Historia
“Tu corazón, ya terciopelo ajado”
(Elegía. Miguel Hernández)

Una y otra vez, el Wincofon sesentista reproducía la elegía de Miguel Hernández a Ramón Sijé, dicha por Joan Manuel Serrat. Invierno de comienzos de los años ‘70. Departamento de recién casados de Eduardo Ashur y Ethel Mas, en Tres Cerritos, barrio por entonces modesto y periférico de la ciudad de Salta. Treinta y tantos años después, este invierno crudo y duro, aquella elegía regresa empujada por el dolor y quizás, con más fuerza, por los buenos recuerdos de sus vidas. Eduardo Ashur (derecha) junto a Gregorio Caro Figueroa, autor de estas líneas, en Buenos Aires, 1984.En aquel pequeño departamento aún con aires de estudiantina, pero también con los de hogar, libros y objetos delataban las preferencias de sus moradores.

Las de Ethel estaban en tratados de estética, libros de arte, reproducciones y originales en paredes y estantes que comenzaban a coexistir con fotos y juguetes de niños.

Las de Eduardo, en libros de historia, tubos de vidrio con plumas “cucharita”, lapiceras Parker, frascos de tinta Pelikan o de gomina Brancato, ejemplares de “La Abeja”, los “raspa pared”, el ejemplar del raro libro de A. J. de Maíz Pérez, español avecindado en Salta, juegos de chasco, cajas con “Corazoncitos Doryn’s”, y aquella carta dirigia a é, llegada de París y firmada por Julio Cortázar.

Su último desvelo


Eduardo, quizá intuyendo el final, en sus últimos días, permaneció en un viaje a sus recuerdos: repasando el pasado, revisando papeles, buscando y regalando viejas fotos a los amigos, conversando con ellos. Sus últimas horas las dedicó a volver a la universidad, a apurar la organización de una muestra en el Museo de la Universidad –creado y dirigido por él-, a avanzar en la búsqueda de datos para escribir la historia de la Universidad Nacional de Salta y para advertir al gobierno que si no se toman medidas para salvar la Casa de Leguizamón, ella se desplomará con las primeras tormentas. Iruya. com publicó los dos últimos trabajos de Ashur.

Egresados, con su primer hijo, hasta llegar allí, Ethel y Eduardo habían atravesado juntos el primer tramo de un camino difícil. En aquellos años la vida universitaria en Salta estaba reducida a dos ramas concentradas en otros tantos departamentos que eran una prolongación local de la Universidad Nacional de Tucumán, de los que dependían: el de Ciencias Naturales y el de Humanidades. A poco de ingresar, se identificaron con los principios de la Reforma Universitaria y adhirieron al incipiente Centro de Estudiantes de esa orientación.

Una visión más amplia


Si bien la presencia de ambos departamentos entreabrió una puerta a los estudios universitarios en Salta, lo hizo con algunas limitaciones académicas que, cuando se presentaban, tenían que sortearse viajando a Tucumán a cursar o a rendir determinadas materias. Con pocos alumnos, el Departamento de Humanidades adquiría la apariencia de una pequeña comunidad de profesores y alumnos dentro de esa casa grande de calle Buenos Aires 177 donde se daban las clases y estaban las oficinas.

Ethel y Eduardo pronto se sumaron al Movimiento Pro Universidad Nacional de Salta, del que Eduardo fue uno de sus líderes más lúcidos y activos. El rápido crecimiento demográfico, la creciente demanda de estudios superiores y un futuro cercano en donde ellos se acentuarían, afirmaban la convicción de que Salta debía tener su propia Universidad Nacional. En los primeros años, ese movimiento se redujo al entusiasmo y la entrega de unos pocos.

Comisión de Factibilidad


A mediados de los años ’60, el anuncio de la creación de la Universidad Católica reavivó el interés por impulsar la Universidad Nacional no confesional y regida por los principios de la Reforma Universitaria. Desde el Centro de Estudiantes de Humanidades, Eduardo Ashur reafirmó ese compromiso y fue portador de esa idea en el seno de la Federación Universitaria del Norte, de la que participó. Aquel empeño de unos pocos, por momentos se parecía a una prédica en el desierto.

Cuando, paradójicamente, durante el gobierno de facto del general Alejandro Agustín Lanusse, la iniciativa comenzó a tomar formas institucionales a partir de la creación de la Comisión de Factibilidad que presidió el doctor Arturo Oñativia, las reticencias ante la inminente concreción de ese proyecto surgieron de algunos sectores de izquierda que vieron en el interés del gobierno una especulación política dictada por la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional, que aconsejaba crear nuevas universidades para descongestionar los grandes centros, focos activos o potenciales de conflictos estudiantiles.

Un moderado en la tormenta


Una vez más contra la corriente, Eduardo mantuvo sus convicciones y reforzó sus argumentos. Lo hizo sin perder su capacidad de diálogo y una ductilidad que a veces nos impacientaba a quienes creíamos entonces en las ventajas de las definiciones más tajantes y de los gestos más fuertes. En esos años, cuando era de rigor confundir el compromiso con una idea con la rígida pertenencia a un grupo político, Eduardo supo mantener una independencia de criterio claramente distanciada de cualquier actitud indiferente.

Con el tiempo llegamos a comprender que aquella independencia no era, como suponíamos, una garantía de comodidad sino que, por el contrario, era más exigente y más difícil de sobrellevar que la pertenencia a grupos, sectas o cofradías. Lo que Eduardo Ashur puso en esa empresa, aún incierta, fue mucho más que su esfuerzo personal o sus convicciones: lo suyo fue un compromiso de vida entregado sin sujetarse al mezquino cálculo del egoísmo, como diría Joaquín V. González.

Energía con ideas


Creo que, como conocedor de la historia y sus vericuetos, Eduardo sabía que esas obras terminan sacrificando a sus propios padres. A los nombres de Amadeo Rodolfo Sirolli, de la primera etapa, hay que añadir los de Oñativia, Gustavo Malek, Gustavo Cirigliano y el del rector de la Universidad Nacional de Tucumán, Héctor Ciaspuscio. La Universidad Nacional de Salta se creó y su nacimiento estuvo acompañado de los conflictos y las pugnas ideológicas y políticas nacionales, en sus versiones locales.

Eduardo fue uno de los que puso esos cimientos: en la Universidad, en la discusión del diseño curricular de la carrera de Historia, en las líneas que debían seguir la extensión al medio y la acción cultural, en su museo de arqueología y en su tarea de difusión periodística y editorial. Aquellas rencillas se manifestaron pronto bajo la forma de pequeños ardides, cuando no de desaprensivos combates por espacios de poder.

El exilio interno


La confrontación de los extremos de izquierda y derecha, contrastaba y desafiaba la moderación de Eduardo, tan temperamental como de posiciones. Esa pugna anticipó el comienzo de una marginación que pronto se agudizó en exclusión violenta de la vida universitaria. La cesantía rubricó la expulsión de la universidad de Eduardo y la de muchos que habían sido parte importante de su construcción.

Poco tiempo después, a ese castigo impuesto por la dictadura en marzo de 1976 que privó a Eduardo de su espacio académico y de su trabajo y medio de vida, sobrevino el primer infarto. Tuvo fortaleza para sobreponerse a ambos.

Comenzó a recorrer la ciudad vendiendo libros, a la vez que siguió tejiendo proyectos vinculados con investigaciones sobre la historia local. Comenzó a dar clases particulares, publicó trabajos sobre nuestro Valle Calchaquí y un rústico atlas histórico y geográfico.

Reencuentro a la distancia


Con Eduardo compartí opiniones, que no excluyeron desacuerdos que, sin embargo, no quebraron nuestra amistad, sometida a climas difíciles y cambiantes a lo largo de cuarenta y pico de años. El tiempo suele demostrar que lo que creencias, ideologías y temperamentos, a veces, tontamente nos alejan, la amistad y el afecto pueden presevar y mantener unido.

En mayo de 1967, Eduardo publicó en el suplemento literario de “El Intransigente” , que dirigió Raúl Aráoz Anzoátegui, “Revistas”, un cuento que atribuyó a un desliz literario juvenil que recordaba con humor. A finales de los años '60 tuvo a cargo la organización de la Biblioteca del Club Universitario. En mayo de 1970 trabajamos en el efímero diario “Democracia”, donde escribió artículos sobre la universidad.

A comienzos de 1974 decidimos formar una agrupación política local que luego adhirió al Partido Socialista Unificado que lideraba Simón Lázara. A mediados de ese mismo año nos embarcamos en la redacción de “El Noroeste argentino como región”, pequeño libro que el Centro de Estudiantes de Humanidades editó en mimeógrafo y que estaba destinado a los alumnos que ingresaban entonces a la universidad. El golpe de 1976 arrasó con todos nuestros proyectos y nos alejó. Las cartas nos reencontraron.

Nuestro amigo Masú dice


En marzo de 1979, como un modo de recordarlo, escribí en Madrid un texto sobre los artículos de chascos que tanto recordaban su infancia y alimentaban su apetito de anticuario. Ahora recuerdo que, por temor a hacerle daño, en ese artículo mencioné a Eduardo por lo que, creo, era su apodo familiar: Masú, por su segundo nombre: Moisés. “Masú, obstinado amigo, me dice: “Los raspa pared ya no vienen y nadie se acuerda de ellos. Habrá que hacerlos en casa”. Uno de los últimos regalos que me hizo fue enviarme una publicidad de Librería El Estudiante que mencionaba el “raspa pared”

En el año 1984 formamos uno de los tantos centros de estudios históricos que quedó en los papeles. Poco después, Eduardo asumió el cargo de director de Cultura de la Provincia y continuó en él durante dos periodos de gobierno. Fue fundador , director y secretario de Planificación de la Fundación Norte, dedicada a la investigación y difusión de las culturas aborígenes y criollas, miembro del Centro Salteño de Investigaciones de las Culturas Árabe e Hispánica.

Su producción académica


Perteneció a instituciones académicas y culturales locales y nacionales. Ejerció circunstancialmente el periodismo. Publicó en revistas académicas y formó parte de equipos de investigación. Entre ellos, el referido a “Uso, contaminación y protección de los recursos hídricos del Valle de Lerma”, iniciado a finales del año 2001 a partir de una propuesta del doctor Scott Whiteford y del aporte del antropólogo norteamericano Terry Hoops. En el año 2004 publicó “La crisis del agua en Salta”, con textos de este equipo de investigación.

Eduardo murió en la Ciudad de Salta la tarde del pasado jueves 2 de agosto, a los 63 años, durante una reunión en la que explicaba a los funcionarios provinciales la necesidad de adoptar urgentes decisiones para salvar del derrumbe y la especulación del suelo a la Casa de Leguizamón. El interés de Eduardo por el patrimonio cultural en general, y el arquitectónico en particular, se vio enriquecida por su amistad con Jorge Hardoy, del mismo modo que su vena de anticuario, con sus diálogos con el arquiecto José María Peña.

Creo que sería un acto de justicia si la Universidad Nacional de Salta designara con el nombre de Eduardo Ashur a su Museo.

No estaremos completos


Teresa Leonardi Herrán puso palabras al dolor de los amigos de Eduardo: “Te has muerto y nos has matado un poco; porque no estás, ya no estaremos nunca completos, en un sitio de algún modo. Algo le falta al mundo y vos te has puesto a empobrecerlo más y a hacer más triste a los que te amamos”. Invierno de comienzo de los años ’70. Eduardo Ashur vuelve a poner el larga duración de vinilo en su Wincofon para escuchar repetir a Serrat aquello de Miguel Hernández:

“que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero”.
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