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La polémica desatada por los famosos "kits" escolares que el gobierno de Salta entregó a los alumnos de las escuelas públicas de la Provincia, amenaza con desbordar los cauces de la racionalidad.
 | | Homer Simpson desde el balcón de la Casa Rosada | Entre los numerosos cuestionamientos a la entrega, basados en argumentos económicos o de oportunidad política, se han sumado ahora los que ponen en tela de juicio la calidad pedagógica del material entregado, sobre todo después de haberse advertido de que en algún manual o enciclopedia aparecen mencionadas las argentinísimas islas Malvinas con el nombre Falkland, un toponímico suficientemente demonizado ya entre nosotros como para otogarle, encima, carta de ciudadanía en los manuales escolares.
Un gran revuelo, que sólo la pragmática y veloz inteligencia del Dr. Colombo Murúa ha conseguido moderar con el argumento, ciertamente ingenioso, de que se trata de un "recurso pedagógico" para ayudar a que el estudiante salteño aprenda mejor "cómo se nos ve" desde el mundo anglosajón.
Por supuesto que el argumento como tal posee un doble o, incluso, un triple filo.
Aunque lo primero que llama la atención es que cuando los ingleses (y el mundo no hispanohablante en general) llama Falkland a aquellas irredentas tierras, no se están refiriendo a "nosotros" sino a "ellos mismos", desde que consideran a nuestras como inglesas y no como argentinas.
Es bueno, muy bueno, sin dudas, que un estudiante salteño sepa que hay en el mundo algunos señores que llaman a una parte del territorio argentino con otro nombre y que hay otros que ni siquiera reconocen que se trata de territorios argentinos. A veces conviene pensar que es tan consistente y eficaz nuestra prédica interna de la defensa de los derechos soberanos argentinos sobre las islas Malvinas, que las nuevas generaciones pueden llegar a pensar que están, efectivamente, bajo nuestra soberanía y no como realmente lo están ahora.
Pero si el "impulso pedagógico" de los creadores del manual fuera consistente, además del satánico nombre de Falkland, se debió de abordar otras tres cuestiones "fundamentales" que hacen al modo en que "nos ve el mundo aglosajón". Si estas cuestiones, en vez de ser tres fueran treinta, ya la cosa ameritaría un manual aparte e incluso una asignatura específica, habida cuenta de la súbita e inesperada importancia educacional del tema.
Veamos.
En primer lugar, faltó una imagen a toda página de Homer Simpson aclarando que el general Juan Domingo Perón no fue, en realidad, un dictador, porque gobernó tres veces el país gracias a que ganó unas elecciones, y que entre sus "debilidades" más o menos conocidas no se contaba la desaparición de personas.
En segundo lugar, faltó un extensa entrevista al arquero Peter Shilton, en la que podría (ya de una vez) reconocer que el primer gol de Maradona en aquel inolvidable partido de 1986, no fue convertido por la mano del astro, sino que se debió a una pésima salida suya del área chica.
La tercera, y no por última menos importante, una certificación manuscrita por sir Andrew Lloyd Weber reconociendo haber caricaturizado como frívola y ambiciosa a Eva Perón, en su famosa ópera Evita, y admitiendo que, en realidad, la citada figura histórica ostenta mayores méritos históricos que la fallecida Reina Madre (que soportó estoicamente los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres) y que en el condado en que reside el famoso músico, Evita es también considerada como la Jefa Espiritual de la Nación. Lloyd Weber deberá aclarar también si percibe o no derechos de autor cada vez que la Selección Argentina de fútbol es eliminada de los grandes torneos y la hinchada contraria nos canta su famoso (y humillante) tema "Don't Cry For Me Argentina".
Desde hace un siglo, o quizá más, los argentinos vivimos muy preocupados sobre "cómo nos ven en el exterior", especialmente desde la pérfida Albión, si bien esta preocupación trasunta el íntimo deseo de ser considerados por "el exterior" como un país de gente blanca, culta, bonita, inteligente, limpia y bienoliente. Vivimos con una especie de complejo eterno de Tita Merello, materializado en la famosa milonga "Se dice de mí".
Y lo hacemos convencidos de una imposible simetría: la de que el mundo "habla de nosotros" en la misma medida en que "nosotros hablamos del mundo".
Faltan todavía algunos estereotipos como el lamentable tango de Rodolfo Valentino, el presunto nacimiento uruguayo de Carlos Gardel, aquellos segundos que no le contaron a un Jack Dempsey adormilado por un cross de Firpo, las equívocas relaciones entre Perón y Ava Gardner en el descolorido Madrid tardofranquista, el mito de los lingotes de oro atascando los pasillos del Banco Central o la creencia tan difundida de que nuestro país se convirtió en un geriátrico gratuito para ciertos cuadros nazis. Que no se olvide que, en Seinfeld, cuando el irascible Soup Nazi vio cómo salían a la luz pública las recetas secretas de sus sopas más famosas (incluida la mítica mulligatawny), decidió dejar Nueva York para recalar en... ¡la Argentina!
Pero lo cierto es que "se nos ve" bastante poco y que lo que "se dice de nosotros" no es ni tanto ni tan bueno como lo deseamos.
Aun así, si alguien llegara a vernos de algún modo en particular, ¡Qué mejor que ponerlo en un manual de la escuela! |