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El verano es una fecha propicia para que los celos renueven su ímpetu. El cuerpo menos cubierto y la piel mostrándose generosa, activa las miradas de unos y la molestia de otros, en un juego (no siempre inconsciente) de provocaciones y expectativas de respuesta.
Sentimientos riesgosos el que representa el universo de los celos, centralizados todos en la inseguridad de una de las partes para aceptar la autonomía de la otra parte. Teóricamente, los seres humanos son independientes, casi dueños de sus actos, pero en el territorio de los celos, se capitalizan las ideas de posesión y derechos de hasta donde es libre e independiente una persona cuando del tema del amor se trata.
Los Puntos de conflicto
Los celos es una de las aristas menos clara en la convivencia de las personas (sobrepasa el orden de los géneros) y más que nunca se hunde en la historia personal de los que provocan y de los que reaccionan y en la realidad contradictoria del ansia de libertad. La relación amorosa es esencialmente dependiente, está sujeta a compromisos, pactos y obligaciones integrales. Está sometida a sentimientos únicos y de exclusividad que deja la puerta abierta para puntos de conflictos e insatisfacciones que tienen en los celos la válvula para otros mensajes.
Cuando la persona cela, el otro celado es una pantalla donde se canalizan y filtran historias infantiles de padres faltantes y hermanos fantaseados como más queridos, actualización y repetición de situaciones vividas como privilegiadas para los demás y de postergación para el protagonista. Los celos, ante tanto antecedente personal, es una prueba de límites, donde las imágenes pasadas golpean insistentemente en control de los recuerdos, y ante el mínimo justificativo externo, arrecian a la superficie para explotar en bochorno.
Los seres humanos somos seres de búsqueda, representadas en necesidades que convergen hacia la sustancialidad de ser reconocidos, queridos, atendidos, tenidos en cuenta, para que nuestra existencia tenga sentido y razón de existir. Sin ocupar un espacio en el interés del otro (cualquiera fuera su condición de parentesco) no hay posibilidad de sobrevivir. Lo que enrarece el campo de convivencia, es que esos espacios de interés por el otro se multiplica hasta construir una situación de exclusividad, condicionada por la calidad de posesión excluyente.
Se empuja a la otra persona en un círculo vicioso de exclusión y pertenencia única. Lo que comienza como un sentimiento de cariño se va trastornando a un impulso incontrolable y sofocante de propiedad privada, que va estragando la relación hasta hacerse mutuo daño. Lo que es amor se transforma, provisoriamente, en evacuaciones desenfrenadas de rendiciones de cuenta que profundizan el sufrimiento de una experiencia desgastante.
Lo que es amor se convierte en sentimientos y sensaciones ingobernables de dolor y amenaza que destruye una anterior idealización. La crisis se hace inmanejable, deteriorando la relación que se configura en intolerancia, agresiones, odios y malestares, cóctel de impulsos y sentimientos que ocultan la referencia de la carencia y necesidad que las soporta. Una historia conocida y repetida.
El Sol del cuerpo
Los celos siempre están y de forma manifiesta. Presentes, no como estado subterráneo y larvado, sino permanentes y superficiales. La vida sicológica humana, en todas las edades, es la necesidad de alimentar su autoestima y, para ello, es imprescindible el otro que estimule, reconozca y convalide esa ilusión. Al decir de J. P. Sartre, todo padecimiento humano lleva consigo oculta alguna empresa, y los celos son el padecimiento humano universal que lucha por la empresa de pedir (de forma compulsiva) que necesitamos que el otro se ajuste a nuestra identidad ilusoria e ideal y, desde ese lugar, nos deje una mirada, unos gestos, unas pruebas de cariño y aceptación. Lo demás, todo lo demás, es conciliable. |