Miércoles,17 de Septiembre de 2014      

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¿Por qué los jueces de Salta escriben sentencias tan complicadas?

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Muchos jueces de nuestra Provincia entienden el ejercicio de la función jurisdiccional como un delicado juego de poder. Si bien las tareas de dirimir las controversias y hacer ejecutar lo juzgado son, por definición, manifestaciones genuinas de poder, nuestros magistrados buscan a menudo afirmar su autoridad mediante la imposición de una pretendida superioridad intelectual respecto de las partes del proceso.

Da la impresión que cuando un juez redacta una sentencia, en vez de perseguir la estricta aplicación de la ley o la realización del supremo valor de la justicia, lo que pretende es poner en evidencia su cultura o demostrar que los abogados no son más eruditos que él (aunque la mayoría de las veces en realidad lo son). Y para ello no vacila en recurrir a construcciones lingüísticas artificiosas, a razonamientos ininteligibles y a locuciones extravagantes que convierten a las sentencias en actos oscuros y muchas veces inútiles.

Pero lo que podría estar bien para una pequeña rencilla provocada por celos intelectuales (para un chocanteo de pasillo de tribunales) deja de estarlo cuando con esta actitud, entre pueril y principesca, se lesiona gravemente el derecho que tienen los justiciables a obtener de los jueces y tribunales pronunciamientos claros, sencillos y perfectamente inteligibles, que no requieran de la mediación de un experto para ser desencriptados.

Los jueces -conviene recordarlo- no escriben sus sentencias ni para los abogados ni para los anales de jurisprudencia, sino para los ciudadanos comunes y corrientes. Sin embargo, este elemental principio, que emana de la soberanía popular y de la forma republicana de gobierno, no parece inquietar demasiado a algunos jueces, especialmente cuando son capaces de escribir cosas como éstas:

“No hace falta que el agresor sexual avance sobre zonas pudendas o alcance la impudicia, lo que debe ser relevante es si ese comportamiento puede dejarle secuelas o invalidar la inmunología psíquica de la víctima, si esa conducta puede causarle una inversión en su sistema axiológico en formación, para según ello, tener por acreditado el delito. Sin duda, no habiéndose desvirtuado que el imputado abusó sexualmente de la víctima, parecería hasta pueril absolverlo en virtud del principio ‘in dubio pro reo’” Autor: Corte de Justicia de Salta.

Dejando de lado los clamorosos errores de puntuación y las evidentes deficiencias sintácticas de este párrafo, es obvio que cualquiera que se enfrente a un texto de esta naturaleza y que intente desentrañar su endiablada redacción lo menos que puede experimentar es una profunda sensación de perplejidad.

Axiología inmunológica

Todo el mundo sabe o se imagina que las agresiones sexuales provocan por lo general graves trastornos psicológicos a las víctimas. Si un juez considera que estas consecuencias son jurídicamente más relevantes que la agresión sexual en sí misma (asunto largamente discutible), basta con decirlo de este modo tan sencillo. Esto de «invalidar la inmunología psíquica de la víctima» es un invento malsonante, no solamente por lo rebuscado de la construcción, sino porque el de inmunología es un concepto biológico (el estudio de la inmunidad biológica y sus aplicaciones, según el Diccionario). Desde luego, se puede hablar de inmunidad en términos psicológicos, pero nunca de «inmunología psíquica», sin caer en el ridículo.

Lo que sin dudas es más complicado, y más grave, es que para tener por configurado un delito de abuso sexual, ya no resulte relevante la agresión en sí misma sino el hecho de que esta conducta sea capaz de causar a la víctima «una inversión en su sistema axiológico en formación». Dios nos libre si este criterio sienta jurisprudencia.

Lo «axiológico» no es cualquier cosa relacionada con los valores, sino aquello que pertenece o es relativo a la axiología, entendida como la filosofía de los valores. Cuesta, por tanto, creer que un juez considera que el bien jurídico protegido por el tipo penal no es la libertad sexual de la víctima sino la sacrosanta intangibilidad de su «sistema axiológico» o, lo que es lo mismo, la filosofía de sus valores.

Alcanzar la impudicia

Mientras el reo se devana los sesos en su celda intentando saber si los jueces lo han condenado por su perversión o por el grave delito de haber invertido completamente el sistema axiológico de su víctima en plena formación, sus abogados se preguntan con sorna en qué consiste este asunto de alcanzar la impudicia.

Porque la definición de impudicia (deshonestidad, falta de recato y pudor) no deja lugar a dudas: cualquier agresión sexual que bien se precie se lleva a cabo con deshonestidad, falta de recato y falta de pudor. Alcanzar o no alcanzar la impudicia no es una cuestión de grados: o se obra con impudicia o no existe agresión sexual.

Otra cosa es que el juez, íntimamente (y nunca mejor dicho) considere que alcanzar la impudicia equivale a alcanzar el orgasmo, lo cual podría llegar a poner en evidencia la pertenencia del sentenciante a alguna conocida secta religiosa de gran influencia en el gobierno.

Por último, lo de «avanzar sobre las zonas pudendas» es una construcción lingüística más propia de la redacción de policiales de un conocido diario local que de un tribunal de la enjundia de la Corte de Justicia de Salta. En nuestro idioma existe la locución «partes pudendas» para referirse a los órganos de la reproducción humana. Lo que no existe es la expresión «zonas pudendas», que si tiene algún significado éste sería el de zonas torpes, feas o que causan vergüenza, según el DRAE.

Es imposible que los jueces ignoren que el verbo «avanzar» tiene en Salta, desde hace mucho tiempo, unas claras connotaciones sexuales, pero no en los claustros académicos ni en ambientes cultos, sino en el vocabulario más barriobajero. Su empleo en una sentencia o bien es producto de un acto fallido (una inversión del sistema axiológico del juez, debido a la transitoria anulación de su inmunología psíquica) o bien es una concesión populista a la jerga de los bajos fondos.

Exijamos a nuestros jueces que escriban sentencias más humanas, porque en la concisión, precisión, claridad y sencillez del lenguaje se encuentran nada menos que las claves de la justicia.