Como ya es sabido por todos, el Ministerio de Turismo del gobierno de Salta jamás realiza promociones normales de nuestros atractivos turísticos. Cada actuación en tal sentido, es calificada por los responsables de aquella cartera como de fuerte, extraordinaria, singular, intensa o destacada.
Los publicistas que llevan la cuenta (¿o que le hacen el cuento?) al Ministerio están entrando en un cono de sequía creativa que sólo puede calificarse de preocupante.
Los sagaces comunicadores han salido ahora con el eslogan "Semana Salta", con intención de romper el mercado del turismo de pascuas.
Antes fueron "Salta tan linda que enamora", "Conocé gente, conocé Salta", "Invierno en Salta, calor en tu corazón" y otras tan intrascendentes como éstas, basadas igualmente en los juegos de palabra escasamente ingeniosos.
Se podrá decir que la intención de estos expertos en mercadotecnia de lo imposible es la de "instalar" en el inconsciente colectivo del consumidor la "marca" Salta, pero no se debe olvidar en ningún momento que "Salta", entendida como el espacio vital de sus habitantes, donde triunfan y claudican milongueras pretensiones, no es susceptible de ser publicitada como si fuese un jabón en polvo con práctico pico vertedor, capaz de eliminar de tu remera las manchas de sangre más rebeldes (como dijo Seinfeld, si tienes sangre en la remera, el jabón de lavar no es tu principal problema).
Salta es una realidad compleja, activa, desbordante de entusiasmo y extraordinariamente multifacética, que queda reducida penosamente a la nada por el uso de estos eslóganes vacíos en los que se invita a venir a los forasteros sólo por el deseo de que vengan.
El destino turístico "Salta" no se impone ni se vende con gauchitas (nunca de gauchitos) de aspecto más bien nórdico, ni con la entrega manual de "merchandising", como llama el gobierno a las chucherías que regala de vez en cuando.
Se impone con la presencia de nuestra cultura, de nuestra historia, de nuestras costumbres, en aquellos medios globales en donde se anuncian, con inteligencia y sin estridencias de FM de barrio, los destinos turísticos más importantes del mundo.
Salta atrae por los documentales de Preve, por los de Windhausen, que rastreó la historia de Tarás Bulba, por la poesía de Walter Adet, por nuestros museos, nuestras bibliotecas mejor dotadas, por el cine de Lucrecia Martel, por los esfuerzos cotidianos de webs serias y bien intencionadas, por sus estudios geológicos, por su capacidad de reflexión medioambiental, por su fama de espacio de tolerancia hacia la diversidad sexual, por la magnificencia de sus templos, por su vocación de fe, entre otras muchas cosas importantes.
Salta deja de ser tan atractiva cuando se la presenta como un objeto inanimado, como un espacio lúdico en donde sólo vive gente alegre y hospitalaria. De ser estos dos últimos rasgos un activo fundamental para el turismo, París (repleta de parisinos arrogantes y con amabilidad muy justa) no recibiría 60 millones de visitantes por año.
Hay algo más además de la fachada y de una presunta fama de gente bonachona que a las primeras de cambio te invita a comer un asado en su casa o te consigue al toque las call-girls más atractivas y económicas, que se debe explotar con inteligencia y recato al mismo tiempo.
A nadie -menos al visitante- le gusta ver que Salta despliega "fortísimas" promociones de su turismo, mientras el 60% de su población se debate entre la pobreza digna, la menos digna y la indigencia.
Salta debe salir al mundo como un espacio en donde se respeta la libertad, rige la democracia, sus habitantes disfrutan de derechos fundamentales, viven en orden y limpieza y tienen un gobierno activo y comprometido más con el futuro de sus habitantes que con el porvenir de la marca Salta como destino turístico.
Alguien debería comenzar a reflexionar seriamente sobre esto.
