jueves, 24. mayo 2012

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El Arzobispo de Salta llama al 'compromiso de renovación interior de los sacerdotes'

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Arzobispo Cargnello ampliar
El Arzobispo de Salta, monseñor Mario Antonio Cargnello ha pronunciado una interesante homilía durante la Misa Crismal oficiada en la ciudad de Salta el pasado día 31 de marzo, para celebrar el Año Sacerdotal.

Por su interés, Iruya.com reproduce a continuación el texto completo de la homilía de Cargnello.

Quiero agradecer, queridos hermanos, la participación de todos ustedes que, en nombre de las comunidades parroquiales, cuasi parroquiales y de algunas vicarías, participan numerosos en esta celebración formando una verdadera corona que rodea a nuestro presbiterio en esta jornada que constituye el momento culminante del año sacerdotal.

“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”, este es el lema que el muy querido Papa Benito XVI nos ha propuesto para celebrar el Año Sacerdotal, año “que desea promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”.

I. Fidelidad de Dios

“El Señor pasó delante de él (Moisés) y exclamó: ‘El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad’” (Ex 34,6).

La fidelidad (emet) es el atributo mayor de Dios y se asocia con su bondad paternal (hesed). Apoyado en ella dirá el salmista: “Tu verdad permanece por todas las generaciones, tú afirmaste la tierra y ella subsiste” (Sal 119,90).

Israel, el pueblo elegido, no responde a Dios del mismo modo; la suya es una respuesta de un pueblo de sordos y ciegos (Is 42,18). Entonces Dios elige a otro servidor: “Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones” (Is 42,1); a él le ha sido dada lengua de discípulo y cada mañana despierta su oído para que escuche (Is 50,4-11). Él es el elegido que proclama fielmente la justicia superando la prueba porque Dios ha sido su fortaleza (Is 49,5).

Los poemas del Servidor que proclama la Iglesia en la liturgia de la Semana Santa y que acabamos de citar, nos ponen delante del Señor Jesús, el siervo fiel, el Hijo y el Verbo de Dios, “aquél en quien tenía que cumplirse todo lo escrito sobre él en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc 24,44) hasta cumplirse todo y sólo entonces, “inclinando la cabeza entregó su espíritu” (cfr Jn 19,28-30). Por eso, el es Jinete Fiel y Veraz, es la Palabra de Dios (Apoc 19,11ss).

En el clima de la Semana Santa celebramos en el año sacerdotal la Misa de la Institución del Sacerdocio. El Papa Benito XVI nos invita a dejarnos guiar por la carta a los hebreos para descubrir el misterio del sacerdocio de Jesús, signo de la fidelidad de Dios.

II. El sacerdocio de Cristo

Es sabido que la Carta a los Hebreos es el único escrito del Nuevo Testamento que aplica a Cristo los títulos de sacerdote (ieréus) y de sumo sacerdote (arxiereús). Además el autor ha profundizado el misterio de Cristo con la ayuda de la tradición cultual del Antiguo Testamento.

A la primitiva predicación neotestamentaria no se le ocurrió la idea de expresar el misterio de Cristo en categorías sacerdotales. Jesús no había sido sacerdote ya que no pertenecía a la familia sacerdotal de Leví sino a la de Judá; además había tropezado con la hostilidad de los sumos sacerdotes y su muerte de condenado lo había separado definitivamente de la esfera sacra del culto ritual.

Paulatinamente la reflexión cristiana comenzó a descubrir la dimensión sacrificial de la muerte de Cristo “Cristo, nuestra Pascua ha sido inmolado”, afirma 1 Cor 5,7. El autor de la carta a los hebreos da un paso adelante y examina la cuestión del sacerdocio a la luz del sacerdocio antiguo.

Muy numerosas eran las funciones atribuidas al sacerdocio antiguo y es claro que Jesús no asumió materialmente estas funciones descriptas en los libros del Pentateuco –oráculos, sacrificios, bendiciones- y tampoco se encuentran en el culto cristiano. Pero al tratar de comprender su dinamismo que subyace en la diversidad de tareas, se comprueba que todas ellas tienen que ver con la mediación. Mediación que tiene tres fases, una fase ascendente que se eleva desde el mundo a Dios; una fase central de acogida del sumo sacerdote ante Dios y una fase descendente, que trae a los fieles los beneficios de Dios.

La carta a los hebreos nos muestra cómo el misterio de Cristo constituye verdaderamente el cumplimiento de aquél sacerdocio.

1. Comienza por la fase central, la acogida del Sumo Sacerdote ante Dios y lo hace a través de la contemplación de Cristo glorificado. “Piensen en Jesús, el Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos. El es fiel a Dios, que lo constituyó como tal…en calidad de Hijo, como jefe de la casa de Dios. Y esa casa somos nosotros” (3,1.2.6) “El es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo” (7,26). La comunidad cristiana es conciente de que debe su existencia a su relación con Cristo glorificado. El es el Hijo de Dios entronizado a la derecha del Padre y por eso habla en nombre de Dios y “él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio ya que vive eternamente para interceder por ellos” (7,25).Al mismo tiempo es nuestro hermano, un hombre como nosotros “porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos un mismo origen. Por eso, él no se avergüenza de llamarlos hermanos” (2,11). Unido íntimamente a nosotros, íntimamente unido a Dios, es mediador perfecto, y debe, por consiguiente, ser reconocido como “sumo sacerdote” (2,17; 3,1; 4,14).

2. Se necesitaba una certeza de fe que avale esta conclusión teológica y la carta a los hebreos nos muestra que la Palabra de Dios lo afirma. El salmo 110 proclama en su cuarto versículo: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”. El sacerdocio de Cristo es un dato explícito de la revelación veterotestamentaria. Dios mismo no sólo ha dicho sino que incluso ha jurado que Cristo glorificado es sacerdote.

3. ¿Sobre qué se basa la proclamación divina del sacerdocio de Cristo? ¿Cómo ha llegado Cristo a ser sumo sacerdote perfecto? Apoyado en la catequesis evangélica y paulina advierte que la muerte había convertido a Jesús en víctima sacrificial: murió por nuestros pecados (Mt 26,28), víctima pascual, sacrificio de alianza. Jesús había asumido con total conocimiento su muerte como obediencia a Dios (Mt 26,42) y como servicio a los hombres (Mt 10,45). Cristo “el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20) aparece como víctima sacrificial voluntaria. Avanza la carta a los hebreos hasta afirmar que Cristo “se ofreció a Dios” (9,14) por eso es al mismo tiempo, el sumo sacerdote que ofrece y la víctima de su propio sacrificio. Se pasa de un culto ritual externo e ineficaz a un culto existencial que abraza al hombre en su totalidad y “alcanza la perfección” (5,9), en un acto de completa obediencia a Dios (5,8) y de solidaridad extrema con los hombres “porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado” (4,15). En la trabazón profunda de estas dos relaciones (con Dios y con los hermanos) se encuentra la justificación de la proclamación divina del sacerdocio de Cristo. Cristo se ha convertido efectivamente en el puente definitivo, en el Sumo Sacerdote gracias a su pasión y su resurrección. En su sacerdocio Cristo une su trascendencia divina y su verdadera humanidad.

De este modo, Cristo sacerdote aparece como la expresión más acabada de la fidelidad de Dios que se da todo entregándonos a su Hijo y acogiendo la entrega del Hijo que se prolonga en la intercesión constante del mismo ante Él por nosotros.

III. Nuestro sacerdocio

La misión del sacerdote es ser mediador, puente que enlaza para llevar a los hombres a Dios y a su redención, a su luz, a su vida. Sólo introducidos en el ser de Cristo los hombres podemos ser sacerdotes. Sólo a partir del sacramento que nos crea sacerdotes en comunión con Cristo podemos ser mediadores, puentes. Ninguno puede hacerse sacerdote por sí mismo, sólo Dios puede introducirme en la participación en el misterio de Cristo sacerdote. Esto vale para todo el pueblo de Dios, que es pueblo sacerdotal desde el bautismo y, por lo tanto, para cada uno de nosotros, cristianos. Pero, vale sobre todo para nosotros, obispos y presbíteros, que por el sacramento del orden, por la unción del Espíritu Santo, hemos quedado sellados con un carácter especial (speciali charactere signantur) y hemos sido configurados con Cristo sacerdote, de suerte que podemos obrar como en persona de Cristo Cabeza. Y por eso nos corresponde formar y guiar al pueblo sacerdotal, confeccionar el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y ofrecerlo en nombre de todo el pueblo a Dios, como enseña el Concilio Vaticano II.

La dimensión del don, de lo gratuito emerge como un punto fundamental en nuestro ser sacerdotal. ¡La vida nos será siempre corta para agradecer a Dios semejante regalo! ¡Cada día es una oportunidad irrepetible para procurar crecer en fidelidad a este don!

Como nos enseña el Papa: “debemos volver siempre al Sacramento, volver a este don en el cual Dios me da todo lo que yo no podría dar nunca: la participación, la comunión con el ser divino, con el sacerdocio de Cristo”.

Decimos volver al sacramento porque el ministerio sacerdotal está estrechamente conectado con la acción litúrgica. La lex orandi de la Iglesia nos lo recuerda en el Prefacio de la Eucaristía que estamos celebrando: “Tú constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna, por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, que su único sacerdocio se perpetuara en la Iglesia. Él no sólo enriquece con el sacerdocio real al pueblo de los bautizados, sino también, con amor fraterno, elige a algunos hombres para hacerlos participar de su ministerio mediante la imposición de manos”.

IV. Nuestra Fidelidad

En el seno del Pueblo de Dios, pueblo sacerdotal, pueblo elegido, nosotros somos elegidos. Esto es así, y si es así, debemos ser realmente hombres de Dios, discípulos amigos de Jesús, dispuestos a crecer cada día de fidelidad en fidelidad. El sacerdocio, lo advierte la carta a los hebreos, presupone un proceso de transformación, de perfección, de consagración sacrificial. Se trata de “alcanzar la perfección” (7,11). No nos acostumbremos a ser sacerdotes. El sacerdocio es un llamado a lo más. Nuestra fidelidad a Dios nos exige crecer en comunión con Él. La acción del Espíritu que brota de la imposición de las manos sobre nuestras cabezas nos impulsa a sumergirnos en la vida trinitaria justamente por la obra del mismo Espíritu. Vivir una espiritualidad litúrgica centrada en la Eucaristía, en la celebración de la Reconciliación y en la administración sostenida del mismo sacramento a los fieles, no es un lujo, es el desarrollo de nuestra identidad. El año litúrgico es la trama en la que se escribe nuestra historia no una realidad paralela a nuestra vida espiritual. La oración es para todo el pueblo de Dios, pero especialmente para nosotros, la respiración de nuestra existencia. “Tus sacerdotes, Padre, renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención humana, preparan a tus hijos el banquete pascual (y) lo fortalecen con tus sacramentos”

En el otro extremo del puente está el hombre. Déjenme citar al Papa: “El sacerdote debe ser hombre. Hombre en todos los sentidos, es decir, debe vivir una verdadera humanidad, un verdadero humanismo; debe tener una educación, una formación humana, virtudes humanas…, debe ser realmente hombre según la voluntad del Creador, del Redentor”.

La carta a los hebreos subraya nuestra humanidad recordándonos: “él puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana” (5,2) y hablando de Cristo sacerdote dice: “Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión” (5,7).

Como señala el Papa, el elemento esencial de nuestro ser hombre es la capacidad de mostrarnos indulgentes, de tener compasión. La verdadera humanidad es participar realmente en el sufrimiento del ser humano, significa ser hombre de compasión –metriopathein, dice el texto griego que se traduce como estar en el centro de la pasión humana, tener compasión por, ser indulgente con- .

Ser fieles con la fidelidad de Cristo en nombre de Dios y de cara a los hombres significa crecer en compasión. Nace entonces un proyecto de vida que nos compromete en nuestra formación permanente a favor de los hermanos. Estudiar para transmitir con fidelidad el Mensaje de la Palabra de Dios, cultivar el respeto por los demás, por la palabra dada, por la verdad, por el tiempo de los otros a través de nuestra puntualidad; trabajar sobre nuestro carácter para ser amables, tener capacidad para escuchar las críticas, estar dispuestos a recomenzar, no son opciones que podemos dejar libremente, son exigencias de nuestro ser sacerdotal. Tener compasión es hacernos cargos del dolor de los hermanos, de los pobres, de los enfermos, de los pecadores. Tener compasión es experimentar la urgencia de anunciar a Cristo camino, verdad y vida para todo hombre y mujer en este mundo. Se ilumina desde esta perspectiva el llamado de la Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida a la conversión pastoral que se traduce “en la firme intención de asumir el estilo evangélico de Jesucristo en todo lo que hacemos”.

Y en la tensión existencial de nuestra fidelidad a Dios y a los hermanos se ha de cultivar nuestra fidelidad a la Iglesia, a la Iglesia local, en la que nos insertamos como sacerdotes en un presbiterio y a la Iglesia universal en torno al Papa. El sacramento nos inserta a Cristo en el cuerpo presbiteral, por ello la fraternidad sacerdotal hace a nuestra fidelidad. Somos hombres de Dios, de Cristo, los hermanos nos necesitan y nos reclaman así. Somos hombres de la Iglesia, gestores de comunión y no de particularismos. Somos responsables y deudores ante los fieles, de un proyecto pastoral orgánico que comprometa a todos en la misión.

Quiero agradecer al Señor porque al elegirme me ha confortado con el testimonio de tantos sacerdotes de muchos lugares. En particular quiero agradecer a los de Catamarca, la Nueva Orán y de esta querida Salta. Gracias a ustedes, queridos hermanos, porque el amor que tienen a Jesucristo sacerdote y a su pueblo me sostiene a mí y nos sostiene a todos.

Quiero agradecer a los religiosos, a las religiosas, a las monjas, a los laicos y laicas que nos acompañan y apoyan cada día con su oración, con el afecto de nuestras comunidades, con el aporte de su comprensión creyente, de sus talentos, de su dinero, de su tiempo. Quiera el Señor bendecirlos especialmente. Pienso en este momento en aquellos que fueron llamados por el Señor y nos acompañan desde el Cielo.

Un particular recuerdo a mis queridísimos seminaristas y a aquellos jóvenes que se están preguntando si el llamado del Señor Jesús no está tocando a la puerta de su corazón. ¡Ánimo, esta magnífica aventura, vale la pena!

En este año sacerdotal, confío a cada uno de ustedes, queridos sacerdotes, al cariño de María, madre de los sacerdotes. Volvemos a recibirla como Juan la recibió al pie de la Cruz en esta Celebración Eucarística que actualiza la entrega de Jesús. Ella es nuestra Madre, nosotros, todos, somos sus hijos. Amén.
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