Luis Alberto Sosa, desaparecido y también presente
Por Lucía Solís Tolosa - Publicado a las 22:21 | miércoles 20-06-2007 (leído 882 veces)
Al cumplirse hoy treinta años de su desaparición forzosa en Tucumán, el 21 de junio de 1977, quienes lo conocimos y quisimos, recordamos a Luis Alberto Sosa –Lucho- con el mismo afecto, admiración y respeto que nos inspiraba su presencia jovial, inteligente y atractiva.
Lucho Sosa, a 30 años de su desaparición
Hemos tenido el privilegio de contar con su guía prudente, solidaria y generosa dentro de la familia, y con su amistad leal y estimulante. Su recuerdo está muy presente entre sus familiares, amigos, compañeros de trabajo y de tantos que compartieron su compromiso social, estudiantil y político.
Coincidimos en recordar no sólo su talento y su honestidad, sino también su capacidad de plantear objetivos, de suscitar entusiasmo, de organizar el trabajo; apreciamos esa forma firme de defender sus valores y sus ideas pero al mismo tiempo, de plantear sus ideas de forma abierta al diálogo y dispuesta al acuerdo, a la conciliación, a la cooperación. Enemigo de toda violencia, la que desplegó la dictadura impuesta en 1976 se cobró su vida.
Lucho Sosa nació el 5 de agosto de 1943 en Tucumán. Realizó estudios primarios en la Escuela Ricardo Gutiérrez, en la que mereció ser abanderado. Cursó el ciclo secundario en la Escuela de Comercio Nº 1, en el turno noche: mayor de tres hermanos, hubo de trabajar desde muy pronto para ayudar a su familia por ausencia del padre. No obstante esta circunstancia, se graduó con Medalla de Oro y fue una vez más abanderado de la promoción 1962.
No regaré la herida
por que en ella no crezcan
árboles de venganza
Teresa Leonardi: “Conjuro”,
Salta, 2006.
Canalizó sus inquietudes como dirigente juvenil de la Parroquia de Fátima. En 1966 fue distinguido como joven sobresaliente y nombrado delegado de la Acción Católica de la Arquidiócesis de Tucumán, por el entonces Arzobispo Monseñor Juan Carlos Aramburu.
Ingresó como personal no docente de la Universidad Nacional de Tucumán; se desempeñó en la Escuela de Artes y luego en el Instituto de Investigaciones Sociológicas; obtuvo ascensos por concurso. Mientras, comenzó sus estudios de Derecho y luego de Ciencias Económicas en la misma universidad. Participó en la Liga de Estudiantes Humanistas, que presidió en el periodo 1967-1968, durante la intervención de las universidades por el gobierno de facto de la llamada Revolución Argentina.
Durante su presidencia, por primera vez la Liga coordinó acciones conjuntas con la Federación Universitaria del Norte, FUN, entonces presidida por Ángel Garmendia, estudiante de bioquímica. En ese periodo Lucho Sosa presidió también la Juventud de la Democracia Cristiana de Tucumán, e integró la mesa nacional de ese agrupamiento.
Fundó con varios amigos el Grupo Alfa, inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente enriquecida por Juan XXIII y Pablo VI. Este grupo reunía varios sub grupos operativos integrados por estudiantes, profesionales y trabajadores de diversas procedencias; el principal de ellos tenía como objetivo el trabajo social en villas de emergencia, y organizó varios campamentos de trabajo voluntario en esos medios. Lucho era el líder y coordinador indiscutido; su liderazgo carente de autoritarismo generaba numerosas adhesiones y logró importantes realizaciones gracias a un grado elevado de planificación, trabajo disciplinado, vinculaciones institucionales e interacciones variadas.
En 1969 se casó con Elisa “Taty” Solís, con quien tendría sus tres hijos: Luis Rodrigo, Javier Fernando y Mariana Magdalena. Ese año obtuvo una beca como dirigente juvenil destacado, para realizar dos años de estudios en el Instituto Latino Americano de Estudios Sociales, ILADES, en Santiago de Chile. Luego prosiguió estudiando en la Pontificia Universidad Católica de Chile, hasta obtener su licenciatura en Sociología, en 1973, con la máxima distinción. Al mismo tiempo, su esposa se graduó en Trabajo Social en la misma universidad.
De regreso a Tucumán, se reincorporó al Instituto de Sociología de la Universidad Nacional de Tucumán, ahora en la planta técnica como sociólogo del Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS. Como parte de su trabajo, investigó sobre la condición de los obreros en minas chilenas y sobre educación de adultos.
En 1975 trabajó como capacitador de docentes en la delegación local de la Dirección Nacional de Enseñanza de Adultos, DINEA, para el Programa de Alfabetización de Adultos implementado con el método de Pablo Freire. En ese organismo hubo de enfrentar profundos desencuentros ideológicos con sus superiores en torno a las ideas respecto a la violencia política, con la que no estaba en absoluto de acuerdo.
En 1976 inicia con su esposa un emprendimiento productivo en indumentaria deportiva e infantil, FORTE, que aun continúa su actividad. Producido el golpe, la empresa se constituye en su principal dedicación laboral y fuente de ingresos.
Desde que volvieron de Chile, Lucho asumió una especie de liderazgo familiar de hecho en su familia política, en razón de que su suegro había enfermado y aun había hijos menores. Todos recordamos sus esfuerzos por orientar la familia, hechos con mucha lucidez y sensatez, sin imposiciones pero con la autoridad que le concedíamos por el respeto que se había ganado. Esto se suma al papel que había hecho en su propia familia, junto a su madre, para sacar adelante a sus hermanos.
El 21 de junio de 1977, al mediodía, Lucho salió por un rato de su casa para hacer una diligencia, pero nunca volvió. Fue secuestrado con su vehículo por agentes del gobierno militar; en la misma operación fue secuestrado también Ángel Garmendia y ambos continúan desaparecidos. Tenía entonces 33 años; su esposa, 31, y sus hijos 7, 5 y 3 años.
Desde entonces vivimos con este dolor, con esta ausencia, con esta injusticia, con este crimen en nuestras vidas. Hablamos a nuestros hijos de su tío Lucho y tratamos de explicar lo inexplicable. Cultivamos su recuerdo en nuestra biblioteca, que conserva parte de la suya, y en nuestros trabajos.
Tratamos de testimoniar nuestra admiración y nuestro afecto por este joven que amamos y a quien debemos un claro ejemplo de vida, de realización de valores cristianos, de nobleza, coraje y entrega de sí. Amigo y hermano, parte de nuestra vida, ahora en la memoria dolida pero serena, llena de compromiso con el trabajo y el afán para hacer de esta tierra un lugar sin odio, un lugar humano, con menos sufrimiento y más amor. Como él, pensamos, querría haber vivido.
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