El siguiente es el texto completo del Pacto de Fidelidad del Pueblo de Salta con el Señor y la Virgen del Milagro, formulado por el Arzobispo de Salta, con ocasión de celebrarse ayer la Procesión de las Sagradas Imágenes.
Queridos hermanos:
También este año, al llegar el 15 de setiembre, Dios nos concede el regalo de vivir esta magnífica expresión de Iglesia que es la procesión en honor del Señor y de la Virgen del Milagro. Aquí podemos vislumbrar un anticipo de lo que proclama el autor del Apocalipsis:“Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”[1].
En este histórico lugar, que guarda los restos de los combatientes de la batalla de Salta, y que tanta significación adquiere en el marco de las fiestas del bicentenario de la patria, salteños y peregrinos, muchos de ustedes después de haber caminado días y días a lo largo de senderos de amor y comunión, estamos reunidos por el amor al Señor del Milagro y a su Madre, la santísima Virgen del Milagro, respondiendo a la llamada de Jesús, para acogernos a la sombra de Él que vuelve a repetirnos: “Yo hago nuevas todas las cosas”. En efecto, el encuentro con el Señor del Milagro que nos lleva a celebrar el pacto de fidelidad con El y a renovar nuestra entrega a su Madre, constituye una recreación de nuestras vidas, de las vidas de nuestras comunidades y parroquias, de la vida de nuestra arquidiócesis toda.
Traemos en el corazón la carga de muchas cosas que nos envejecen. Venimos trayendo los dolores y las alegrías, las esperanzas y los sufrimientos de cada uno de nosotros y de nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestra tierra y de nuestro tiempo. Lo hacemos como discípulos agradecidos por creer en Él. Traemos la carga de nuestros límites, de nuestros pecados, que se la hemos entregado a lo largo de la novena porque necesitamos recomenzar desde Cristo en quien se nos manifiesta la plenitud de la vocación humana y el sentido de nuestras vidas y de la vida de nuestras comunidades.
I
Estamos aquí como discípulos. Él nos ha llamado a la vida y Él nos ha dado su propia vida en el bautismo haciéndonos sus hermanos para incorporarnos a su familia, que es la Iglesia. Por eso aquí nadie se siente extraño, todos nos sabemos sus amigos, sus hermanos. Porque somos sus amigos escuchamos a Jesús, queremos conocer al Padre, queremos ingresar en la vida, en la intimidad familiar del Señor resucitado. Como hermanos de Jesús compartimos su vida de resucitado y recibimos al hermano, al que está a nuestro lado, a todo ser humano sin exclusión ni discriminación alguna. Porque somos sus discípulos queremos obedecer a la Palabra del Padre para producir con abundancia frutos de amor. Queremos responder con conciencia plena y libertad generosa al llamado de Jesús asumiendo su estilo de vida, su amor y su obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad hasta dar la vida compartiendo su destino hasta la cruz. Por ello, animados por el Espíritu Santo queremos identificarnos con Jesús verdad aprendiendo a renunciar a nuestras mentiras, a nuestras ambiciones desmedidas, a nuestras hipocresías y queremos identificarnos con Cristo vida abrazando su plan de amor hasta entregarnos por los hermanos para que ellos tengan vida en El. Reconocemos que ser sus discípulos nos exige compartir su mismo destino: llevar su cruz, beber su cáliz para recibir de Él el Reino. Queremos recorrer el camino que es Cristo de la mano de María, la primera discípula, la mejor maestra, aprendiendo de ella la belleza de un sí que crece y nos hace amigos íntimos de Dios que es Trinidad.
Porque somos discípulos nos descubrimos convocados a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. No somos cristianos sin Iglesia. Nosotros somos creyentes que reconocen agradecidos que la fe nos llega en la comunidad eclesial, que la fe nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. “Porque la fe nos libera del aislamiento del yo y nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás”[2] nos recordaba el Papa Benito XVI en Aparecida. Por eso, en la comunión de la Iglesia católica, con Pedro le decimos en esta tarde que es aurora de primavera: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”.
II
En el “nosotros” de la Iglesia, en la escucha y acogida recíproca, en esta manifestación magnífica de tu familia, queremos profundizar nuestra relación con tu palabra, contigo que eres la Palabra de Dios.
Queremos escucharte. Necesitamos escucharte porque Tú eres la Palabra que conoces el secreto más íntimo de Dios. Tú nos revelaste que en su intimidad Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tú eres el rostro humano de Dios y nos invitas a entrar en el corazón mismo de la Trinidad.
Más allá de nuestros límites y pecados cada uno de nosotros reconoce que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Háblanos de Dios para que podamos conocerlo y conocernos a nosotros mismos.
Háblanos, Señor; y danos un oído atento para escucharte. Que el ruido de tantos mensajes que nos distraen y nos hacen daño no entorpezcan nuestros oídos hasta hacerlos incapaces de escucharte. Limpia nuestros oídos y nuestros corazones para poder escuchar el susurro de tu voz que nos habla en la belleza de lo creado. Renueva la frescura de nuestro ser para que podamos oírte en el corazón de nuestra conciencia que, rectamente formada, es el santuario sagrado de nuestra libertad en donde escuchamos la llamada interior a hacer el bien y evitar el mal. Háblanos para que escuchemos al Espíritu que nos enseña la ley de la libertad de los hijos de Dios y nos anima a ser dóciles al Padre con audacia de amigos y de testigos tuyos. Háblanos para poder reconocer que sólo en Dios se encuentra el fundamento de todo: de la vida de las personas y de las comunidades, de los pueblos, de las naciones y de la humanidad toda. Muéstranos tu rostro para que venzamos el miedo a saludar a Dios y a testimoniarlo en el trabajo y en la economía, en la cultura y en la política, en la vida social y en la organización pública.
Háblanos, Señor, para encontrarnos en lo hondo de nuestro ser contigo, Señor del Milagro. Enséñanos a ser tus discípulos al modo de tu Madre, María del Milagro, la mujer eucarística, la de la entrega agradecida. Háblanos para poder mirarte, Señor del Milagro, al pie de la cruz y del sagrario como lo hizo María y encontrarnos con el “Mensaje de la cruz” (1 Cor. 1,18), con ese mensaje en el que enmudeces en mortal silencio porque te has dicho todo sin guardarte nada comunicándonos el amor “más grande”, el que da la vida por sus amigos (cfr. Jn 15,13).
Al mirarte te pedimos que nos mires, Señor, para encontrarnos en el Pacto que ya celebraremos para que se encuentren tu libertad con la nuestra en tu carne crucificada que se nos da en la Eucaristía.
Muéstranos tu rostro, oh Cristo resucitado que nos revelas la fuerza de tu palabra ya que al sí de tu entrega en la Cruz responde el Sí que es vida para siempre en tu resurrección.
Por eso, Señor, que tu vida de resucitado provoque en nuestra arquidiócesis de Salta un hambre fuerte y sostenida para alimentarnos con tu Palabra. Que se difunda su lectura orante en todas nuestras comunidades, en las parroquias, en las capillas, en los pueblos, en los movimientos y las instituciones para que tu Palabra, que engendra vida, sea el alimento que nutra y oriente el quehacer de esta Iglesia particular de Salta. Así nos convertiremos en una Iglesia que atestigua la potencia del amor trinitario que aniquila las fuerzas destructoras del mal y de la muerte.
Que nuestras celebraciones litúrgicas pongan en evidencia la primacía de la Palabra de Dios y que la Palabra de Dios nos lleve a profundizar el misterio eucarístico. Cristo está realmente presente en las especies del pan y del vino y también de modo análogo está presente en la Palabra proclamada en la liturgia. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Danos de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
III
Es tu Palabra, Padre, la que nos enseña el valor de la vida. Tú eres el Dios viviente y subsistes para siempre (Dn 6,27). Por tu vida juras (cfr. Jer 22,24; Ez 5,11). Tú creaste la vida para coronar la creación y creaste a tu imagen al hombre y a la mujer, que son los más perfectos de todos los vivientes (Gn 1,20.26-27). Aunque frágil, la vida del hombre depende sólo de ti (Sal 104, 28ss), que la custodias como algo sagrado y prohíbes el homicidio. “No matarás”, proclamas en tu ley y nos enseñas tu ley que nos conduce por caminos de vida.
Tu Hijo Jesús anuncia la vida porque para Él es cosa preciosa. El es la verdadera vida. El es la vida. Es luz que da la vida (Jn 8,12), es Pan de vida (Jn 6,40). Te vemos levantado en alto en la Cruz, danos vida eterna (cfr. Jn 4,14-16).
Queridos hermanos: En el banquete de la Eucaristía Jesús se nos da, nos da la vida. Si ponemos en el centro de nuestra vida cristiana la misa del domingo nuestra existencia personal y la de nuestras comunidades cristianas se irán convirtiendo en una misa prolongada. Es necesario abrir los ojos para reconocer a Jesús y descubrirlo en el hermano más pobre, en el que está necesitado. Jesucristo cambia nuestra vida. Vivir en Cristo nos sana, nos fortalece, nos humaniza. Nada humano es ajeno a Cristo. En Él se redescubre la alegría de comer juntos, de trabajar, de estudiar, de progresar, de servir, de admirarnos, de entregarnos a los demás.
En Cristo descubrimos que “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad… (Que) se vive mucho mejor cuando tenemos la libertad interior para darlo todo porque “el que tiene apego a su vida la perderá” (Jn 12,25). En Ti, Señor del Milagro, aprendemos que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar su vida a los otros”[3].
En el corazón de una sociedad que le tiene miedo a la vida y pretende limitarla de tantas maneras, nuestra Iglesia particular experimenta el llamado a salir de nosotros mismos y a anunciar el valor de la vida en todas sus etapas, desde su concepción hasta la muerte. La persona humana es sagrada; no es un valor de cambio económico ni un objeto funcional a una organización social. Por eso queremos presentarte el dolor de los que no alcanzan a nacer, de los niños sin padres, de los padres y madres que pelean por rescatar a sus hijos del flagelo de la droga, de los enfermos, de los ancianos abandonados, de los que son excluidos, de los que no encuentran trabajo, de todos los que sufren.
IV
Y desde la plegaria sincera nos queremos comprometer con valentía y confianza en la misión de toda la Iglesia que camina en nuestra América Latina y el Caribe.
En el proyecto pastoral de nuestra arquidiócesis de Salta, a lo largo del año que se avecina, queremos renovar nuestro compromiso misionero. Somos una comunidad agradecida ¿cómo callar tanto amor recibido? ¿Cómo no desinstalarnos para emprender una tarea que lleve a nuestras parroquias, pueblos, movimientos e instituciones asumir el estilo de Jesucristo en todo lo que hacemos acogiendo al hermano, estando disponibles con espíritu de pobreza, con bondad, con especial atención?. Queremos anunciar a Jesucristo, su vida, su persona, su evangelio tal cual resuena en su Iglesia.
Todos en nuestra Iglesia particular estamos llamados a ser misioneros, las personas y las instituciones de la Iglesia. De modo particular quiero invitar a los jóvenes para que se conviertan en los protagonistas de esta misión. Emprendemos el camino con María del Milagro, la Virgen de la visitación. A Ella nos encomendamos.
Hermanos todos, queridísimos peregrinos, queridos devotos del Señor y de la Virgen del Milagro, que desde lo más hondo de nuestro ser resuene el pacto. Hoy, esta plaza inmensa que se prolonga a lo largo y a lo ancho de Salta y de la patria es el nuevo Sinaí, es el Cenáculo que extiende la mesa, es el Calvario que nos atrae, es el santo Sepulcro desde el que renacemos. Hoy en cada uno de nuestros corazones Dios quiere escribir su Pacto de amor. Alegrémonos.







