jueves, 23. mayo 2013

Ultima actualizacion:25 feb 15:40 UTC

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Clases de buenos modales

Cuando una persona entra en la sexta década de vida, debe sentarse a inventariar el pasado, en una precisa contabilidad personal, o en su defecto optar por tomar clases de buenos modales. Ningún día que pasa somos iguales al anterior, a pesar de nuestras resistencias a aceptarlo.

La segunda opción me resultó más entretenida para repasar los debes y haber vividos, toda vez que la mente, por propia inercia, inclina los resultados a necesarios arrepentimientos: “Por qué ese día no decidí aquello que era mi vocación desde la tierna infancia….Por qué, aquél momento frente al altar, no me animé a decir: No padre, no acepto ni quiero casarme….Tampoco quiero dejarla a mi vieja y a mi viejo, que son fantásticos….No quiero probar nada, quiero seguir como soy y con lo que tengo…” Pero no, la vida tomó su cauce irreversible y el pasado no se borra, salvo en nuestra sintonía mental y para eso debo cambiar de onda.

Decidido a mejorar mis formas de comportarme públicamente, o sea a rectificar esos “pronto” propios de la tercera edad, me encaminé, sin dubitar, a la casa hasta ese momento de la “rusa”, y en adelante, La excelentísima Profesora del continente asiático, Svetlana, porque  de arranque hizo honor a la delicadeza de sus modales. Todos sus movimientos estaban estudiados: un hablar pausado, sin sobresaltos. Un medido andar corporal que combinaba armoniosamente: piernas/brazos/manos e inclusive el desplazamiento de sus ojos. Su mirada era calma como lo era toda su persona. Eso significa que había dado con la persona adecuada para corregir mis impulsividades andropáusicas.

La Primera Clase

A la vez de presentación fue la afirmación, indubitable de Svetlana, que la tarea pasaba por desaprender malos hábitos, que tenían directa relación con la búsqueda del equilibrio emocional (algo así, como que no se puede comer, estando el estómago con espasmos). La palabra mágica era: RE-LA-JA-CIÓN; mientras explicaba que relajarse es soltarse para darle descanso a nuestro cuerpo. Debemos tranquilizar nuestra mente, dado que la misma se tensa y es necesario reducirla en ciclos cerebrales al nivel Alfa, opuesto al ciclo Beta, que es nuestro estado de vigilia y nerviosismo. El ciclo Alfa equivale al estado de disfrute.

¿Para qué? Para limpiarlo de los desórdenes mentales y fortalecernos. Estos desórdenes equivalen a todas las ideas negativas aprendidas en la infancia y que perduran como mandatos y verdaderas sombras conductales (algo así, como que si no serenamos nuestro espíritu, se dificulta sostener con firmeza nuestros utensilios).

La segunda clase

Con la acostumbrada serenidad cotidiana, en la segunda clase, Svetlana, me impuso que mi cerebro tiene que rebalsar de mensajes positivos para sentirme merecedor de disfrutar  la vida. A estos mensajes positivos se denominan Afirmaciones, asintiendo que de cosas negativas tengo suficiente y que debo cambiarlas por afirmaciones positivas, dado que nadie se educa mediante la crítica. Con absoluta firmeza escribió en el pizarrón: Me amo y me apruebo

Me merezco esto y mucho más

Obligándome a repetirlas hasta el final de la clase.

Tercera clase

Svetlana arrancó con absoluta seguridad de que somos muy valiosos por el solo hecho de vivir. A esta altura, pensé que estaba frente a una potencial socióloga y psicóloga de la vida. Insistía que nos tenemos que convencer de nuestro propio valor y encauzar nuestros proyectos de vida hacia el deleite. Ser lo más felices posible

En la Cuarta clase

Insistió con nuestra usina de negatividades. Somos propensos, inercialmente, a ver las cosas con pesimismo, por eso debo sanearme y unificarme con el universo en el éxito, en la salud y la felicidad, como una gimnasia de autoconciencia y virtuosidad. A esta altura pensé, que la mesa tan elegantemente presentada, no me iba a tener de comensal; pero en la siguiente clase el programa iba a tomar otro rumbo temático.

Y así fue, como en la

Quinta clase

Me hizo sentar como un invitado común, pero para aprender todos los secretos de la buena urbanidad. Ya era el  tiempo de los tenedores, los cuchillos, los vasos y las servilletas.

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