Nacional
La actitud de negar la realidad es una forma de mentir. Cuanto más evidente sea esa realidad, tanto más difícil es negarla sin aproximarse al ridículo. En nuestro idioma vernáculo, al que hace frecuentemente afirmaciones que no se condicen con la realidad sino con su imaginación, se lo reconoce como un “macaneador”.

Con la firma de los salteños Juan Agustín Pérez Alsina y Sonia Escudero, renovador uno, peronista otra, que sin embargo actúan en el Senado siguiendo una común estrategia de oposición al gobierno nacional, un grupo de legisladores de la cámara alta ha presentado una moción de censura contra el jefe del Gabinete de Ministros, Aníbal Fernández, encaminada a lograr la destitución de este alto funcionario del gobierno nacional, a quien los senadores encuentran responsable de haber desobedecido una orden judicial de allanamiento dictada por el juzgado del Trabajo Nº 56, en el conflicto del sindicato de aeronavegantes.

A principios de este milenio, importando (sin pagar licencia) una consigna del travestido comunismo italiano, Carlos “Chacho” Álvarez proponía como objetivo de -¿se acuerdan?- la Alianza, hacer de la Argentina: “un país normal”. Aunque él lo ignorase, Álvarez se inscribía con ese lema en lo que Jorge Asís (en rigor, la licenciada Carolina Mantegari, su sombra) denomina “el ineludible autocolonialismo cultural”, una acendrada vocación de sectores de la intelligentzia predispuestos a copiar frases y fórmulas surgidas de otras experiencias y a practicar la autoincriminación nacional. Proponer la “normalización” del país equivale, si bien se mira, a diagnosticar una enfermedad, una excepcionalidad argentina y a recetar consecuentemente una terapia específica para “anormales”.

“La opinión de que el mejor resultado de una guerra sólo puede ser la victoria ha estado muy extendida. Sin embargo, hay quien ha sospechado que esa opinión quizás fuera errónea”. Shimon Tzabar. Cómo perder una guerra y por qué. La estrategia para la derrota, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2005.

Después de la jornada del jueves 3 de diciembre, cuando, en virtud de su propia conducción, sus fuerzas parlamentarias convirtieron un buen acuerdo en un revés no meramente simbólico, Néstor Kirchner confirmó su fama de gran organizador de derrotas. No fue en las áridas tierras patagónicas donde adquirió esa reputación: en rigor, en Santa Cruz supo ganar sin demasiados problemas tanto dinero como  elecciones. La cosa cambió cuando reemplazó los aires australes por las luces del centro.

Hace tiempo que Nestor Kirchner y su esposa están enemistados con las encuestas. Los estudios de opinión no sólo revelan que se han derrumbado aquellas expectativas que durante meses acompañaron la gestión presidencial de Néstor (y hasta aquellas que respaldaron con el voto a su candidata dos años atrás), sino que la opinión ha dado una vuelta de campana y hoy muestra índices de rechazo a la familia presidencial que parecen ilevantables.

“Estamos en presencia de una sarta de mentirosos” - Jefe de Gabinete Aníbal Fernández.

La frase del epígrafe, con copyright del contador Aníbal Fernández, evoca vagamente la clásica aporía de Epiménides, aquel cretense que afirmaba con ánimo paradójico que todos los cretenses eran mentirosos. ¿Había que creerle en tal caso? Pero el contador no debe ser confundido con Epiménides.

En biología un parásito es un animal o planta que vive a expensas de otro organismo o dentro de él. Parasitismo es una interacción biológica entre dos organismos, en la que uno de los organismos (el parásito) consigue la mayor parte del beneficio de una relación estrecha con otro, que es el huésped u hospedador. El parasitismo puede ser considerado un caso particular de predación. Enciclopedia Mills, Biología.

No es habitual que Elisa Carrió y Eduardo Duhalde coincidan en sus diagnósticos. En los últimos días lo hicieron, al menos sobre un punto: "La Argentina sufre una inusitada escalada de violencia que tuvo un inicio verbal pero que recientemente ha acentuado aspectos alarmantes de violencia física". La frase pertenece a la líder de la Coalición Cívica, y está inscripta en una misiva que Carrió se dispone a entregar a embajadores acreditados ante el Estado argentino. Por su lado, para explicar el mismo fenómeno Duhalde apuntó al estilo de Néstor Kirchner: “Su lenguaje bélico repercute y llega a la base de la sociedad”.

Antes de desplazarse a Chile para cerrar acuerdos con su colega Michelle Bachelet, la señora de Kirchner disparó el jueves 29 de octubre un certero decreto de necesidad y urgencia. El objetivo explícito del DNU residió en  disponer una asignación mensual por hijo, que llegará a desocupados, trabajadores en negro y monotributistas sociales con hijos menores de 18 años. Bajo ese piadoso pabellón, el oficialismo apuntó a otros blancos, a los que asigna mayor importancia.

“Besé la mano del guardián y lo ayudé a bruñir cerrojos con esa antigua habilidad que tengo para borrar innecesariamente toda huella de bien habida corrupción. Permití as tinieblas, rigores me tranquilizaron.” María Elena Walsh, Complicidad de la víctima.

María Dora Anahí Sánchez sostuvo por una radio porteña de gran audiencia que el poder central “disciplina con plata a los gobernadores”; agregó: “se sabe perfectamente que a muchas provincias las presionan con el voto de los legisladores”. Y concluyó: “Lamentablemente tenemos que reconocer que no tenemos un país federal”.

Como había sido previsto, el gobierno consiguió en tiempo récord que el Congreso (donde mantiene mayoría hasta diciembre, cuando asuman los legisladores electos el 28 de junio) le entregase obedientemente la ley de medios electrónicos a la que aspiraba. El gobierno empeñó en ese objetivo un enorme esfuerzo y desencadenó una suma de presiones para sumarle apoyos a su proyecto. En esa tarea no miró pelo ni marca: se pegó al catamarqueño Ramón Saadi, al bussista tucumano Carlos Salazar, al derrotado radicalismo K de Corrientes y al ARI fueguino; prometió ayudas económicas a algunos y respaldos de diferente carácter a otros, para disimular esqueletos ocultos en algunos roperos. Tuvo una formidable capacidad de persuasión: senadores que hasta unos días antes calificaban la propuesta oficial de “mamarracho” y hasta habían suscripto documentos de rechazo al proyecto se convencieron de que estaban equivocados y votaron lo que sugería la Residencia de Olivos.

El oficialismo está embarcado en su ofensiva de primavera: ha empeñado todas sus fuerzas y desplegado infinitas presiones para sacar del Congreso antes de que concluya octubre su proyecto de Ley de Medios sin más modificaciones que las escasas que se vio obligado a admitir cuando el proyecto se discutía en la Cámara de Diputados. Pese a todos esos afanes, aunque está convencido de que la votación general ocurrirá antes del próximo fin de semana y allí contará con suficientes votos, Néstor Kirchner no tiene todavía la seguridad plena de que el tratamiento en particular de la norma no le depare sorpresas desagradables. Las objeciones de conciencia de algunos senadores oficialistas o aliados pueden contribuir a que se introduzcan cambios en cláusulas que para Olivos son centrales: en particular la que fuerza a los grupos de medios a deshacerse de licencias en un plazo de un año. Kirchner espera que ese emplazamiento permita a inversores nuevos (no nuevos para él, claro) ingresar en el negocio a precios convenientes. La idea de que la ley termine admitiendo plazos más extensos, de hasta tres años, como ha sugerido la oposición, lo pone muy nervioso: las elecciones presidenciales son en 2011 y el sueña con llegar a ese momento con la escolta de varios grandes medios adictos.

Después de una victoria en la Cámara de Diputados que celebró clamorosamente, el oficialismo llevó su ley de Medios con media aprobación al Senado una vez que el viaje al exterior de Cristina de Kirchner extrajo a Julio Cobos de la presidencia de la Cámara Alta, para ponerlo transitoriamente a la cabeza del Ejecutivo. Aunque el gobierno consiguió que el trámite fuera conducido, en lugar de Cobos, por el bonaerense José Pampuro, no pudo imponer su deseo de que sólo lo analizaran dos comisiones del Cuerpo: no habrán sido las cinco que quería Cobos, pero terminaron siendo cuatro.

Con una pequeña ayuda de los amigos, el oficialismo atravesó expeditiva, exitosa, desprolija y previsiblemente la primera prueba para la imposición de su proyecto de control de los medios electrónicos, la de la Cámara de Diputados. Tuvo que pagar algunos precios, mayormente políticos, más allá de que Felipe Solá haya mentado la mítica “chequera” kirchnerista, versión recargada de aquella Banelco que se invocó durante el gobierno de la Alianza. El principal costo para el oficialismo residió en producirles una coartada a las corrientes que lo acompañan por izquierda (inclusive, en este caso emblemático, el Partido Socialista de Hermes Binner) y a algunos disidentes de la línea hamletiana, de modo de facilitarles a todos ellos el tránsito entre la crítica verbal a crédito y el voto de apoyo en efectivo.

El diputado nacional José Vilariño destacó la importancia del debate llevado a cabo en la Cámara de Diputados del Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales y que consiguió media sanción.

Después de presenciar la lección magistral de tenis que Juan Martín Del Potro impartió frente a uno de los mejores tenistas de la historia, el control remoto me llevó a sintonizar el debate preelectoral entre la canciller alemana Angela Merkel (Unión Cristiano Demócrata - CDU) y su vicecanciller y ministro de Asuntos Exteriores Frank-Walter Steinmeier (Partido Socialdemócrata de Alemania - SPD).

Si bien lo hizo con tono liviano, superficial (y en el fondo descreído), el jefe de gabinete, Aníbal Fernández, disparó el viernes 11 de septiembre una gravísima denuncia que debería ser inmediatamente recogida por la Justicia. Dijo el contador Fernández que el desembarco de un regimiento integrado por dos centenares de inspectores de la AFIP en la sede central del Grupo Clarín y el de otras brigadas del mismo ejército en domicilios particulares de directivos de la empresa constituyó “una operación que alguien ha financiado (…) para perjudicar al gobierno”. Esas palabras, pronunciadas por alguien que en los papeles ocupa el lugar más empinado de la administración después de la presidente deberían ser tomadas con la seriedad que seguramente merecen por algún fiscal; una pesquisa judicial podría, quizás, esclarecer totalmente los hechos.

“Su mente, aun cuando estuviera perfectamente sana, estaba condenada a ser presa de la manía persecutoria. (…)Temeroso de que los hombres de su séquito conspiraran contra él, él mismo conspiraba sin descanso contra ellos(…)Nadie es más propenso a ver en el autócrata la fuente de todos los males que los cortesanos del déspota, os testigos más directos de su omnipotencia, los que mejor saben con cuánta frecuencia sus propios destinos y la dirección de los asuntos públicos dependen del capricho o la soberbia de aquél. La idea de conspirar les viene a la mente de manera muy natural; la revuelta palaciega es su método de acción característico. ¿Por qué, entonces, nunca se materializó ninguna conjura contra él? Es evidente que los conspiradores potenciales eran frenados por fuertes inhibiciones (…)”

Isaac Deutscher, Los últimos años de Stalin

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