Gobierno
Aun en sociedades inmaduras como la nuestra, de un nuevo gobierno sólo se puede esperar que no empeore las cosas. Pero como en Salta nos apabulla la inmadurez y prima entre nosotros la ficción por encima de la realidad más cruda, miles de comprovincianos, tan bienintencionados como mal informados, se lanzaron hace dos años a predecir que el gobierno que asumió tal día como hoy de 2007, nos iba a maravillar con sus cambios y nos iba a liberar, tal vez definitivamente, del yugo de doce años de desatinos. Hoy un juramento, mañana una traiciónHasta los más sensatos se sintieron atraídos por la figura de aquel que, en los papeles y bajo el signo de la libertad, daba forma humana a tan profunda transformación de nuestras costumbres y hábitos políticos. Hasta los más desencantados por su pasado como baluarte del establishment romerista y recelosos de su ambiguo background ideológico decidieron abrirle una carpeta de confianza al flamante gobernador para que fuera coleccionando allí, lo mismo que hace un niño con las figuritas, sus aciertos y sus errores.

A una cierta altura del mandato en vigor, el gobierno se nos aparecía a los ciudadanos como un ente apetecible, bien proporcionado, hasta cierto punto encantador y es posible que hasta más ágil y eficaz (lo cual no es difícil) que aquella enorme mole autoabrasada repentinamente en noviembre de 2007; la misma cuyos rescoldos aún siguen humeantes en algunos rincones de la administración y la misma que mortificó a más de un millón de salteños durante doce largos y tediosos años de rumboso sultanato.

A dos años exactos de los solemnes juramentos del gobernador y del vicegobernador sólo se puede decir que el gobierno de Salta es hoy mucho menos sexy que lo que insinuó en sus comienzos; si acaso, definitivamente más esperpéntico que su antecesor y, con toda seguridad, más aburrido que cualquiera otro que los salteños hayamos conocido.

Aquella "carpeta de confianza" abierta oportunamente al alumno aplicado rebosa hoy de figuritas repetidas, de anuncios ostentosos, de megalomanías a treinta años vista, de avances de obra, de autocomplacencia y de un número casi obsceno de tareas inconclusas, detrás de las cuales se advierte la fatiga de un material humano desgastado, cuando no manifiestamente incompetente, y el desdeñoso olvido de la política.

Miles de motivos pudo haber tenido el gobernador para colocar a su gobierno en el pobre lugar en que se encuentra ahora. Algunos de ellos pueden ser, incluso, justificables y muy respetables. Pero lo que el electorado no perdona ni perdonará jamás es la "reserva mental", es decir, la ocultación premeditada de una intención restrictiva de las promesas del gobernador al tiempo de formularlas.

El curso de los acontecimientos ha demostrado sobradamente que el gobernador conocía de antemano del carácter inviable de un gobierno con sus socios electorales y que por tal motivo decidió defraudar la confianza del electorado y darle vuelta a la decisión soberana del pueblo de Salta de asignar al Partido Justicialista el rol de oposición al gobierno. La primera señal de este impensado retorno al pasado se halla en el mismo discurso de investidura del gobernador, en el que solemnemente afirma ante una Legislatura supuestamente plural o representante de la pluralidad social de los salteños, que se siente "fanáticamente peronista". Una declaración francamente sobreabundante e innecesariamente provocativa.

La última, su entrada en Wikipedia en la que aparece gobernando Salta en nombre del Partido Justicialista, que resultó derrotado en noviembre de 2007. No sólo se trata de engañar a los salteños sino también de engañar al mundo que nos rodea.

Sus socios coyunturales -la mayoría de los cuales son no traicionables por razones que son fáciles de intuir- pudieron haberse sentido traicionados por aquel giro copernicano. Los electores, con mayor razón, pudieron descubrir en las falacias del gobernador su verdadero carácter y su auténtico rostro político. Pero -aunque ayudan- ninguna de estas circunstancias alcanzan para impedir que en la más solitaria de las intimidades el gobernador experimente esa angustia vital que sólo pueden experimentar aquellas personas de bien que se han traicionado a sí mismos y que lo han hecho para toda la vida.

Es por ello que sus sueños presidenciales -para quien quiera creerle- aparecen ya originalmente contaminados por el pecado de la polución nocturna. Un gobernador que domina tan poco sus emociones y que es capaz de dar rienda suelta a sus alocadas ambiciones, sin reparar en el pasado más próximo y sin cuidar debidamente de que no se le escapen algunos detalles de su control más inconsciente, no es un buen candidato a presidente, desde luego.

Cuando ese formidable King Maker que es don Alberto Fernández, antiguo cavallista y frustrado joven brillante, se dé cuenta que la habilidad más notable del actual gobernador de Salta es la de apretar -eso sí, muy oportunamente- las teclas Ctrl+Z (las de deshacer) y Esc (escapar), y que en cualquier momento puede pedir un teclado para "volver atrás", se lo pensará, un par de veces por lo menos, antes de volver a practicar la radiestesia política sobre territorio salteño.
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