Muchos me han preguntado el por qué de mi reticencia a integrarme en las llamadas redes sociales. Mi respuesta ha sido casi siempre la misma: que me pasa como a mi amigo el ginecólogo, que asegura que se duerme cuando asiste a un espectáculo de strip-tease. "Imaginate, yo trabajo donde otros se divierten", suele decir con cierta ironía.
Lo mismo que el ginecólogo frente al strip-tease, no me ha sido concedido el don de encontrar en las redes sociales un atractivo particular. Ni siquiera veo en ellas algo novedoso porque, para mí por lo menos, el empleo de la tecnología, o de un software, para involucrarme en actividades sociales con mis semejantes, no es, ni lo ha sido nunca, una novedad.
Porque lo vengo haciendo desde 1966, unos pocos meses antes de cumplir los ocho años, exactamente, cuando mi padre me puso al frente de su estación de radioaficionado y, con infinita paciencia, me enseñó a participar en redes de seres humanos que se vinculaban a la distancia por medios tecnológicos y que cooperaban activamente entre sí, sin apenas conocerse los unos a los otros.
Podría dar fe de ello el insigne don Juaco, un viejo radioaficionado limeño con el que entablé una de mis primeras comunicaciones. Pero me temo que don Juaco nos ha dejado hace ya bastante tiempo.
Las redes sociales basadas en la tecnología no nacieron conmigo ni con la radioafición. Ya existían desde mucho tiempo antes, primero con el correo y después con el telégrafo.
Incluso antes de 1909, fecha en que se suele colocar el inicio de la actividad de los radioaficionados, ya los operadores telegrafistas se dedicaban a 'chatear' en clave Morse. Lo hacían en los momentos libres, cuando se lo permitía el tráfico de los mensajes propios del servicio.
Las redes postales eran una realidad incluso antes de la invención del telégrafo.
Al contrario de lo que se puede suponer, estas primitivas redes sociales tecnológicas no eran espacios dominados por la solemnidad, amordazados por el autoritarismo o impulsados exclusivamente por el altruismo. Muchas de estas redes crecieron solamente a fuerza de amistad, de ganas de pasárselo bien o simplemente por el deseo de matar el tiempo o de conocer un poco a personas interesantes, a las que no veríamos en persona en toda nuestra vida.
Del carácter lúdico de estas antiguas redes dan testimonio dos anécdotas que recuerdo vivamente: una, la de dos señoras metanenses que vivían la una muy cerca de la otra, y que acostumbraban a citarse por telefonograma para ir a timbear a un famoso club de la ciudad; y otra, la de mi padre, que participaba entusiasmado de una red de aficionados entregados, con pasión y desinterés, a los juegos del ajedrez o la generala.
Las mismas redes, por supuesto, servían para mitigar las consecuencias de los desastres naturales o para prevenirlos, para hacer llegar medicamentos y asistencia a lugares imposibles, para ayudar a personas necesitadas, para acercar a familias dispersas, y para tantos otros fines nobles y desinteresados.
Muchos ensalzan ahora el carácter virtualmente instantáneo de las comunicaciones por Facebook o por Twitter, pero hay que reconocer que las bandas de aficionados, tanto las de onda corta como las de VHF, proporcionaban también en aquellos tiempos una comunicación instantánea, incluso más rápida que la que hoy se mueve alrededor de la alocada circulación de paquetes de bits por los vínculos digitales.
En alguna época, incluso, las comunicaciones de los radioaficionados eran más eficientes, estables y rápidas que las que se podían entablar por teléfono. Sirvan como ejemplo, los 45 minutos de demora que las operadoras de la antigua CAT informaban a los usuarios de la ciudad de Salta que pretendían comunicarse con la vecina localidad de Cerrillos, a sólo 15 kilómetros del centro de la ciudad. Esto no sucedía en los años 30 del siglo pasado, sino a principios de los años 90, cuando todavía existían en Salta centrales telefónicas a pedal.
Evidentemente, hay muchas diferencias entre las modernas redes sociales y sus predecesoras tecnológicas. La primera de ellas, la gran masividad que han alcanzado las modernas, por mor de la gran difusión de las nuevas tecnologías.
La segunda y más notable diferencia es que los usuarios de aquellas redes primitivas eran mucho más educados, corteses y respetuosos de la privacidad ajena que los usuarios de Facebook o de Twitter.
Me resulta hasta cierto punto absurdo leer las 'recomendaciones' de los expertos en materia de etiqueta de redes sociales, porque, en mi opinión, no han inventado nada.
Reglas como "lea antes de escribir", "no sea pesado", "cuide su imagen", "no se enfade" o "vigile los malentendidos", que hoy forman parte del llamado "manual de urbanidad para los ciberamigos", existían ya hace 80 años, cuando la ARRL (American Radio Relay League) consagró su famoso y universal código de conducta, el mismo que aparecía en las primeras páginas de su voluminoso Handbook.
Este libro no faltó nunca en mi casa (mi padre los coleccionaba en todos los idiomas) y aún hoy es una especie de Biblia para los que se inician en la actividad. Tengo que admitir que su repetida lectura ayudó a mi formación intelectual y humana mucho más que otros libros, como "La Razón De Mi Vida", por ejemplo, dicho sea esto con el mayor de los respetos.
Los radioaficionados también fueron pioneros en la transmisión de imágenes. Primero con el intercambio postal de las tarjetas QSL, que alcanzó épocas de tráfico muy intenso, y después por medio de las experiencias con la televisión de barrido lento (Slow Scan Television) que muy tempranamente hicieron posible el prodigio de ver la cara y la identificación de nuestro interlocutor remoto en una minúscula pantalla de rayos catódicos.
Las modernas redes sociales de Internet se parecen más a las viejas redes de banda ciudadana, aquel espacio del espectro dominado por camioneros lenguaraces y por aventureros de dudosa fama al estilo de BJ McKay o los Dukes de Hazzard, en donde no se necesitaba una autorización administrativa para transmitir. Las redes de banda ciudadana llegaron a ser muy extensas, influyentes y poderosas, pero se agotaron precisamente por la falta de reglas, por la masividad, por los abusos y la falta de respeto.
La actividad de los radioaficionados, en cambio, estuvo siempre basada en el mérito y la capacidad. No en vano las licencias para operar estaciones y equipos se otorgan a los peticionantes a cambio de la acreditación de sus habilidades en un examen público. A diferencia de las modernas redes sociales, las de los radioaficionados no tenían valor por el solo hecho de conectarse a ellas, o por la cantidad de 'conectados', sino por los objetivos que eran capaces de alcanzar. Ninguna red de radioaficionados presumía de la cantidad de operadores que lograba reunir, así como tampoco los aficionados solían ufanarse de su popularidad o de la 'cantidad de amigos' con los que comunicaba. Para muchos de ellos -entre los que me incluyo- regía como nunca aquella frase de Pío Baroja que dice: "el mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez".
Las modernas redes sociales se diferencian también de las viejas ruedas de radioaficionados en que éstas perseguían con su unión auténticos objetivos sociales, mientras que en Facebook, Twitter o LinkedIn una gran mayoría sólo busca satisfacer su ego, alimentar su narcisismo o manipular a los demás con propósitos meramente egoístas.
La existencia de reglas de comportamiento y la exigencia de una cierta capacidad intelectual para operar los equipos de radio fueron dos de los factores que permitieron que la radioafición resistiera los embates de la modernidad y pudiera cumplir recientemente su primer siglo de existencia.
Por el contrario, la falta de estos requisitos y exigencias aceleró la extinción de las redes de banda ciudadana.
Por tanto, no es aventurado suponer ahora que -mientras sigan el mismo camino- las actuales redes sociales, a las que veo en franca decadencia, se extinguirán más pronto de lo que uno supone.
Si, en su época, las bandas de radioaficionados hubieran estado trufadas de piratas del espectro, seguramente hubieran sido capaces de prestar un servicio de utilidad a la sociedad. La piratería del ciberespacio es casi igual de perniciosa, sólo que antiguamente era muy fácil saber quién era pirata y quién no.
Las redes sociales de hoy en día están abarrotadas de comunicantes con parche en el ojo y pata de palo, disfrazados de ciudadanos normales y bienintencionados. Su especialidad es la de en inmiscuirse con disimulo en los canales -a priori más transparentes- de la nueva comunicación digital, con propósitos tan innobles como los de distorsionar los mensajes, dificultar el entendimiento o destruir la honra y el buen nombre de sus semejantes.
Lo más lamentable es que muchas de aquellas personas se ganan con asombrosa facilidad el aplauso de la muchedumbre.
Pero hay que saber comprender que la muchedumbre, como los piratas, no ha tenido que rendir un examen para poder comunicar y que tampoco cultiva con pasión aquellos comportamientos humanitarios y caballerosos que han permitido a los radioaficionados sobrevivir a los vaivenes tecnológicos y económicos por más de cien años.




