domingo, 05. febrero 2012

Ultima actualizacion: 5 feb 13:48 UTC

You are here Opinión Editoriales Todos son carne de olvido

Cialis Online

Todos son carne de olvido

Correo electrónico Imprimir PDF
El gobernante y la Historia ampliar
A veces se hace difícil entender por qué razón los gobernantes, cualquiera de ellos, y no especialmente los más importantes, viven convencidos de que el simple ejercicio de un cargo público equivale a su gran cita con la Historia.

Este feo defecto es todavía más inexplicable en los gobernantes actuales, sobre todo porque a la vista está, de ellos y de todos, cuán ingrata y débil es la memoria de nuestros semejantes, especialmente con los que dejaron de gobernar ayer, los que -como los de hoy- vivieron en su momento obsesionados por dejar huella en la Historia, incluso solemnizando hasta la repugnancia sus actos más intrascendentes.

Los todopoderosos de ayer, los que no escatimaron dinero público para asegurar que su nombre luciera bien grande en los diarios y se hicieron tallar en bronce para colocarse en cuanto monolito infame inauguraban por los recovecos de la ciudad, hoy gozan de una fama menor, en algunos casos ambigua, y enfrentan -no con demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo- el espectáculo de la diáspora de sus huestes.

El famoso "principio republicano", cuya versatilidad le permite adaptarse prácticamente a cualquier circunstancia, manda a que los gobernantes regresen a sus casas con el mismo equipaje que algún día les vio salir de aquéllas para ocupar las residencias oficiales.

Pero entre que unos se creen dioses y que los demás tendemos a ver en ellos a seres excepcionales, a veces no por sus cualidades sino por su acendrada estupidez, cuando cesan las funciones públicas para las que fueron elegidos, lejos de volver al llano, estos personajes vulgares pretenden instalarse en un imaginario Olimpo, desde donde acostumbran a exigir a sus antiguos obedientes reverencias eternas, para sí y para su posteridad.

Ningún gobernante marca la historia por entregar más viviendas que su antecesor. Nadie sacude los cimientos de la memoria colectiva construyendo una carretera de circunvalación ni multiplicando el número de hospitales.

Para el ciudadano medio no resulta fácilmente explicable por qué quienes concretan dos o tres obras imprescindibles (o cientos de ellas) se sienten titulares de un crédito al reconocimiento eterno, más allá de cualquier consideración racional, cuando el gobernar y el hacer progresar a las sociedades gobernadas forma parte de su deber como responsables públicos.

Podemos agradecer a un bombero que acuda a apagar un incendio o a un médico que practique una intervención quirúrgica, o incluso podemos recompensar sumisamente al cura que dice misa por el alma de un ser querido, pero casi todos sabemos que ni el bombero, ni el médico ni el cura exigirán de sus asistidos, pacientes o fieles una placa de bronce en su memoria, ni les demandarán eternas lealtades.

Machado decía con impecable concisión y gran sentido de la realidad que "lo nuestro es pasar", resumiendo en un trazo de maestro lo más esencial de aquello que hoy llamamos "condición humana". En el caso de los gobernantes, jamás debiera olvidarse que la sucesión republicana (aunque algunos gobiernen doce años seguidos y quieran, con descaro, volver) es un acontecimiento inexorable, una fuerza implacable.

Cuando se cesa en el cargo, sobre todo después de haber estado aferrado a él como la lapa se ase a la roca, todos, hasta el más pintado, atraviesan la depresión que provocan los teléfonos que dejan de sonar, los halagos que dejan de llegar como lo hacían antes, los pedigüeños que ya no se acuerdan de ellos y, especialmente, la súbita impresión de sentirse inútiles, o, para mejor decir, más inútiles todavía.

Cuando el poder decisorio, del que disfrutaron sin escrúpulos hasta el abuso, se evapora, a estos seres menores les machaca interiormente el hecho de que su presencia sea cada vez menos solicitada, en fiestas, fastos, ruedas de prensa y presentaciones de libros.

Se quedan estupefactos cuando su rostro desaparece de nuestras pantallas, porque los más jóvenes, enganchados a YouTube, ya no los reconocen, ni siquiera para insultarlos en voz baja. Llegan al extremo de añorar hasta las injurias.

Estos señores con carnet de gobernantes de alta escuela son tan arrogantes e ingenuos que, así en la cima como en el llano, se empeñan en pensar que sus personas tienen más importancia que los cargos que ocupan. Están tan satisfechos y envanecidos que encajan, muy tarde y muy mal, la desdeñosa marcha de la actualidad, que contra sus deseos, los convierte rapidísimamente en carne de olvido.

Ésta es, señores, la Ley de Hierro de la República.

Algunos, como el señor Gobernador de la Provincia, se empeñan en modificar esta rígida Ley con el mismo desparpajo y autosuficiencia cual si fuera la ley de bromatología, para que nosotros, como ciudadanos, "bebamos y comamos de él", eternamente, aunque su santo alimento se encuentre ya en mal estado.
eXTReMe Tracker