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María Silvia Pace y su silencio frente al caso de los policías torturadores de Salta

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Pace y Kirchner, sonrientes
La Ministra de Derechos Humanos de Salta es una de esas especialistas retrospectivas en la materia. Un gallito kikiriki que habla como una radio y que se ocupa -cuando se ocupa- de violaciones pretéritas de los derechos fundamentales de las personas, pero que de las actuales, de las que suceden a pocos kilómetros de su despacho, ni se entera.

Los gravísimos hechos que involucran a oficiales de la Policía de Salta, más que una cuestión penal, representan un escándalo político y moral que afecta de forma singular a la sociedad salteña y que debería preocupar a su gobierno en la misma medida.

Al Ministro de Seguridad le ha tocado la poco grata tarea de poner la cara en el asunto, pero si alguna razón existe para que haya sido este funcionario quien asuma la voz cantante del gobierno, esta razón no es otra que la condición de policías de los presuntos violadores de los derechos humanos.

Pero, de las personas humilladas, maltratadas y degradadas por aquellos policías, de las víctimas de aquellas violaciones de derechos ¿quién se ocupa?

En cualquier gobierno normal, el (o la) responsable de Derechos Humanos tendría mucho que decir sobre el asunto. Para empezar, una declaración de condena; y para seguir, una evaluación seria del estado de vigencia de los derechos fundamentales de la persona en una Provincia en la que la policía, según ha quedado demostrado, actúa de forma tan arbitraria y poco respetuosa de la legalidad.

Pero el de Salta no es un gobierno normal, como lo demuestra el silencio de sepulcro de la ministra María Silvia Pace, que, como siempre, se siente más cómoda llevando al paroxismo su dieta de adelgazamiento, o hurgando en el pasado y revolviendo la historia, como si ésta le perteneciera en propiedad, que mostrándose dispuesta a asegurar la vigencia de los derechos humanos de personas que sufren su violación en el mismo momento en que la ministra toma sus primeros mates amargos de la mañana.

El gobernador Urtubey muy bien haría en cesar a esta funcionaria poco competente (en el sentido competencial y en el otro); y mejor todavía en liquidar de una vez ese ministerio fantasma al que la blonda funcionaria ha convertido en una apisonadora ideológica de bajísima eficacia política y de nulo valor moral.