Gobierno
Han pasado poco menos de dos años desde que el actual gobierno de Salta, en un prematuro esfuerzo por diferenciarse de su antecesor y de sus excesos, decidió adoptar el enigmático eslogan de "Haciendo Realidad la Esperanza". Apenas si tuvo tiempo el gobierno para crear la frase y trasladarla, casi de inmediato, a la publicidad oficial, a los membretes del gobierno, a la cartelería de actos y edificios públicos, por no mencionar a la figura del propio gobernador, con la que la frase ha quedado identificada quizá para siempre. Los tempranos constructores de la imagen del gobierno demostraron así tener más prisa en desentronizar al contemplativo gauchito oteador, que presidió la iconografía del Sultanato, que en diferenciarse de éste de un modo claro y sustantivo. Juan Manuel Urtubey, gobernador de SaltaPorque, más allá de los esloganes y de las operaciones de imagen, no es posible olvidar que el actual gobierno comenzó su andadura ensalzando todo aquello que el gobierno anterior "hizo bien".

Incluso, llegó a elaborar un prolijo catálogo de los "logros" del sultanato, a los que proclamó inmodificables, y lo sigue haciendo cada vez que alguno de sus portavoces califica a ciertas recalentadas actuaciones del gobierno como "política de Estado". Es preciso reconocer también que el actual gobierno puso un poco menos de cuidado a la hora de elaborar la lista de aquello que "no se hizo (y que es necesario hacer)", entre otros motivos porque en la base de este razonamiento anida la idea de que el anterior gobierno "no pudo" cumplir con todo lo que se propuso, "por falta de tiempo".

Lo cierto es que los que elaboraron las listas anteriores (de lo que se hizo bien y de lo que no se hizo en asboluto) no tuvieron ni inteligencia ni ganas suficientes para confeccionar la tercera lista que falta: la de "lo que se hizo mal y muy mal". Porque -no nos engañemos- doce años son tiempo más que suficiente para hacer casi todo lo que un gobierno se proponga, incluso para darse el lujo de hacerlo rematadamente mal, de corregir los errores, y de hacerlo bien, por lo menos unas tres veces.

A partir de esta carencia fundamental, el actual gobierno se fijó como objetivo "completar" lo que el anterior dejó inconcluso, sin animarse a entrar en otras valoraciones -a mi juicio, estrictamente necesarias- como por ejemplo, distinguir entre lo bueno y lo malo de aquellas concreciones o inconcreciones gubernamentales.

He aquí donde el nuevo eslogan comienza a cobrar algún sentido: La "esperanza" estaría constituida por todo aquel conjunto de promesas incumplidas del romerismo. Por lo tanto, la misión del actual gobierno sería la de "traerlas a la realidad", es decir, cumplirlas.

La esperanza, una virtud irrealizable


Pero nos engañaríamos si pensásemos que el gobierno de Salta, aun durante sus primeros balbuceos, ha sido capaz de manipular la idea de esperanza para acomodarla a una necesidad coyuntural de legitimación. Quienes convirtieron al gobernador de Salta en un instrumento "realizador de la esperanza" supieron desde un primer momento de lo que hablaban.

Repárese en que la frase no alude a "las esperanzas" que normalmente los seres humanos tenemos de que las cosas vayan a mejor o que algunas de nuestras expectativas se concreten. El uso del singular "esperanza" nos da la idea precisa de que el gobierno de Salta pretende erigirse en árbitro regulador del efectivo acceso de los salteños a ese "paraíso soñado de los escépticos", que muy bien definió Saramago, o -lo que es todavía más probable- en mediador entre los ciudadanos de Salta y la divinidad, en la medida en que la esperanza, como virtud teologal, puede ser entendida también como el "deseo de Dios como Bien Supremo" y "la confianza firme que algunos tienen de alcanzar la felicidad eterna y los medios para ello".

No hay dudas, pues, de que la promesa de "hacer realidad la esperanza" es una tarea que excede y mucho los límites temporales del gobierno y los otros que impone la condición de mortales de todos sus miembros.

Al atravesar el gobierno de Salta el ecuador de su mandato, casi todos los ciudadanos son conscientes de que, durante el tiempo que ha pasado, el gobernador y su gobierno no han sido capaces de realizar ninguna esperanza. Si se me permite, diré que ni siquiera les ha sido concedida la gracia de realizar la esperanza propia. Pero aun frente a semejante varapalo de la realidad, al gobierno siempre le queda la elegante salida de colocar sus metas fuera de este mundo y de decirle a los desencantados que su misión no consiste en ir realizando esperanzas particulares de nadie, sino aquella Esperanza, con mayúsculas, una mezcla discepoliana e irreverente del pensamiento de Saramago, del Evangelio, y de la falaz promesa peronista de alcanzar, algún día, la Felicidad del Pueblo y la Grandeza de la Nación.

A estas alturas, muchos salteños dudan también sobre el acierto de la utilización del gerundio en el famoso eslogan del gobierno. Algunos denuncian la impropiedad del empleo de esta forma verbal, entre otras cosas porque advierten que el gobierno carece de "acciones en curso". El gobierno de Salta se mueve a espasmos, carece de política y carece de programa. Por tanto, ninguna de sus acciones -excepto tal vez la que se refiere el verbo "durar"- puede ser descrita con un gerundio.

Otros han intentado buscar parentescos lejanos a la frase "Haciendo realidad la esperanza". Por ejemplo, quienes han rastreado semánticamente en la conocida frase en inglés "Turning Hope Into Reality", que significa prácticamente lo mismo, pero que, a diferencia de la salteña, no ha sido utilizada para singularizar las acciones de ningún gobierno civilizado de la Tierra. En el mundo anglosajón, esta frase se suele utilizar como eslogan de determinados centros científicos en donde se estudia la curación de enfermedades graves, como por ejemplo aquellas que padecen quienes han sufrido un daño cerebral traumático severo, quienes no pueden caminar y, en general, quienes esperan de la biotecnología y de la investigación genómica una cura para enfermedades que hoy son incurables.

Habiendo tantos problemas más sencillos de resolver, cabe preguntarse si es ésta la clase de esperanza que pretende hacer realidad el gobierno de Salta. Pues no resulta exagerado comparar esta visión aterradora de la esperanza con alguna enfermedad mental, como aquella que padeció en los años setenta un conocido exdirigente del FIP, que creía haberse convertido en la versión contemporánea del santo Francesco de Assisi. Es posible que el gobernador de Salta haya apuntado más alto y con su eslogan esté experimentando alguna especie de transverberación respecto del mismísimo Señor del Milagro.

El Derecho a la Impaciencia


Dice José Saramago: "Quien todo lo ha perdido, pero tuvo la suerte de conservar por lo menos la triste vida, considera que le asiste el humanísimo derecho de esperar que el día de mañana no sea tan desgraciado como lo está siendo el día de hoy. Suponiendo, claro, que haya justicia en este mundo. Pues bien, si en estos lugares y en estos tiempos existiera algo que mereciese semejante nombre, no el espejismo habitual con que se suelen engañar los ojos y la mente, sino una realidad que se pudiese tocar con las manos, es evidente que no necesitaríamos andar todos los días con la esperanza en los brazos, meciéndola, o meciéndonos ella a nosotros en los suyos. La simple justicia (no la de los tribunales, sino la de aquel fundamental respeto que debería presidir las relaciones entre los humanos) se encargaría de poner todas las cosas en sus justos lugares".

El gobierno de Salta, como cualquier otro gobierno, está llamado a asegurar los derechos de las personas que, por los motivos que sean, no pueden disfrutarlos, y cuando ese objetivo sea alcanzado, el gobierno sólo puede encontrar su justificación ética en la realización de la justicia, esto es, en la eliminación de aquellos obstáculos que impiden a los ciudadanos disfrutar de un trato justo y equitativo, por las instituciones y por sus semejantes.

La vigencia de la justicia hace innecesaria la manipulación de la esperanza y, al mismo tiempo, hace aflorar otra conducta humana que es la impaciencia, a la que todos tenemos derecho cuando comprobamos que la inercia de los gobiernos nos priva del pleno disfrute del resto de nuestros derechos.

Hace unos quince años, quien estas líneas suscribe experimentó un durísimo choque cultural. Recién llegado de Europa, se vio en la necesidad de contratar una línea telefónica en Salta. Eran épocas en que la recién estrenada reprivatización de las telecomunicaciones en Salta prometía conectar un teléfono en pocos días, y no en varios años como era usual durante el monopolio de la anterior empresa. Firmó entonces un contrato que le aseguraba disponer de su teléfono en sólo cinco días. Al sexto día del contrato y sin que el teléfono fuera aún conectado, se personó en las oficinas de la compañía para reclamar lo que era justo. Fue entonces cuando la empleada que lo atendió pronunció una inolvidable frase: "Tenga usted paciencia, señor". El escándalo que allí se montó fue mayúsculo y cuesta todavía recordarlo. Cuando hay derecho de por medio, la impaciencia constituye un derecho superior. Y como dice Saramago, "aconsejarle a alguien que tenga esperanza no es muy diferente de aconsejarle que tenga paciencia".

Un gobierno que busca legitimarse a sí mismo como el "realizador de la esperanza" no sólo ignora por conveniencia la dimensión de la justicia en su relación con los ciudadanos, sino que juega a crear más esperanza que realidades. Mientras más voluminosa sea la dimensión de la esperanza el gobierno tendrá "más razón de ser", más motivos para durar, más derecho a utilizar el gerundio. Lo hemos podido comprobar en nuestras propias carnes, cuando al gobierno de Salta le cayeron del cielo, por casualidad o por fatalidad, algunas inesperadas fuentes de "esperanza" como lo fueron la riada de Tartagal o las sucesivas epidemias de dengue y gripe A.

Claro que llegará un momento en que algunos desencantados como el señor Saramago, o yo mismo, se animarán a denunciar las deficiencias de la construcción teórica del "humanismo de la esperanza", no tanto a nivel filosófico, sino al nivel más llano de la política. No están lejanos los tiempos en los que "la esperanza por la felicidad que vendrá" será sustituida por la impaciencia cívica que generan los derechos reconocidos que no se disfrutan. Y como dice Saramago de la impaciencia: "Ya es hora de que esta se note en el mundo para que aprendan algo esos que prefieren que nos alimentemos de esperanzas. O de utopías".
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