Las calles no tienen la culpa de lo que sus transeúntes hacen en ellas. Pero a veces sucede que determinados lugares públicos llevan nombres que, de por sí, no concuerdan con las actividades que allí se realizan.
Hace unos tres lustros, o quizá menos, un grupo de gauchos fortineros de Salta, liderado por un robusto administrador de estancias, amenazó a la secretaria de Cultura Adriana Pérez con "movilizar los fortines" y realizar un raid punitivo, haciendo aletear sus amedrentadores guardamontes, para impedir que en el sacrosanto Monumento al General Martín Miguel de Güemes, cuya ecuestre figura se levanta en la falda del Cerro San Bernardo, se llevara adelante un festival de rock.
Nunca se supo por qué los fortineros -algunos de ellos despendolados sesentistas- satanizaron al rock y lo consideraron una afrenta a sus tradiciones (teniendo en cuenta que Güemes era medio escocés) y no hicieron lo mismo con el folklore metálico de Los Nocheros, grupo suele despacharse a gusto cada vez que el poder político de turno les convoca a desgranar sus melosas canciones al pie del caballo de Héroe Gaucho.
El origen escocés de Güemes (Wemyss) parece conducir a nuestros tradicionalistas a rechazar el rock, pero no el scotch (el whisky), ya que algunos de aquellos son auténticos amantes de esta bebida tan extranjerizante.
Hace cuarenta años, a alguien se le ocurrió bautizar con el nombre de Roberto J. Tavella (ilustre primer arzobispo de la achidiócesis de Salta) la peligrosa avenida (entonces ruta) que enlazaba la ciudad y el Valle de Lerma con el "bajo" salteño, un lugar entregado en cuerpo y espíritu a los placeres de la carne y a la explotación económica de los mismos.
Hubo un tiempo en que el busto de aquel celoso guardián de nuestras buenas costumbres sexuales estuvo colocado en la rotonda de Limache, mirando hacia "la Pese" (nombre con el que se conoce a la fábrica de Pepsi), o lo que es lo mismo, hacia "la ruta del vicio", un camino variopinto jalonado por prostíbulos-rancho en la otra ribera del Arenales, alumbrado por la tentadora y destellante presencia del casino provincial y rematado por el más famoso de los hoteles alojamiento de Salta, ubicado a unos pocos cientos de metros de aquella cuestionada avenida.
Aquel lamentable espectáculo moral dio razones para que los seguidores de la rectísima e impoluta huella de Monseñor Tavella decidieran erradicar su estatua de aquel lugar, para volverla a colocar en la aristocrática esquina de las avenidas Virrey Toledo y Paseo Güemes, desde donde el bronce del prelado mira a la "Salta decente" y da la espalda a la "Salta viciosa".
Ahora sucede que los corsos de Salta (otra versión de ellos) se realizarán en la Avenida Juan Pablo II, por la zona en donde se halla el estadio de fútbol que lleva el nombre de "Padre Martearena". Ni Martearena ni Wojtyla -que en Paz descansen ambos sacerdotes- estarían muy de acuerdo que por sobre la silueta asfáltica de la calle que lleva el nombre del recordado pontífice (en vías de convertirse en Santo por un proceso de beatificación express) desfilen la procaz -aunque genial- travesti Zulma Lobato y otros travestis menos famosos y menos declarados.
La combinación hace chirriar las conciencias, tanto de las personas que son religiosas como de las que no lo son.
Es lo mismo que sobre una calle que llevase el nombre de Carlos Marx se autorizara un desfile nazi; o sobre la avenida que lleva el nombre de un conocido fascista de Salta (en verdad, hay varias avenidas y varios fascistas) se realizara un acto de la agrupación "Quebracho"; o que se permitiera una manifestación de hinchas de Juventud Antoniana justo en frente de la cancha de Central Norte; o que en el anfiteatro "Cuchi Leguizamón" se dijera misa; o que en la avenida que separa a dos populosos y conocidos barrios del Sur de Salta se hicieran campañas contra el consumo de estupefacientes.
Es por ello que en Salta alguien debería pensar en abrir una ancha avenida con el nombre de Cicciolina, Hugh Heffner, Tuerta Tota, Madame Pompadour o María Greinstein (sólo por citar a algunos 'próceres' de la vida alegre) para montar allí nuestros desenfrenos y que no tuviésemos que vernos en el predicamento de erigir prostíbulos y hoteles alojamiento en la avenida del Monseñor, ni realizar desfiles erótico-musicales en la avenidad de Su Santidad el Papa.







