos hacer porque acumulemos cosas o riquezas materiales porque las riquezas vienen y van. Debemos orientar el tener al servicio de la calidad humana, del ser de todos los ciudadanos. Esa es tarea de la educación.
III. Nuestro compromiso también es con la justicia
Una sociedad capaz de incluir, y de vencer la tentación de excluir, aparece como una necesidad urgente, como un desafío prioritario de cara a la celebración del Bicentenario.Nosotros esperamos, y por ello debemos convertirnos en activos servidores de nuestra patria. Como la Virgen y con su fuerza, dispongámonos a dejarnos interpelar por la necesidad del otro –como lo hizo nuestra Señora con Isabel o con el matrimonio de Caná-. Hagámoslo adelantándonos con la presteza que da el amor y la convicción de ser parte de la gran familia argentina. Ella se quedó en los grandes santuarios históricos de nuestra patria: Luján, Itatí, el Valle, el Milagro, en la advocación de Maria Auxiliadora en el sur argentino, hoy quiere que cada argentino se convierta en un santuario de su cercanía y de su servicio.
IV. Sobre el Bicentenario
En una feliz iniciativa, el laicado quiso comenzar las celebraciones del Bicentenario, estableciendo una red de esperanza.Todos queremos decirle a la Patria; te queremos, te necesitamos y nos necesitas; por eso aquí estamos. Terminada la Celebración Eucarística se encenderán las velas que son signo de la esperanza y continuaremos rezando. La oración es un signo de esperanza que alimenta y sostiene nuestro compromiso con la patria; nos hace esperar y tender más allá.
En este 8 de mayo, le queremos decir a María que la recibimos como los discípulos. También nosotros nos sentimos amados por Jesús y por la Virgen. Queremos recibir a María y reconocerla nuestra en el corazón de la Patria, nuestra para hacer a cada uno de nosotros servidores de todos los otros argentinos.
Creemos firmemente que este tejido de plegarias que se está tejiendo en estas horas en el país – que no vemos, pero que sabemos que están, en Luján, en Itatí, en Catamarca, en Córdoba, en todas las provincias de esta patria, en los hogares-; este tejido que se suelda en la plegaria, nos da fuerza, porque es una red que nos envuelve para lanzarnos hacia el futuro, invitándonos a la verdadera libertad, la libertad del compromiso y del servicio, la libertad de los hijos que se saben hermanos, la libertad de los que están dispuestos a dar lo mejor de sí para que Argentina recupere entusiasmo, proyecto y futuro.
‘Madre nuestra de Luján, bendícenos a todos, ésta tierra quiere seguir siendo tuya. Queremos renovar nuestro compromiso con ella y proyectarnos para seguir siendo un pueblo fuerte en su identidad y abierto a todos los hombres del mundo”.
Quisiera agradecer a las escuelas que han venido con sus delegaciones y con las banderas de ceremonia dándonos un marco simbólico a nuestra celebración. Agradezco a las parroquias, a los movimientos e instituciones. Todos juntos celebremos la Eucaristía.







