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La Selección Argentina de fútbol se enfrenta esta noche a uno de esos compromisos que desea tener con mayor frecuencia y resolver con la mayor eficacia. Enfrentar al pentacampeón del mundo, en su propia casa, nunca ha sido una empresa fácil para el fútbol argentino y esta noche no lo será menos, por mucho que se diga que el seleccionado amarillo no vive sus mejores horas futbolísticas.
 | | Basile da la charla a sus jugadores | |
| Cualquier equipo que el Brasil oponga a la Argentina, en cualquier circunstancia, lugar, torneo o categoría, será para los nuestros un difícil escollo. No tanto por lo que representan Brasil y su historia, porque la Argentina nunca se ha mostrado impresionada por el currículum del vecino, sino por el hecho de que once camisetas albicelestes suelen motivar a los contrarios hasta límites insospechados.
Los nuestros se motivan bastante menos y hasta ahora no se sabe bien por qué.
Esta noche será una buena ocasión para demostrar que las estrellas argentinas que brillan en Europa no son sólo eso, es decir, meras estrellas, sino que son deportistas competitivos.
No se trata de agitar banderas nacionalistas y creerse que el mayor sentimiento patriótico es capaz de espolear la competitividad. Se trata, simplemente, de una rivalidad deportiva que los nuestros deben honrar del mismo modo, o quizá mejor, en que lo hace nuestro potente vecino, llevando la rivalidad hasta transformarla en un deseo perpetuo de superar a la Selección Argentina.
Los números de los enfrentamientos entre los dos equipos no pueden ser más parejos. Brasil sólo aventaja a la Argentina en dos victorias y, pese a su fama de equipo arrollador, apenas si ha convertido cinco goles más que los nuestros, de los casi 300 que se han prodigado el uno al otro. Brasil apenas lleva una victoria de ventaja en los torneos mundiales, mientras que la Argentina lleva una ventaja más amplia en los enfrentamientos subcontinentales.
Pero la historia no cuenta aquí y esta noche nadie hará cuentas de este tipo. Brasil querrá, como siempre, atenazar a la Argentina, hacerle caer en el ridículo y llenarla de goles; la Argentina buscará por todos los medios neutralizar, no tanto a las estrellas, sino a esos mediocampistas semidesconocidos que salen como balas y llegan a nuestro arco con una facilidad insultante, y, por supuesto, hinchar la red del arco contrario, cuantas más veces mejor.
Nuestros jugadores se juegan mucho más que sus rivales brasileños. Llegan en mejor forma, son en general más conocidos y hasta han llegado a conformar un mejor equipo. Nada justificaría repetir el fiasco de aquella final en Venezuela, donde Brasil -con la ayuda de Ayala- nos pasó por encima.
Basile, por viejo más que por diablo, es mejor entrenador que el espinoso Dunga, pero ambos transitan una cuerda floja y ninguno de los dos quiere perder esta noche. Lo que preocupa del técnico argentino no es su capacidad -ya demostrada- de convocar a buenos jugadores y de hacerlos convivir en cierta armonía, sino sus apelaciones frecuentes a "la mística" argentina, que muchos entienden como un recurso dialéctico para justificar el escaso apego al trabajo físico y táctico. Hay quienes todavía recuerdan que el finado Jesús Gil destituyó a Basile del Atlético de Madrid por considerarlo un "bon vivant" que quería trabajar poco.
Pero Basile no juega esta noche. Lo harán los Zanettis, los Burdissos, los Heinzes, los Messis, los Agüeros... A ellos corresponde empezar a enderezar la historia y poner al vecino en el lugar que le corresponde. Que nos debe un respeto (deportivo) y eso debe quedar claro sobre el terreno de juego. ¿Que esta noche tendremos todo en contra? Pero ¿Cuándo hemos tenido algo a favor cuando enfrentamos a Brasil? Habrá 60.000 personas en el estadio deseando que nos hundamos, un árbitro y dos asistentes que si tienen que regalar algo no será a nosotros, precisamente y hasta recogepelotas que harán su trabajo.
Si realmente los nuestros son tan buenos como parecen, esta noche ganamos. |