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Si en algo de diferencian los sistemas sociales orientales y occidentales es que en estos últimos todo tiende a la disolución en lo individual mientras que en Oriente priva la coagulación en lo universal. En Occidente cada ser individual es un universo en sí mismo y por ello reclama para sí todos los derechos y trata por todos los medios de escamotear sus responsabilidades sociales.
 | | El sistema de castas | |
| Esta actitud occidental conduce al hombre a vivir en una constante inestabilidad: tal inestabilidad está presente en su vida familiar, cada día menos estructurada en rangos, o en su vida social tratando de manera constante de ascender para estar por sobre la cabeza de su vecino; también en su vida laboral, cambiando constantemente de trabajo de una empresa a otra para mejorar sus condiciones y ascender en el organigrama empresarial. La imagen del hombre moderno occidental es la de un ser siempre insatisfecho y con el espíritu nómada que lo ahoga en la provisoriedad. Si esto no es cierto como hecho estadísticamente acreditado porque los pobres están lejos de conseguirlo aunque lo desean poque la televisión se los pone delante de los ojos, siquiera lo es como paradigna de nuestra actualidad y me refiero, naturalmente, al hombre occidental.
En la India, el sistema de castas traza el camino de una organización social rígida, fundada en un criterio universalista al que todo ser humano contribuye ocupando su lugar entre sus semejantes. Todo ser individual es una pieza del engranaje social porque la idea que preside esta concepción de vida es la de la totalidad en desmedro de la individualidad, la de la unión en perjuicio de la disolución, de la permanencia con renuncia de la provisoriedad. Lo que resulta irrisorio para los accidentales es este sistema de castas por el que todo ser individual carece de la posibilidad de superar las fronteras de su casta para “mejorar su nivel de vida”. Tal vez sea aquí oportuno destacar que para los hindúes la vida no es una lucha sino un camino a recorrer. Los occidentales se pasan la vida compitiendo para cambiar constatemente de lugar en la sociedad, lo que les produce ansiedad, estrés y una inquietud indomable. Los hindúes no necesitan hacer algo así porque están siempre en su sitio, cumpliendo sin angustia sus deberes familiares, laborales y sociales.
Una sociedad de castas se explica mediante firmes principios metafísicos que brevemente explicaremos a continuación y que por ser de tal especie tienden a lo universal y absoluto, mientras que las sociedades occidentales se fundan en principios relativos cuyos contenidos han sido expresados y desarrollados por los hombres a la medida de sus necesidades y ambiciones. El sistema de castas atiende a las condiciones personales de cada individuo del cuerpo social y a una evidente comprensión analógica del orden universal donde existe una correspondencia entre el orden cósmico y el orden humano, algo que se encuentra reproducido en el hombre en razón de sus componentes, correspondiendo lo cósmico a su alma y lo humano a su componente denso. Las analogías entre el orden universal y las distintas partes del cuerpo social que se asemeja a un ser vivo demuestra que el ser humano en su composición y estructura reproduce en sí, los condicionamientos del cuerpo social y éste a su vez, los de la estructura del orden cósmico.
Se podrá estar o no de acuerdo con esta explicación muy abreviada por cierto del origen y continuidad histórica de las castas mas, tiene una explicación que no está fundada en verdades relativas de movimientos políticos que como la revolución francesa o la soviética, han pretendido dar a sus principios políticos el carácter de verdades universales sin serlo. El racionalismo como instrumento filosófico y el materialismo histórico como paradigma social han sido los inspiradores del repudio a las tradiciones, cambiando la faz del mundo occidental con una máscara carente de todo sentido profundo de la Sabiduría Primordial, dando por bueno el aforismo de que cualquier actitud mental que lleve implícita el repudio a lo sagrado equivale a un nuevo avance de la libertad individual o como decía José Ingenieros (Giuseppe Ingegneri), Hacia una moral sin dogmas.
Los principios de la metafísica hindú, como los de cualquiera otra metafísica son universales y válidos en todo tiempo y lugar como que en Occidente se sigue estudiando a los griegos y demás pensadores posteriores. Tales sistemas de conocimiento son contribuciones permanentes del pensamiento humano. Las teorías instauradas por los movimientos políticos duran lo que ellos, y con ellos desaparecen. Su estudio se queda instalado entre los muros de la curiosidad histórica, sin más relevancia.
Dejando de lado por inútiles para este estudio las divisiones que cada casta ostenta, nos centraremos en las cuatro principales, que son las de los brāhmanas que representan la autoridad espiritual y que en Occidente se les otorga la cualidad de sacerdotes, lo que se podría aceptar siempre que no se la asimile al concepto occidental del sacerdocio, pues su dedicación es la de conducir las oblaciones por el conocimiento que han adquirido de los ritos religiosos. Los chatrias, que se ocupan de las tareas administrativas, judiciales, militares y del gobierno, cuya cabeza directriz no tiene otro significado que la de ser el grado más alto de la administración de la sociedad, sin privilegio alguno, más bien, una carga. Los vaishyas, dedicados a las tareas comerciales y productivas en el sentido más amplio de tales vocablos, lo que incluye las actividades agroganaderas y artesanías de toda índole. Los shūdras, que se dedican a toda clase de trabajos útiles para la manutención y supervivencia de la sociedad y que no están comprendidos en las castas anteriores. Aquí se cierra el círculo de las cuatro castas pues, la de los parias o intocables (dalits) se considera una clase fuera de la sociedad aunque conviva con las demás; la explicación de por qué están fuera del sistema de castas nos llevaría demasiado lejos sin provecho en esta ocasión. Lo que podemos decir es que estos parias equivalen a los indigentes y “sin techo” de los países desarrollados, de manera que no habría que alarmarse demasiado de lo que ocurre en la India. Los unos y los otros viven de la limosna en la mayor de las miserias.
Esta breve explicación de las castas es necesaria para lo que viene más adelante mas, lo que debe quedar claro es que la adscripción a una u otra casta no conlleva privilegios sobre las demás porque los miembros de cada una de ellas deben cumplir con su deber sin asumir la condición de zánganos respecto de las abejas obreras que están en una de las escalas inferiores de la organización social.
En Occidente, la pertenencia a una clase superior determina una serie de privilegios que van desde el desdén hacia los inferiores a la obligación de los pobres de trabajar para los ricos fuera de toda estructuración corporativa de la sociedad. En Occidente la sociedad no es otra cosa que el lugar donde cada cual se procura una vida mejor a costa del esfuerzo de los demás, si puede, pues de lo contrario tendrá que ocupar el sitio de los que trabajan para otros.
El sistema de castas ha sido abolido en la India de forma oficial; no obstante, perdura intacto entre una gran parte de los hindúes, que se niegan a renunciar a los sagrados principios metafísicos que avalan esta organización social, que nada tiene que ver con lo religioso, dicho sea de paso. El Mahātma Ghandi, que fue uno de ellos, se empeñó en abolir estas “desigualdades” sociales, inspirado seguramente por su educación británica. Lo cierto es que estudios realizados en Gran Bretaña han llegado a la conclusión que los hindúes mantienen vivo el espíritu y estructuración de su sociedad en castas, incrustados como están en una sociedad que pregona sin provecho entre los hindúes, una igualdad que no entienden ni les resulta merecedora de poder desplazar su acendrada creencia en la educación de los Vedas.
No sólo en la India hay castas; también las hay en el Cielo y en número de nueve: la “Tríada Superior” está integrada por Serafines (coro 1º); Querubines (coro 2º); Tronos (coro 3º). “La Tríada Intermedia” está compuesta por: Dominaciones (Zadkiel, Hasmal, Jahriel y Muriel); Virtudes (Malekin, Dunamis, Tarshishmin); Postestades (Energías, Potencias, Autoridades). “Tríada Inferior” integrada por Principados (Anael, Nisrock, Hamiel); Arcángeles (Miguel, Gabriel, Rafael, Sariel, Uriel, Ragüel y Remiel). Finalmente los Ángeles que constituyen el coro 9º. Si hasta en el Cielo hay castas, no se entiende que los hombres dedicados a la política se obstinen en pretender que basta con que se adopte el sistema democrático de gobierno y la forma republicana de Estado, para que desaparezca la desigualdad inveterada de todas las sociedades, hecho históricamente comprobado y captado como evidencia en nuestra actualidad. Al fin de cuentas, no es suficiente con declararse ateo o perteneciente a una sociedad laica para que desaparezcan realidades sociales que han perdurado en el tiempo sin variación sensible.
La democracia, lejos de destruir las desigualdades, no ha hecho más que consagrarlas mediante principios relativos que proclaman irrealidades de las que no se puede abjurar so pena de convertirse en un paria social. Los brāhmanas de la democracia al igual que los del hinduísmo, ocupan la primera categoría; son los encargados de los ritos parlamentarios y administrativos de la sociedad, dirigidos todos directa o indirectamente por el sumo sacerdote que es el jefe del gobierno. En esto no se asemejan a los brāhmanas hindúes que carecen de privilegios y rangos que los privilegie.
La confusión comienza a ser advertida a causa del dominio que del poder judicial el brāhmana democrático ejerce solapadamente sobre los miembros de esa otra casta: la de los chatrias, lo que equivale en el hinduísmo a la separación de poderes del siempre recordado Montesquieu. El poder económico que debiera formar una casta propia (la de los vaishyas), está igualmente contaminado por los brāhmanas a quienes nutren con dinero para para repartirse a posteriori riqueza pública. Por debajo de estas tres castas de la democracia están los shūdras, el pueblo soberano al que se acaricia durante las campañas electorales y a cuyos integrantes se les aplican las leyes con sabiduría y rigor, algo impensable respecto de los brāhmanas, y los chatrias, así como a prominentes vaishyas pues, a los vaishyas propietarios de una pequeña empresa les cae el peso de la ley con el mismo rigor y sabiduría que a los shūdras. Es una cuestión de tamaños: los pesados y los livianos; la cantidad y la cualidad.
La diferencia de las castas hindúes y las de las democracias occidentales consiste en que en el hinduísmo cada cual permanece dentro de los límites de su propia realidad social, mientras que en la democracia los integrantes de las tres primeras castas están privilegiados con una movilidad bienechora sólo para ellos, y fuera de toda consideración comunitaria. La inmovilidad de los miembros de las castas orientales impide el favorecimiento personal y el abandono de los deberes sociales de cada cual. La movilidad de los miembros de las castas democráticas favorece el mejoramiento personal y el aprovechamiento de los fuertes sobre los débiles que, para que todo quede justificado, se les ha otorgado la cualidad de depositarios de la soberanía popular. Obviamente, tal rango es del todo una falacia porque la frase y cada uno de los dos vocablos carecen de aplicación práctica. Ello es así porque el voto sirve para elegir candidatos de unas listas que el pueblo soberano no ha contribuido a formalizar. La elección ya la han practicado los partidos aunque en verdad, la ha dirigido el sumo sacerdote, el brāhmana que dirige desde las alturas del poder todos los movimientos de la sociedad, sea directamente, sea por medio de sus acólitos más fieles, sitio al que nadie puede acceder sin pasar antes por una serie de pruebas que tienen la finalidad de acreditar la fiabilidad del candidato. En este caso sí que se cumplen con rigor los preceptos metafísicos del Rig-Vēda, aunque sólo en un aspecto porque se pueden atravesar las fronteras de la casta y una vez dentro, los hinduístas domocráticos cierran las puertas y levantan los puentes para que la casta se mantenga libre de todo intrusismo. Una cosa es ser un simpatizante, militante o afiliado a la casta brahamánica, y otra muy distinta ejercer de miembro activo dentro de ella. Ello es imposible si antes no se ha pasado por una serie de ritos de iniciación política cuya culminación es el la obtención del grado de compañero incondicional.
Puesto que todos los hombres son iguales, cualquiera puede proponerse candidato e intentar un triunfo electoral, lo que constituye otra falacia. Si no cuenta con el auxilio de los medios de comunicación que pertenecen a la casta de los vaishyas pero que la han abandonado para integrarse en la de los brāhmanas sin contaminarla, nadie podrá intentar una aventura electoral de modestas condiciones, y suponer que puede triunfar venciendo a los colosos de la casta brahamánica. Es imposible vencer a los verdaderos brāhmanas que compiten entre sí, y que todo lo pueden y nadie puede con ellos.
Lo lamentable e irónico de toda esta parafernalia montada para esconder la mentira, es que los principios de igualdad que el liberalismo consagra y proclama, es la de una igualdad paralítica, que está impedida para desplazarse a la misma velocidad que la de los brāhmanas en una contienda electoral. Que en ejercicio de un principio democrático y republicano se invite a competir a quien desea hacerlo pero carece de los medios necesarios para llegar a todos los electores, es una burla indecente, una inmoralidad. La contienda electoral está destinada a la casta de los brāhmanas, y ganará, seguramente, quien haya acumulado en su casta a los mejores chatrias y a los más poderosos vaishyas. El gobierno que decidirá la suerte del pueblo soberano (los shūdras) es cosa de una sola casta que siempre está penetrada por los mejores exponentes de las dos siguientes en orden descendente, y esa penetración de los mejores miembros de las dos castas inferiores está causada por una futura e inevitable prevaricación, perversión moral y desprecio hacia los shūdras (el pueblo soberano), que carecen de los medios para combatirlo, pues de otra manera no se explica el interés de los ricos en acercarse al poder político.
En relación a un estudio anterior La profesión política publicado en Iruya.com el 19 de mayo de 2007 he tratado el tema de la falta de responsabilidad profesional de lo que aquí hemos identificado como la casta de los brāhmanas. A propósito de esto, en una tertulia televisiva hace ya algunos años, un sociólogo le reprochaba a un político allí presente, que le parecía injusto que ante el incumplimiento de un contrato como lo es la promesa electoral, aceptada mediante la elección del promitente, que ante su incumplimiento no se castigara de alguna manera a la parte que incumplió, a lo que el político le reprochó al sociólogo que siendo una persona inteligente y culta cómo pretendía una cosa así; que el castigo o el reproche al brāhmana es algo impensable. Y en efecto, batante castigo tiene con no ser reelegido. Es curioso pero, lo más lógico es que ante una contienda intelectual que en la que surgen dos opiniones encontradas, sólo una de ellas lleve razón. Pues, en este caso, y aunque parezca un hecho milagroso, ambos contertulios tenían razón: el sociólogo porque pretendía una justicia imposible; y el político, porque una persona culta como era ese sociólogo debía tener por sabido que los miembros de la casta de los brāhmanas no responden más que ante Dios, y ni siquiera eso, porque son, por lo general, ateos, que es la tendencia de moda en Occidente. |