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La presentación de la Orquesta Sinfónica de Salta del pasado jueves se constituyó en un importante acontecimiento cultural y social que, además, propicia lecturas políticas.
 | | Teatro Provincial de Salta | |
| Dejando para los especialistas el análisis del evento desde su faceta estrictamente lírica, esta nota se centrará en ciertos aspectos sociales y en consideraciones propias del orden político-simbólico.
Antes de proseguir conviene poner de relieve que, por esas cosas del destino o quizá por mi notoria adscripción al liberalismo republicano, permanecí 10 años confinado (cómodamente confinado, todo hay que decirlo) en la Lista Negra que elaboraba y controlaba el más poderoso Visir del anterior mandatario provincial.
Como aún está fresco en la memoria de los salteños con memoria, el régimen anterior buscó imponer, por medios unas veces sutiles y otros groseros, lealtades incondicionales reprimiendo el más leve disenso mediante aquella famosa y casi pública Lista que reflejaba antipatías, odios y otros sentimientos inferiores.
El caso es que la semana pasada recibí, complacido, una invitación oficial para asistir a la función inaugural de la temporada de música clásica en el remozado Teatro Victoria, hoy en manos del Estado provincial y antes propiedad de queridos parientes míos.
Nada mas entrar al bello escenario, restaurado con buen gusto y conservando las líneas originarias que en otro tiempo fueron orgullo de Salta, me sentí asaltado por recuerdos personales y comprobé que sobrevolaban el ambiente varios espíritus.
Recordé que me había tocado debutar en el Teatro Victoria varias veces. La primera, con no más de cinco años, integrando -con el apolíneo Agustín- un largo elenco de infantes que, vestidos de pollitos, decoró una obra de teatro a comienzos de 1950. La segunda, en 1960, asistiendo a la exhibición de “Los cañones de Navarone” en la grácil y púdica compañía de Sara Josefina, la niña mas hermosa de aquel tiempo. Y, por fin, unos años mas tarde, la exhibición -condicionada- de “La dolce vita” me hizo ingresar en un nuevo tiempo.
Por lo que se refiere a los espíritus que creí percibir, eran los de tío Guillermo y tía Bahilla, primer y última propietarios del Teatro Victoria. Tío Guillermo vivió la época de esplendor del cine y del teatro de provincias (recién llegado de Italia había fundado una larga cadena de locales en el norte argentino). A tía Bahílla le tocó sufrir la decadencia y el ocaso de la obra de su enamorado; una decadencia que bien pudo comenzar cuando, en 1974 un juez moralista ordenó secuestrar la película “Las colegialas se confiesan” con el argumento de que a su exhibición asistían menores de edad. Aquel juez, que había sido antes candidato a diputado nada menos que por el Partido Obrero Trotskista en Córdoba, supo resistir la persuasiva influencia de tío Abraham que, como era de esperar, salió en defensa de la libertad de expresión o, mejor dicho, de los intereses de nuestra común parienta.
Pero también estaba allí el espíritu, casi fantasmal, del anterior Gobernador de Salta. Y lo estaba en su doble condición de creador de la Orquesta Sinfónica (esa obra tan querida por su señora esposa cuyas plegarias al Altísimo salvaron muchas almas) y de restaurador del Teatro Victoria. Dos emprendimientos que no cabe sino ponderar en su intención, en sus resultados y en sus efectos, sin detenerse en detalles que podrían afearlos.
Cuando vi entrar al actual Gobernador, con su aire juvenil y descansado, vestido como visten los salteños de su edad y condición (saco azul, mocasines, camisa blanca y sobria corbata que evocaba a uniforme de colegio privado), sin maquillajes (rayos ultravioletas, cremas revitalizadoras, ni perfumes ambiguos), y luciendo una melena de tres meses, sesentista y bien cuidada, quedé sorprendido.
La ropa del Gobernador no exhibía monogramas de marcas exclusivas, ni tenía ese brillo que en los años 90 impuso la próspera tienda de moda masculina ubicada en las adyacencias de la Plaza 9 de Julio y tan vinculada al anterior Poder.
Parecía uno más, sin sombras de aires mayestáticos. Saludaba con naturalidad, en ese gesto recíproco que no se limita a recibir -casi con resignación- el saludo de los demás (como era costumbre en la Corte anterior).
Ingresó sin guardaespaldas a la vista (solamente los ojos muy avezados podían descubrir la presencia de los imprescindibles agentes de seguridad). La referencia puede parecer baladí, pero contrasta con una de las últimas apariciones del anterior Primer Mandatario (en la Casa de las Américas inaugurando una exposición de arte precolombino) rodeado de amanuenses y con la abrumadora presencia de notorios agente de seguridad que habían literalmente copado el salón y sus adyacencias.
Era igualmente evidente la relación normal, natural, que el actual Gobernador mantenía con el público y con sus altos funcionarios. Este último aspecto contrastaba con los exagerados gestos de subordinación con los que la anterior burocracia buscaba congraciarse con la fuente de Todo Poder y Sabiduría.
Un solo detalle pareció empañar aquel aire de naturalidad que emanaba del Gobernador Urtubey: el incesante uso del teléfono móvil que, en los intervalos, le acercaba un prudente secretario.
La imprevista aparición de un Saludador Profesional, que se coló ubicándose en el asiento posterior al que ocupaba el señor Urtubey, generó un momento de confusión. Aquel hombre, entrado en años, vestido informalmente, con un extraño parecido al extinto fabricador de lluvias con despacho en la calle Santiago del Estero al 700, tendía una y otra vez su mano al Gobernador como queriendo presumir de proximidad, de confianza excesiva, o pidiendo quizá una "recomendación". Pronto sus gestos revelaron que se trataba de una persona inofensiva aunque algo latosa, lo que movió al Secretario Privado y a un agente de la secreta a retirar pausadamente al Saludador.
Una brevísima referencia al público, atento, elegante y compuesto por los miembros de la Salta culta y curiosa cuyas dimensiones crecen día a día ganando terrenos al oscurantismo y a la vulgaridad.
De entre los asistentes, sobresalía, una vez mas, el excéntrico Príncipe de la Padania, quién con gestos refinados parecía aprobar el desempeño de la orquesta y criticar algún defecto en la acústica del Teatro que impidió apreciar el arte de la cantante; sus dichos eruditos deleitaban a una bella y madura señora que no era (o al menos no me lo pareció) la misma que le acompañara en su anterior aparición en un espectáculo culto como el de esta noche.
Al finalizar el espectáculo, el señor Urtubey se retiró, entremezclado con el público. Grande fue la sorpresa de muchos cuando el Gobernador subió a su coche particular, sin paraguas que le protegieran de la intensa lluvia (lo que hubiera recordado la escena del Hombre retornado, en Ezeiza y amparado por un paraguas sostenido por la lealtad del Secretario General), y partió conduciéndolo él mismo, seguido a distancia reglamentaria por la imprescindible escolta policial.
La sensibilidad republicana de este cronista se sintió halagada (y reconfortada) con aquel gesto tan simple y expresivo.
Ojala las políticas sustantivas confirmen el cambio que expresan estos gestos. |