domingo, 19. mayo 2013

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El diputado Alfredo Olmedo se convierte en icono gay

Entre las cualidades más apreciadas de un parlamentario y de cualquier hombre público se halla el sentido del ridículo.

Una persona que desempeña una alta responsabilidad en el Estado o que aspira a desempeñarla debe ser siempre capaz de percibir a tiempo las situaciones que le exponen a protagonizar un papelón mayúsculo. 

Por razones que no vienen al caso analizar, esta cualidad de la que hablamos no parece formar parte de la larga lista de "virtudes republicanas" que adornan el currículum del diputado nacional por Salta señor Alfredo Olmedo.

Los salteños sabemos desde hace mucho tiempo que las representaciones que enviamos periódicamente al Congreso Nacional carecen del nivel político e intelectual mínimo que se requiere para un eficaz y provechoso desempeño de las funciones legislativas.

Pero no ha sido sino hasta presenciar el debate que escenificaron por un canal de televisión de alcance nacional el diputado Olmedo con la señora María Rachid, presidente de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales, que nos hemos dado cuenta del bajísimo nivel de preparación política, la nula habilidad dialéctica y la muy deficiente capacidad argumentativa del diputado salteño.

Olmedo no sólo hizo gala de su nanoestatura parlamentaria, sino que perdió clamorosamente el debate frente a una contrincante que se enredó en sus propias contradicciones pero a la que le alcanzó y le sobró con mantener un poco más la compostura que su oponente y demostrar una mayor educación, lo cual, por cierto, no le costó ningún esfuerzo.

El diputado debería pensar en dedicar una parte de los cuantiosos recursos económicos que emplea en promocionar su imagen como futuro Gobernador de Salta para contratar a un gabinete de expertos en foniatría que le ayude a exorcizar esa voz chillona y bitonal, que ningún favor le hace a su candidatura a Gobernador, pero que tal vez lo catapulte a Hollywood, en donde sería candidato a doblar los viejos capítulos del Gallo Claudio (Foghorn Leghorn).

Haría otro buen favor a su futuro si con idéntica convicción se pusiera en manos de profesores de oratoria, para ayudar a pulir esa prosodia rural que tan buenos resultados reporta a la hora de dirigir una estancia, pero que, en la televisión o en el recinto parlamentario, transmiten la impresión de estar ante un paisano de modales toscos, de maneras rudimentarias y de ideas igualmente elementales.

¡Usted me quiere convertir!

Durante el debate televisivo, que fue planteado absurdamente por los dos debatientes como un enfrentamiento entre "ustedes" y "nosotros", el diputado salteño acusó repetidamente a la señora Rachid de "querer convertirlo".

"Usted me quiere convertir, pero yo no me doy vuelta", decía más o menos el diputado frente a su azorada interlocutora, que apenas si alcanzaba a balbucear un "no quiero que usted se convierta en nada".

La confusión fue tal, que el debate abundó en consignas huecas y mal fundamentadas, como las que pretendían vincular el matrimonio "gay" con la igualdad (cuando históricamente los gays no se han reivindicado iguales sino más bien diferentes) o las que exaltaban como una conquista la posibilidad de constituir una familia estable y tradicional (cuando la mayoría de los gays ha preferido siempre las relaciones esporádicas, informales y no sujetas a los deberes y obligaciones que impone la institución matrimonial).

Sin embargo, a pesar de los deseos de una y los miedos del otro, el diputado salteño no ha podido evitar convertirse, no en gay como temía sino en un icono gay, y de los más importantes. No porque participe de las ideas  o simpatice con la orientación de aquel colectivo de ciudadanos, sino por todo lo contrario: porque gracias a su discurso, que resume la quintaesencia del pensamiento ultraconservador en la Argentina, el diputado es hoy objeto del más despiadado sarcasmo por parte de quienes consideran como una victoria propia la sanción de la ley que reforma el matrimonio.

Olmedo es hoy un icono gay como cualquier otro acérrimo defensor de los comportamientos homófobos: un abanderado de lo que la comunidad gay aborrece con la mayor de sus fuerzas.

Habría que pensar si los sectores conservadores y moderados de la Argentina, que manifestaron su oposición a esta ley, se sintieron bien representados por el diputado Olmedo, por su estilo parlamentario de asamblea de peones rurarles, por su cerrada intolerancia, por su incapacidad de dialogar, por su carencia de argumentos de peso y por el bajísimo nivel de elaboración de sus ideas sobre las libertades públicas, los derechos fundamentales, la igualdad, la no discriminación, la reproducción humana, la familia y tantos otros temas importantes.

Es posible que alguien se haya sentido representado por la peor versión de Olmedo. Lo seguro es que los salteños han sentido una vergüenza que no es ajena, como se ha dicho por ahí, sino que es propia.









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