miércoles, 23. mayo 2012

Ultima actualizacion:25 feb 15:40 UTC

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El humor en la vida

El humor en la pareja ampliar
Nadie niega que la vida sin humor es un poco menos feliz que aquella que goza de la compañía de este ingrediente, pero este condimento tiene la capacidad de graduación, según se trate que se refiera al plano de la amistad, del amor, de la intimidad conyugal, de los jóvenes, de los niños, de los adultos, de los ancianos; en definitiva, de cada aspecto de la vida de los seres humanos.

En este caso, me quiero referir casi, exclusivamente, a la intimidad de la pareja; en tanto que en las otras circunstancias, no es tan vital para su supervivencia, en este caso diría, imprescindible.

La excesiva intimidad de lo conyugal (o en su forma más actual de pareja), unida a la monotonía de la rutina puede deteriorar la relación, si en el fondo no se sostiene y fundamenta en la convicción de que el amor, el erotismo y el sexo no son objetos “irrompibles”.

Es necesario que la relación vaya acompañada de una semejanza ideológica (o sea que las diferencia no sean abismales), gustos similares en lo que hace a comidas, inclinaciones artísticas, o cosas por el estilo; es decir renuncias compartidas, o sea, pactos acordados.

¿Y qué más?

Precisamente: humor/humor y más humor.

Para que un amor prospere, funcione de modo óptimo tiene que sobresalir el humor, en términos de “complicidad”. A esos condimentos imprescindibles, a ese brebaje mágico hay que agregarle, como toque conectivo (cual si fuera un trago especial / una combinación amorosa), la cuota de energía, llamada en la ecología amorosa: EROTISMO (con mayúscula).

El amor, el sexo y el humor se articulan entre sí (conectivamente) para dar lugar a esta combinación perfecta. Es erotismo lo que circula, (como si fuera la sangre en el cuerpo) en una relación de pareja. Cuando deja de circular (tal como pasa con la sangre) se produce la muerte de la relación.

¿Y la graduación?

Decíamos que esto del Humor es una categoría gradual, una escala de jerarquizaciones, en donde cada ser humano tiene su progresión y sentido propio de su felicidad, o sea de su humor; algo así como que hay humor para cada gusto, desde lo elástico del humor sano/ingenuo, hasta las barbaridades del humor cáustico, o aquel que lo utiliza para herir o atacar al prójimo.

En humor no hay nada escrito o demasiado: están los intolerantes que no aceptan la menor insinuación, en los cuales la intemperancia es un mecanismo de defensa (propio de los inseguros), o, en ese péndulo aquellos que se “bancan” todas las bromas universales, las conocidas y las que se están por inventar.

Cualquiera fuera la situación personal, la cuota de humor siempre está emparentada con el placer, aunque éste tuviera la fisonomía de lo perverso, lo desagradable o impúdico. Realmente, en el humor vale todo, porque en el Amor lo vale, y esta jerarquización, cuando es aceptada y compartida por la pareja se convierte en la escalada de la felicidad o complicidad necesaria.

Es el encanto de la fascinación de lo lúdico (el hechizo del juego cómplice de dos). El desafío de llevar adelante una atracción original, una vez superado el enamoramiento. Remar y remar para que la relación no se quiebre, inexorablemente, con el paso de los años. En este punto está la importancia y función del humor, en su arista de juego perseverante de la permanencia, para que la pareja no derrape en el inevitable fracaso de los años.

Es la etapa de la teatralización (representación mutua) para seducirse cada día y en cada momento, como una fórmula arcaica de la conservación del mito matrimonial: seducción cotidiana + vértigo + mareo placentero + embriaguez euforizante + curiosidad + HUMOR (o sea, síntesis) de ese reto diario que es sostener, felizmente, un matrimonio. Amén y deseos venturosos de llevar el mito a resultados triunfantes, sin tener que encomendarse a los Dioses.

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