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La prensa española atribuye al narcotráfico colombiano el resultado del Mundial 78

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Por Luis Caro Figueroa - Publicado el miércoles, 05 de diciembre de 2007 (leído 689 veces)   
Los jueces que juzgan al dictador Videla por los crímenes que son de todos conocidos, debieran agregar a la amplia lista de tropelías cometidas por el ex militar el haber puesto bajo sospecha la legítima obtención de la Copa del Mundo de 1978 por el Seleccionado Argentino de fútbol.
Rob Rensenbrink estrella una pelota en el arco argentino, faltando un minuto para que termine la final del Mundial 78
Rob Rensenbrink estrella una pelota en el arco argentino, faltando un minuto para que termine la final del Mundial 78
Los dos principales diarios españoles recogen hoy una información originada en la agencia EFE y fechada en Bogotá en la que se asegura que el narcotráfico colombiano sobornó a la selección peruana de fútbol para "ayudar" a la selección argentina a conquistar el Mundial de 1978. Esta especie de revisionismo histórico-deportivo no hubiese tenido ningún eco si en 1978 la Argentina hubiera sido un país democrático, regido por un gobierno legítimo.

Lo sorprendente del caso no es la noticia en sí misma, habida cuenta de las innumerables novelas que se han tejido desde entonces sobre el partido contra Perú, sino el que dos medios serios, como lo son El País y El Mundo, se hagan eco de afirmaciones casi imposibles de probar y que han sido efectuadas por una persona vinculada estrechamente al crimen organizado.

Quizá la sorpresa sea menor si tenemos en cuenta la escasa simpatía que el fútbol argentino ha despertado siempre en España, a causa tal vez del complejo que arrastra el aficionado hispano por el pobre desempeño de sus equipos en los torneos mundiales o por el deslumbramiento que produce en este país todo lo relacionado con el fútbol brasileño.

Este sentimiento no es "correspondido" en la Argentina, en donde mayormente se respeta al fútbol hispano y el fútbol brasileño no provoca irracionales deslumbramientos sino más bien desdén. Prueba de aquella simpatía es que a pocos aficionados argentinos se les ocurriría, ahora y nunca, echar sombras sobre el desempeño de la selección española o pensar, por ejemplo, que el clamoroso gol que falló el español Cardeñosa en aquel Mundial, debajo del mismo arco de Brasil, fuera producto de amenazas de ETA contra el delantero.

Pero cuando se trata de poner en duda la conquista argentina, los españoles se apuntan con entusiasmo, y al hacerlo renuncian a preguntarse qué interés pudo haber tenido el Cartel de Cali en perjudicar a Brasil o en ayudar a la Argentina. O por qué unos delincuentes que sabían exactamente lo que hacer con su dinero habían decidido "invertir" en la Copa del Mundo de 1978.

A cierta prensa española le encanta escarbar en la vida de Diego Maradona y relacionarlo, cada vez que se puede, con el mundo de la droga, tal como si Maradona hubiera brillado más en éste que en el del fútbol. Pero algún periodista obsesionado o poco informado no cayó en cuenta que mezclar a Maradona con el posible "amaño" del partido contra Perú, en 1978, supone atribuir un absurdo protagonismo a un adolescente de 17 años (los que tenía Maradona entonces) que se encontraría probablemente todavía sollozando por haber quedado fuera de la lista de Menotti.

Las referencias a Maradona en la información de EFE son tan inconsistentes que ni siquiera merece la pena detenerse en ellas. Un solo dato: la afirmación de que la contratación de Maradona por el América de Cali "a finales de los 70" fue frustrada por Guillermo Coppola, es absurda. El representante de Maradona era Jorge Czysterpiller, y es probable que el Diez ni siquiera conociera a Coppola en aquellos años.

Si todo esto es cierto, como parece que dan por sentado los medios españoles, al narcotráfico colombiano le faltó dinero o un traductor eficiente para sobornar a Dick Nanninga y a Rob Rensenbrink, dos integrantes de la selección holandesa que disputó la final aquel recordado 25 de junio de 1978. El primero empató el partido con un certero cabezazo y el segundo, a falta de un minuto, estrelló una pelota en el palo derecho de Fillol, que hubiera supuesto consagrar a Holanda campeona del mundo. Como dijo alguna vez el inolvidable Antonio Rattín, "si esa pelota entraba, era gol".

O sea, que todo no "estaba atado ni tan bien atado" por la delincuencia colombiana como alegremente se supone. Que los holandeses (como antes los peruanos, polacos y brasileños) salieron a ganarle a la Argentina sin pensar que el general Videla y sus secuaces les iban a pasar factura después. La selección de Polonia tuvo a la Argentina contra las cuerdas en Rosario en un partido en el que Mario Kempes cometió un recordado penal atajando una pelota en la línea de gol cuando Fillol ya estaba vencido. Brasil empató a cero un partido que no supo ganar y Perú opuso la resistencia que se esperaba de un conjunto, ya eliminado del Mundial, que además enfrentaba al equipo local que se jugaba, nada menos, que pasar a la final del torneo.

Horas antes de comenzar el partido de Argentina contra Perú, el finalista era Brasil. Pero Brasil sabía que si ellos habían logrado derrotar a Perú por 3 a 0 (el 14 de junio), Argentina -que necesitaba vencer por cuatro goles de diferencia- podía infligir al Perú una derrota incluso más abultada. Que fue lo que en definitiva sucedió. Es cierto que la selección de Menotti no había ganado en el mismo torneo otro partido por un marcador similar, pero no es menos cierto que una vez confirmada la posibilidad de disputar la final y de dejar en el camino nada menos que a Brasil, la motivación de aquel grupo de jugadores era automática, brutal... y más que suficiente para golear al Perú, aunque hubiese opuesto una resistencia numantina.
 
 
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