La comunicación pública gubernamental en Salta (no solamente la que sale de los distintos gabinetes de prensa) viene haciendo gala últimamente de una visión antropomórfica de la política y de la realidad del Estado.
Ya no se trata simplemente de 'clasismo' sino de una permanente jerarquización de las instituciones de la república democratica, copia desafortunada de los escalafones que dominan a ciertas corporaciones no democráticas (como la de los militares o los sacerdotes) en las que 'no hay dos personas iguales'.
A causa de este reflejo mimético, cualquier actividad que realice el gobierno es 'encabezada' por alguien.
Atención: No se nos dice que una persona preside, dirige, coordina, orienta o 'conduce' (como le gusta decir a los peronistas), sino que 'encabeza'.
Ya dijimos en una oportunidad que 'encabezar' es sinónimo de 'acaudillar', como también lo es de 'presidir', pero cuando se prescinde de este último verbo y se prefiere la utilización de 'encabezar', se está transmitiendo al lector la sensación de que quien preside alguna actividad está "mandando, como cabeza o jefe, a gente de guerra", como dice el Diccionario.
En Salta no hay acto público que bien se precie sin "cabezas". A los salteños no nos gustan las mesas redondas, como las que utilizan los chinos (de hecho, para algunos, es cosa de 'chinos'); nos flipa que tengan "cabecera" en donde poder colocar a la gente más importante. El resto se va colocando, de acuerdo a su importancia decreciente, en lugares cada vez más alejados de aquella cabecera, hasta llegar a la mesa del patio del fondo, en donde se sienta el personal subalterno y la 'fieles servidoras' que luego suscriben las esquelas fúnebres.
Los encuentros de gente llana, de ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, no existen. Siempre hay alguien que -periodísticamente- alza la testuz, como en las procesiones, en la que es el intendente, el gobernador, el obispo o el cura párroco quien, levantando el cuello y la barbilla "encabeza" el desfile, pero nunca el santo o la virgen que marchan al frente, cuya importancia es ya menor frente a la altivez de la jerarquía.
Pero con la expresión 'encabezar' también se pretende que creamos que determinados actos del gobierno son dirigidos por 'cabezas', cuando lo cierto es que muchas acciones gubernamentales se ejecutan sin ton ni son, sin hacer aplicación de la más mínima dosis de inteligencia.
Algunos funcionarios de este gobierno son conocidos como "delfines", no porque integren una lista para suceder al gobernador en el liderazgo, sino porque poseen "una inteligencia casi humana". Aún así, existe un empeño en presentar a estos especímenes como 'cabezas'.
Es dudoso que esta clase de individuos pueda ser "cabeza" de nada, excepto quizá de pollo o de alfiler.
Cuando no queda más remedio que acudir al verbo "encabezar" y nos damos cuenta que en un acto del gobierno no hay -por mucho que se busque- "cabezas bien amuebladas", siempre es preferible atribuir el liderazgo del acto, no al funcionario de más alto rango, sino al más cabezón o, como decimos en Salta, al que tenga el 'marote' más grande.
