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19 jul 2008
Salta - Iruya.com

Acercarse al calor del Poder

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Por Juan V. Cino - Publicado a las 07:21 - viernes 28 de diciembre de 2007 (leído 523 veces)   
Los "buscas" forman parte de todos los paisajes del mundo. Sin embargo, en Salta presentan rasgos propios, simpáticos o irritantes.
ImageEl poder, entendido en este caso como el control de los resortes políticos del Estado y por ende de los recursos públicos, ha fascinado desde siempre a los mortales y, por supuesto, a nuestros perecederos comprovincianos.

En algunos, la atracción es tal que orientan sus talentos (pocos o muchos), sus días y sus noches, sus encantos, sus apellidos y blasones, a conquistarlo, mantenerlo o, llegado el caso, a recuperarlo.

En otros, aquellos que carecen de vocación política, el poder despierta diferentes grados de deslumbramiento. En unos casos pasajero, en otros perpetuo.

Si bien en la mayoría esta atracción es meramente contemplativa, existe, también en Salta, una minoría variopinta que pretende usufructuar, beneficiarse del poder, sin las incomodidades que provoca su ejercicio directo: Son los “buscas”, una amplia familia en donde coexisten personalidades inocentes, oportunistas irredentos, pobres y ricos, desesperados solitarios o en gavilla, y verdaderos delincuentes profesionales.

Para situar correctamente a los “buscas” dentro del entramado social, es preciso distinguirlos de los ciudadanos que ejercen legítimamente su derecho a peticionar justicia, prestaciones, servicios públicos o, incluso, ayudas sociales. Bien sea que estas peticiones se formulen desde la mansedumbre provinciana o desde la agresividad de la huelga o del piquete.

Los detentadores del poder (que son muchos en las democracias modernas y muy pocos en las autocracias) adoptan distintos comportamientos tanto respecto de los ciudadanos peticionantes como de los “buscas”.

En Salta, el régimen anterior (derrotado en las elecciones del pasado mes de octubre) definió todo un estilo en esta materia: Por una parte, ejerció la demagogia, el favoritismo y el desdén con los ciudadanos peticionantes. Por otra, pactó con algunos “buscas” y rechazó a otros; en realidad, generó una auténtica corte integrada por “buscas” oficialistas, audaces, bienpagados e incondicionales. Unos lograron atender sus necesidades básicas, otros se enriquecieron por generaciones, accedieron a Los Altos y disfrutan de delicias asiáticas.

Aquel estilo tenía una suerte de hilo conductor: Los jerarcas desaparecían de los lugares que solían frecuentar en su vida anterior (salvo uno, que seguía concurriendo al mismo café de la Plaza), rodeándose de un aire de misterio y lejanía. Cuando las bienales campañas políticas lo hacían imprescindible, el Jerarca salía con sus bolsillos repletos de monedas y de billetes de cinco pesos, para despachar a los “buscas” menores, y en compañía de una eficaz secretaria encargada de recoger cartas (nunca respondidas) y carpetas con ideas, proyectos y utopías.

Los cambios políticos, como el que acaba de producirse en Salta, generan expectativas cívicas y sacuden el avispero de los “buscas”.

Quién mas quién menos procura encontrar un vínculo, por delgado que sea, con el nuevo gobierno. Las memorias se ponen en marchas para recordar (o inventar) parentescos y amistades; para repasar la lista de compañeros de la escuela, del fortín gaucho, o del servicio militar y de vecinos del barrio. Antiguos noviazgos, viejas noches de champagne y truco, periódicos encuentros en los boliches de moda, “militancias” en la vereda afortunada, vicios o virtudes comunes, todo sirve en la enorme tarea de tender puentes con la nueva “situación”.

Así, no es raro que los nuevos funcionarios reciban en sus casas una docena de gaznates, una gallinita gorda, un par de escarpines para el nietito del secretario privado del director general.

En el pasado inmediato, de ser ciertos algunos trascendidos, los afortunados recibían, además, simples números de teléfonos de damas de buen ver, sabedoras de las debilidades humanas y deseosas de dejar, de una buena vez, el percal, los relojes de plástico y esas provisorias colonias de peluquería de barrio.

Pero los peores “buscas” son aquellos que fabrican encuentros con la alta burocracia política en las reuniones sociales, en los actos oficiales en la casa de gobierno, o que consiguen abrir puertas con regalos magníficos e inaceptables para cualquier conciencia republicana.

En Salta, al menos hasta aquí, sucede como en Buenos Aires.

En efecto, en la ahora ciudad autónoma, los “buscas” de alto vuelo inundan mañanas y tardes el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, sonríen a los ocasionales ocupantes del atril o de los bancos que rodean al busto de la Libertad, y esperan la orden de desconcentración para deslizar tarjetas en las manos bienhechoras de los atareados funcionarios o para obtener compromisos de futuras audiencias.

Si por esas cosas de la fortuna tal encuentro resulta imposible, siempre queda el cotidiano cóctel vespertino o aquella invitación del embajador del primer mundo en donde, si acaso, las oportunidades de una aproximación que abra las puertas del reino son aun mayores.

Hay, en Salta, otras oportunidades singulares, propias de nuestra condición provinciana: Bautismos, honras fúnebres, casamientos, aniversarios, citas religiosas, salidas de los colegios privados, cafés céntricos, paseos sabatinos por el shoping, días re rebajas de Tienda San Juan, colas en la empanadería de moda. Vaya donde vaya, el detentador de poderes públicos se topará con uno o varios “buscas” que aprovecharán para pedir, recordar, presionar, insinuar, sugerir, tentar o tantear.

Todas estas prácticas, radicalmente antirrepublicanas, no son nuevas entre nosotros. Pero reverdecieron y se agigantaron bajo el régimen anterior.

Y aunque no haya nacido aún quién sea capaz de acabar con la hispánica picaresca ni con la sagacidad diaguita, el nuevo Gobierno rendirá un gran servicio a la democracia si es capaz de abrogar los espacios en donde reinan la opacidad y la discrecionalidad.

Que así sea.
 
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