A veces se hace difícil entender por qué razón los gobernantes, cualquiera de ellos, y no especialmente los más importantes, viven convencidos de que el simple ejercicio de un cargo público equivale a su gran cita con la Historia.
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Editoriales


En un sistema político de acentuada división de poderes, como el que rige en la Argentina, no es infrecuente que quienes ejercen cada una de estas potestades divididas se echen los trastos a la cabeza y se pasen continuamente factura por los males irresolubles que aquejan a nuestra sociedad.
Apreciado señor Defensor del Pueblo:
Cumpliendo con todos los pronósticos, el Partido Justicialista de Salta volverá a impedir que en nuestra Provincia se celebren elecciones libres y competitivas entre alternativas reales, tal como lo exigen las reglas de la democracia moderna.
Tendremos que admitirlo con dolor y sin rodeos: durante la mayor parte de los dos siglos que conmemoramos, la Argentina fue una casa dividida. Lo sigue siendo. Nuestras antiguas disensiones, discordias y fisuras no desaparecieron: mutaron, adquirieron nuevos rasgos y aún permanecen abiertas como llagas.

