Gobierno
Salta vive uno de sus periodos históricos de máxima estabilidad institucional. Nuestras elecciones se celebran con puntualidad y las autoridades electas se suceden unas a otras con una normalidad que ya quisieran tener otros países y regiones del mundo. Intendentes y concejales parecen haber ganado poder y superado -sólo por estar- las viejas leyendas urbanas acerca de su ineficiencia y de su inutilidad, respectivamente. Senadores y diputados, antaño casi voluntarios o meritorios, ocupan ahora espacios importantes, no sólo en el firmamento institucional sino también en la consideración social. Normalidad institucional y retroceso políticoTodos nuestros representantes parecen haber ganado en pulcritud y en compostura. Incluso sus habilidades dan la impresión de ser mayores mientras se prolonga la estabilidad institucional y los cargos son sometidos a periódicas reválidas electorales. Comienza a abrise paso la idea de autoridad por el prestigio que tiene el cargo en sí mismo, más que por las cualidades personales de quien lo ejerce.

Todo este panorama tiende a cambiar, y de un modo dramático, cuando los ciudadanos comienzan a percibir que gobernadores, vicegobernadores, senadores, diputados y concejales, suelen apearse de sus pedestales y deciden, a veces, dedicarse a esa diabólica actividad que algunos llaman imprecisamente "la política".

Muchos piensan que la política sólo trae confusión, desorganización, tumultos, rebeliones y caos. La política es, para algunos, el cáncer de la autoridad constituida.

Esta "política" (me refiero, claro está, a la idea vulgar de la misma) ya no es vista de forma tan benevolente por el ciudadano medio, y lo más sorprendente es que tampoco está muy bien valorada por aquellos que -se supone- la ejercen cotidianamente entre nosotros.

Así como muy pocas veces se ha escuchado a un deportista criticar al deporte, por ser una actividad inferior, corrupta o degradante, es muy frecuente en cambio que los así llamados políticos se refieran a la política de forma muy despectiva. Quién no ha escuchado alguna vez a un ministro decir aquello de "los autoconvocados persiguen fines políticos", o "fulano de tal sólo defiende intereses políticos", o "eso es política". Quien no ha oído alguna vez citar aquel consejo que el dictador Francisco Franco dio a uno de sus más importantes ministros: "Haga como yo. No se meta en política".

Quiero con esto decir dos cosas: la primera, que en cualquier sociedad medianamente civilizada, el que ciertos grupos persigan finalidades políticas o que una persona actúe guiada por intereses políticos, es lo mejor que podría llegar a pasar. La política es la mejor forma -por no decir la única- de resolver los problemas comunes, de forma civilizada, sin matarnos los unos a los otros y preservando el orden social. No sucede esto precisamente en Salta. La segunda es que, si no ha sido la política la causante de que estemos viviendo esta tranquila aunque improductiva primavera institucional, ¿a qué debemos entonces esta bendición?

La única explicación posible es que Salta disfruta de una democracia no-política, es decir, de un sistema de gobierno y de resolución de conflictos en que la política, tal cual se entiende y se practica en el mundo civilizado, no existe, o bien es contemplada como una herramienta menor, ineficiente y despreciable, hasta tal punto de que alguien ha resuelto reemplazarla por otros medios. "Politicastros" llamaba el ya mencionado dictador Franco a quienes incursionaban en esta tan poco noble actividad.

Nuestra democracia no-política es heredera directa de la dictadura militar, que supo hacer esfuerzos muy visibles por anatematizar a la política y por acabar con los políticos, colgándoles el rótulo de antidemocráticos, autoritarios, poco ejecutivos y timoratos, en el mejor de los casos, y suprimiéndoles físicamente, en el peor. Aunque parezca mentira, la misma dictadura que atropelló las libertades ciudadanas y negó los derechos humanos de decenas de miles de argentinos, tenía tiempo y presupuesto para darnos a todos clases de democracia y de amor a la patria.

Algunos de aquellos consejeros de cuartel hoy se han reconvertido a la democracia y ejercen de consejeros áulicos. Son los que siguen creyendo en las virtudes del mando, recelan de la libertad y de la igualdad de los ciudadanos y se encargan de poner en circulación aquellas murmuraciones tan dañinas para la política y los políticos.

Algo tiene que haber prendido esta prédica antipolítica, pues a pesar de la democracia y de las libertades seguimos valorando a la triada Estado-gobierno-partidos por encima de la política, cuando en realidad la política es la actividad fundante de aquellas tres realidades.

Sólo en la mente de algunos tiranos existe la ilusión de que las sociedades sean gobernadas sin política, es decir, sin la posibilidad de que las soluciones a los problemas comunes sean consensuadas por todos aquellos que tengan intereses divergentes sobre una misma cuestión. La política -tal cual la practican los ciudadanos libres- no se presenta a la sociedad como capaz de solucionar todos los problemas ni como una actividad milagrosa que pueda hacer felices a todos los desgraciados, pero es imprescindible en la medida que sólo la política tiene una solución para casi todos los problemas conocidos, excepto quizá los relacionados con el amor y la muerte. Y si la política es fuerte, puede ayudar también a los ciudadanos a prevenir las crueldades y decepciones del gobierno ideológico.

El gobierno de Salta, con su gobernador a la cabeza, es un ejemplo clásico de un gobierno ideológico que desdeña a la política, que no la practica y que no ahorra ocasión por despreciarla abiertamente y por trasladar ese desprecio a los ciudadanos. El gobierno -aunque cabría extender la crítica al sistema- no alcanza a distinguir que el ejercicio de la política supone transitar los caminos de la vida real de los individuos, es decir, nos enseña el reverso de aquellas caricaturas doctrinarias que aspiran a reducir a los seres humanos a muñecos de cartón. Quienes nos gobiernan no comprenden que el ejercicio abierto y libre de la política no multiplica los problemas más que en apariencia. La política, así como hace aflorar los problemas, propone también un número infinito de soluciones.

La acción estratégica del gobierno de Salta consiste en el reduccionismo que comporta la elaboración de "agendas". El gobierno pretende elaborar un catálogo de problemas sociales numerus clausus, y encontrar las soluciones en base a la buena estrella de sus gestores, cualesquiera sean las ideas y reivindicaciones que sustente la oposición política, a la que no escucha, con la que no dialoga. El gobierno, acorralado en su voluntariosa ineficiencia, consume su energía en el arranque de programas fastuosamente planeados, que por lo general no pasan del primer acto inaugural. Y todo ello sucede porque el gobierno no intuye que la política es la única actividad capaz de organizar racionalmente la complejidad social, de asignar prioridades y de alumbrar soluciones variadas y eficaces.

En resumen, tenemos un gobernador no-político, un Estado formalmente a-político y  unos partidos que no practican la política, pero gozamos de un sistema institucional de envidiable lozanía. No importa si barremos nuestras miserias debajo de la alfombra y vamos acumulando los problemas sin darle a la política el lugar y la oportunidad que se merecen en una sociedad que es cada vez más plural, más compleja, que tiene individuos cada vez mejor formados y en la que las grandes cacicadas resultan cada vez más insuficientes para procurar un lugar a todos; especialmente a los ciudadanos libres que reclaman ya mismo una revolución que devuelva a la política al centro del escenario y que borre, por inútiles, los brillos fatuos de esta insulsa e inoperante estabilidad institucional en que vivimos.
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