Salta saltará y Tucumán florecerá

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Por Carlos Vázquez Iruzubieta - Publicado a las 10:38 | jueves 05-07-2007 (leído 633 veces)   
En mi niñez y adolescencia Salta nos era pequeña, dormida y encantada por un mago que administraba el silencio. Íbamos al ritmo de nuestra molicie y hablábamos del mismo modo, arrastrando la voz, con un lenguaje castellano-indígena, deformado por la dificultad de los criollos que creaban palabras y expresiones cuando les era insuperable la dificultad del castellano. Se creó un lenguaje bello y alegre que hablado sin reservas, se podría asegurar que no cualquier argentino fuera capaz de desentrañar, ni aun hoy. En nuestros correos cruzamos con Luis Caro Figueroa algunas de estas expresiones que nos llenan el alma de alegría, cuando por ejemplo, le pregunté en nuestro lenguaje salteño que a veces usamos por pura diversión, si existía algún peligro de intromisión de extraños en una web en la que trabajábamos juntos, y me repuso que no me preocupara porque el programa estaba protegido y nadie podría zangolotear el comué.
Salta saltará y Tucumán florecerá
Salta saltará y Tucumán florecerá
Como si todo esto fuera poco, con la picardía gallega y la mirada ladina del criollo se fraguó el arte del apodo que, una vez que recae sobre alguien, queda grabado para siempre como la señal escarlata, y verdaderamente persigue a la víctima hasta la muerte y aun más allá.

Quienes nacimos y crecimos en Salta, tenemos fijada en la memoria una frase que de niños nos causaba escalofríos: “Salta saltará y Tucumán florecerá”. Una profecía proveniente de lejanos tiempos, que aseguraba que el Cerro San Bernardo era una bola de piedra que en su interior alojaba agua suficiente como para ahogar a toda la población y que alguna vez un terremoto lo haría explotar. Hemos sufrido temblores y terremotos de distinta intensidad y después de cada sacudida, mirábamos al Cerro y nos tranquilizaba observar que permanecía en su sitio, todavía entero. Nunca supe por qué razón nuestros mayores nos aterraban con este pronóstico y a la vez sembraban envidia cuando pensábamos en “El Jardín de la República”, siempre florido y salvado de la destrucción. No era para disciplinarnos sino, quién sabe, para recordarnos que lo del Cerro y su explosión era algo que tenía que ver con Dios y sus designios inexplicables.

Salta estaba a nuestros ojos, encerrada en un valle verde de veranos tormentosos. En su timidez, las mentes salteñas más lúcidas escribían pensando en otros centros de luz, hasta que llegó Juan Carlos Dávalos que amasó los terrones de la tierra con sus manos, pero que la gente, condescendiente, apenas si le concedió con desdén el mote de “escritor costumbrista”. Y Salta seguía saltando una y otra vez, y Tucumán, floreciendo. La preocupación más honda surgió en todos los salteños cuando un terremoto devastó en el año 1944 la ciudad de San Juan porque inmediatamente, en la intimidad de su corazón, cada salteño pensó en el Cerro lleno de agua y en los misteriosos designios de la divinidad. Salta no dejaba de saltar y Tucumán de florecer su jardín. Todo seguía igual aunque en las calles removían el empedrado para sustituirlo por el hormigón sobre el que practicábamos toda clase de deportes y los coches de caballo ya no brincaban ruidosos sobre las piedras bolas.

Cuando medió el siglo XX, Salta empezó a cantar sus propias canciones. No hubo hasta entonces una sola canción que hablara de Salta, a excepción de Campanitas de Gardel-Razzano. Cuando Salta empezó a cantar su propia música, su voz voló sobre toda la extensión del país y su estilo perduró medio siglo lo que, para Argentina, algo tan duradero no deja de ser una proeza. A Tucumán le cantó Héctor Roberto Chavero (Yupanqui) que, para más datos, había nacido en Pergamino y muchas de sus composiciones que figuran como propias son de su mujer Nenette que firmaba con el pseudónimo Pablo del Cerro. Los santiagueños tenían un número crecido de compositores e intérpretes. Salta hasta entonces, nada más que silencio y sana envidia.

Cuando Salta empezó a cantar, los salteños dormían con la guitarra cosida al pecho. Una endemia de espiritualidad había invadido el valle verde y tormentoso, cercado en uno de sus flancos por el Cerro que se entristece con ocres invernales y retorna en cada primavera con el verde denso de la resurrección. Salta cantaba sin descanso. Las cosas ya no venían de afuera; era Salta la que viajaba hacia su país, en el que siempre estuvo adormecida con una felicidad humilde. Todo empezó a cambiar y una de las primeras evidencias fue que se dejó de pensar en la explosión del Cerro porque al fin de cuentas, Salta tenía un seguro con sus divinidades: el Señor y la Virgen del Milagro, y eso tranquilizaba las agitaciones del temor.

Las demás provincias cantaban al amor, a las desdichas de los pobres, a la tierra y a la nostalgia, a la luna, a los cañaverales, a los algarrobales, y el vino, sólo era mencionado de modo incidental. En Salta se dio nacimiento al elogio de la cultura del vino y era todo lo demás lo que estaba presente de modo incidental, detrás o alrededor del vino. Y a todos nos pareció un elogio justificado, y aun más: nos sentíamos orgullosos de pertenecer a este pueblo que enaltecía la costumbre de beber sin medida. Despreciar el consumo de vino desde el comienzo de la noche hasta el amanecer era una conducta impediente para participar en los cenáculos culturales. No quiere esto decir que antes no se bebiera en Salta y quién sabe, mucho. Sin embargo, no se exponían los efectos del exceso como una virtud porque no se hacía ostentación de ellos, ni se consideraba este hábito como banderola de identidad provincial.

Con todo, esto no fue una creación salteña sino un signo de la cultura occidental. Las hijas de Lot, después de la destrucción de Sodoma y Gomorra, permanecieron con su padre escondidas en una cueva para sobrevivir y fue tan devastadora la destrucción que pensaron que aquello había sido una catástrofe planetaria. A fin de que no se perdiera el linaje de su padre, lo emborracharon dos noches con vino a fin de yacer con él sin que cayera en la cuenta, y de esa manera alumbraron a sendos hijos a quienes llamaron Moab, padre de los moabitas y Ben-Amí, que fue padre de los hijos de Amón, los amonitas (Génesis/Bereshit-Vayera, XIX, 30-37).

Fue con vino que Jesús enseñó el sacramento de la Eucaristía en la Última Cena y era considerado como un glotón y bebedor según se lee en Mateo XI, 17-18. En la mitología griega, Ulises emborrachó con vino a Polifemo, destrozándole su único ojo, para escapar de su encierro y regresar a su país. En fin, que el vino está presente en episodios importantes de la historia occidental. Cuando Salta lanzó su voz entera, fue para hacer la apología del vino. Se diría que un compacto vapor etílico embriagó la inspiración de sus creadores y esparció por todo el país el espíritu de aquellas creaciones convertidas en nubes disipadoras del corazón embriagante de la vid. Cafayate, Angastaco... tantas regiones salteñas subieron al escenario por sus viñas que no por su belleza, aunque también, pero menos.

Aquello fue así. Difícil será saber por qué pero así fue y es un hecho probado. Aquellos cincuenta años de gloria, porque lo fueron, ya pasaron y Salta escribió en la música y en sus voces una epopeya de cultura criolla. Es igualmente apropiado admitir que ya pasó. Lo que resta son retazos de una huella borrada casi por el tiempo. Quienes caminaron por ese sendero ya no están, o pocos quedan. El tiempo se lo lleva todo. Insistir en esta realidad que fue esplendorosa no la hará revivir y peor aun, terminará convirtiéndose en una máscara. No se debe plagiar el pasado con insistencia. Eso se acabó, pues como dijo aquél: no se puede recalentar un suflé.

Lo que tiene pendiente Salta para retornar a la cima es convocar a una nueva generación de talentos para que tracen nuevos senderos de espiritualidad. No sólo de pan vive el hombre dicen las Escrituras, ni tampoco sólo de canto envinado. Si Salta hallara el comienzo de ese nuevo camino y coincidiera con un número suficiente de creadores de mente clara y firme obstinación, volvería a convertirse en un punto argentino de referencia, respetando el recuerdo de un pasado digno de memoria, pero sin querer con una porfía inexplicable, repetirlo. Si ocurriera este renacer, mis preferencias no se inclinan por una pléyade de científicos, sino de humanistas.

Esta vez, si se lo intenta, será no sé si más difícil pero sí que diferente porque Salta ha crecido y creciendo se pierde la inocencia. Ya no permanece dormida porque vive constantemente en la vigilia del estrés, y en cuanto al mago que administraba el silencio, aturdido por el ruido de la ciudad, huyó a los escasos bosques que restan, desde donde descendió a las profundidades de la tierra para seguir sacudiendo la superficie con esfuerzo inútil ya que nadie piensa que el Cerro San Bernardo explotará ahogando a todos los salteños, y tampoco envidian ya el florecimiento del Jardín de la República. La magia se ha desvanecido. Lo que se lleva con orgullo son las nuevas enfermedades urbanas; la depresión, por ejemplo. Tampoco es que sea un mal actual puesto que antes existía de otra manera; se preguntaba la gente: ¿qué le pasa a aquel que está tan triste? Y la respuesta era: “Ni él lo sabe”. Para combatir la tristeza no había fármacos... bueno, en realidad había uno: el vino.

O fue así, o fue el color con que mis ojos vieron.
 

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