miércoles, 23. mayo 2012

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El Bicentenario argentino se celebra también con festivos escraches

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Julio A. Roca ampliar
La República Argentina celebra mañana sus primeros doscientos años de vida independiente. Tan magno acontecimiento ha dado pie para que los gobiernos y las sociedades se lanzaran en alocada carrera a programar una increíble variedad de actos, que van desde las misas, siguen por los conciertos folklóricos y los partidos de fútbol, hasta los escraches.

Efectivamente, "en el marco" de los festejos del Bicentenario nacional está previsto que una agrupación política (más ideológica que política) realice un "juicio histórico" al general argentino Julio Argentino Roca, un militar nacido en la década de los cuarenta, pero del siglo XIX, a quien califican como genocida, fundador del capitalismo, aniquilador de pueblos originarios y pisoteador profesional de los Derechos Humanos, entre otras pequeñeces.

Tan interesante propuesta viene mezclada, claro está, con el lanzamiento de fuegos artificiales y el reparto manual de escarapelas blanquiazules por émulos contemporáneos de los criollazos French y Beruti.

El problema de este particular juicio es que el acusado de aquellos bárbaros crímenes murió hace unos 96 años, por lo que es bastante probable que la tremenda condena que seguramente recibirá el general expedicionario al desierto no le afectará en lo más mínimo.

Aparte el hecho de que este juicio es un indicador muy fiable de que este Bicentenario es una auténtica fiesta de la desunión y del odio entre los argentinos, una simple sucesión de chisporroteos mediáticos que apunta a disimular casi una centuria de fracasos colectivos (o a celebrarlos como un logro, quién sabe), lo que llama la atención es la soberbia que impulsa a estos imparciales y extemporáneos jueces del general Roca.

"Que no se acabe la rabia"

Así titula el novelista español Javier Marías su columna del domingo en la revista El País Semanal. En ella Marías -con una claridad de juicio inobjetable- critica la soberbia de quienes se empeñan en revisar obsesivamente las atrocidades o simples equivocaciones que se cometieron en tiempos muy remotos.

"Hay en esta práctica un elemento de masoquismo y otro de engreimiento, aunque parezcan propensiones contradictorias", dice el escritor, quien parte de la base de que los daños infligidos por los dictadores, por las diferentes iglesias o religiones, por los grandes imperios o por los esclavistas, "no pueden compensarse jamás a quienes los sufrieron", pues éstos, como sus verdugos, "hace ya tiempo que desaparecieron de la faz del mundo".

Dice Marías que dar consuelo a sus herederos (aún a los vivos) "no deja de ser una falacia bienintencionada y hueca que en la mayoría de los casos sólo tiene como fin halagar el narcisismo de quienes no han sido víctimas pero disfrutan siéndolo".

"Nada parece complacer tanto a las poblaciones actuales como la autocompasión y el victimismo", agrega el escritor.

"Formar o sentirse parte de una minoría o de una mayoría oprimidas parece ser el mayor timbre de gloria a que se puede aspirar hoy en la tierra".

Sin embargo, la parte más interesante de la opinión del escritor es aquella que considera "de una soberbia infinita" tanto el hecho de pedir perdón por actos no cometidos como el de "abrir causas contra cadáveres". En suma, que no somos quienes ni para pedir perdón por ofensas del pasado que han cometido otros (no nosotros), ni tenemos legitimidad para juzgar ahora a quienes por desgracia escaparon en su momento a la justicia humana.

"Lo que se logra con todas estas actitudes justicieras inútiles, con estos brindis al sol, con esta simbólica persecución (...) es transmitir indefinidamente las culpas más execrables", dice.

Marías ve una actitud paradojal en este hecho, pues a su juicio es "como si en una época de descreimiento general de lo perdurable, se estuviera convencido de que justamente los crímenes son lo único eterno y que se reencarna ad infinitum".

De haber cometido aquellas fechorías en estos tiempos, no caben dudas de que Roca, y cualquier otro, deberían sentarse en el banquillo de los acusados para ser juzgado bajo las actuales leyes penales, pero da la impresión que en el caso del astuto general tucumano el juicio llega un pelín tarde.

La agitación de aquellos hechos, sucedidos hace más de cien años, no tiene por finalidad reparar lo ocurrido en el pasado ("lo que pasó pasó, y no hay quien lo rectifique ni lo repare ni enmiende", dice Javier Marías) sino más bien ahondar nuestras divisiones y exacerbar nuestros odios presentes, en unos tiempos en que escasean las convocatorias a la concordia, al perdón y a la reconciliación entre quienes pisamos esta tierra.

En palabras de Marías, es como "si las poblaciones actuales hubieran decidido desmentir el viejo dicho que de tanto sirvió, 'Muerto el perro, se acabó la rabia', y ya no supieran vivir sin esa postiza rabia".

Nuestro país cumplirá mañana doscientos años y los celebrará con demostraciones que pretenden que nos veamos a nosotros mismos como hermanos maduros, serenos y unidos. Sin embargo, ni las escarapelas, ni los "paraguas de Mayo", ni los sonoros sorbos de mazamorra, ni los retratos de los fundadores de la Patria, servirán para ocultar el hecho más significativo de estos doscientos años de argentinidad: que no hemos logrado aprender a vivir sin "esa postiza rabia".
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