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El escenario majestuoso del estadio más grande del mundo no fue suficiente para intimidar a un equipo de Boca genial y extraordinariamente motivado. El equipo argentino demostró en la cancha, con fútbol pero también con presencia anímica, que está por encima de cualquier otro equipo del continente y por encima de cualquier mística, incluida la del Maracaná.
 | | Palermo festeja un gol de su equipo | |
| La derrota es simplemente una anécdota, porque Boca, a pesar de caer por 3 a 1, fue superior durante todo el partido, especialmente en la primera mitad en la que desplegó un fútbol lujoso, sobre el mismo césped en que -se supone- quien lo debía de desplegar era el enjundioso dueño de casa.
Boca disputó un partido dignísimo, sin claudicaciones ni cortocircuitos de ninguna naturaleza. Estuvo atento en defensa, hizo rápida la transición en el medio campo y en ataque se vio incluso favorecido por una defensa brasileña lenta y con pocos reflejos. Hasta Palermo parecía veloz en ese contexto ralentizado por la hierba alta, la niebla y el humo.
Mientras hubo partido, es decir, cuando el resultado le era adverso a los boquenses por 2 a 1, los de Ischia funcionaron como máquinas de jugar al fútbol, programadas obstinadamente para ir hacia adelante, con calidad, pero sobre todo, con posibilidades claras de meterse en el arco contrario con pelota y todo. Sólo un reproche: los defensores paraguayos de Boca atraviesan por un momento bastante crítico. Cáceres es un jugador impredecible, que alterna buenas soluciones con las otras; Morel Rodríguez es, sencillamente, un jugador para otro equipo.
Pero Boca, aun con sus lunares, va sobrado de recursos adonde vaya. No es normal, por lo menos para el fútbol del viejo continente, que un equipo de visita salte a disputar un partido con tanta energía, sin cálculos ni especulaciones mezquinas y que en todo momento se plantee ganar. El Fluminense fue, por momentos, un equipo desbordado que no encontraba ni la medida ni la altura de su propia historia y de lo que se supone y espera del fútbol carioca.
Rápidos, hábiles, sí, pero el fútbol de la noche estuvo en las botas de Dátolo, de Ibarra, de Vargas, de Palermo, de Riquelme y de Palacio. Hasta que Palermo embocó un cabezazo y la eliminatoria se decantó del lado argentino por unos minutos.
Lo demás es un accidente del fútbol, engrandecido quizá por la actitud de ambos equipos de renunciar a los golpes y los comportamientos antideportivos que muchas veces han ensombrecido la máxima competición continental. El Fluminense empató el partido con un tiro libre y después la fortuna le ayudó en los otros dos goles. Mientras, Boca mantuvo a uno de los dueños del Maracaná apretado contra su propia área, tirando pelotas al cielo cual si fuera un equipo de la tercera división de Groenlandia y con sus jugadores intentando animar a sus torcedores, seguramente más satisfechos por el insolente juego de Boca que por el de su propio equipo.
Boca no disputará la final de la Libertadores, pero es muy difícil a estas alturas olvidar lo que Boca llegó a producir en materia de fútbol. Para este cronista, el equipo de Ischia demostró mejores cualidades que el de su antecesor Russo, que se coronó campeón de la Libertadores para luego caer penosamente ante un Milan corto de genio y de fútbol.
El fútbol argentino, aun en la derrota, demostró en territorio brasileño que la supremacía continental es un asunto que va para largo. Y lo demostró jugando un fútbol de marcado acento argentino, lo cual no sólo incrementa el mérito de la acción sino que ataca especialmente los nervios del rival brasileño.
Brasil no produce hoy ni equipos ni jugadores mejores que los argentinos, aunque sigue cimentando su fama mundial en la mística que envuelve a su selección y en los resultados que esta obtiene, especialmente frente a los equipos nacionales argentinos.
Va siendo tiempo ya que este equilibrio, que es bueno para ambos países pero especialmente bueno para que el fútbol de calidad no sea medido por la vulgaridad europea, se vaya haciendo notar en los partidos de las selecciones absolutas.
Porque desde aquella travesura de Maradona y Caniggia en Italia, que nos dio un triunfo histórico mientras Brasil estrellaba pelotas en los palos de Goycoechea, la selección nacional no ha obtenido conquistas significativas frente a la poderosa selección del vecino.
Boca es un buen estandarte para intentar la vuelta a los primeros planos e, incluso, para pensar en traer a casa la tercera Copa del Mundo. |