En un sistema político de acentuada división de poderes, como el que rige en la Argentina, no es infrecuente que quienes ejercen cada una de estas potestades divididas se echen los trastos a la cabeza y se pasen continuamente factura por los males irresolubles que aquejan a nuestra sociedad.
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Acabo de leer en estas mismas páginas una muy razonable queja del señor Cónsul de Chile en Salta, dirigida contra un medio de prensa de nuestra ciudad, por lo que él considera -y con razón- el menoscabo a un símbolo patrio del hermano país.
Apreciado señor Defensor del Pueblo:
En los dos últimos años, desde marzo de 2008, vinimos alertando en distintos artículos periodísticos sobre una creciente sismicidad en Salta, registrada adentro del Valle de Lerma. Decíamos que estaban “picando” cada vez más cerca
El pasado 24 de junio de 2009, el economista argentino Manuel Solanet, integrante del Consejo Académico de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), pronunció un discurso ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la cual es miembro de número.
Cumpliendo con todos los pronósticos, el Partido Justicialista de Salta volverá a impedir que en nuestra Provincia se celebren elecciones libres y competitivas entre alternativas reales, tal como lo exigen las reglas de la democracia moderna.
Cuando, hacia 1970, la dictadura de Onganía dispuso universalizar las Obras Sociales poniendo en manos de los sindicatos únicos la cobertura de salud de los trabajadores, lo hizo para consolidar su entendimiento con el grueso de la dirigencia sindical peronista.
El 24 de febrero de 1946, al cosechar casi un millón y medio de votos, el coronel retirado Juan Domingo Perón logró su primer y ajustado triunfo electoral que lo habilitó para acceder al primero de sus tres mandatos presidenciales. Sesenta y cuatro años atrás, después de una extenuante y crispada campaña electoral de noventa días, Perón revalidó en las urnas un liderazgo que comenzó a gestarse en 1945 y que se extendió a lo largo de tres décadas.
Los intelectuales de izquierdas, que son quienes orientan a las masas que se autodefinen como progresistas, no pierden ocasión para demostrar su falta de coherencia. Tal defecto no es siempre doloso; la mayoría de las veces obedece simplemente a su ignorancia. Fanatizados como se encuentran, alertan a sus seguidores inculcándoles que lo importante es el sentimiento y no el pensamiento. Sentir la progresía y practicarla (¿) es el acto supremo de todo progresista. Por eso la gente de izquierda lee poco y como consecuencia, piensa con escasez.





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