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La argentina es una sociedad exasperada in crescendo y, en la semana que pasó, ha dado muestras de intemperancia en distintos ámbitos y momentos de la vida cotidiana. Los hechos diarios que acontecen en el conurbano bonaerense sobre todo, prolijamente amplificados por la prensa masiva “nacional”, predisponen en contra al ánimo colectivo, aunque los episodios de violencia individual e irracional se dan a lo largo y ancho del país. La exasperación se expande, pues, como epidemia y contagia lentamente todo el cuerpo social argentino.
 | | Gustavo Barbarán | |
| Dos casos paradigmáticos y a la vez patéticos, muestran la carne viva. Por un lado, el tan duro como inútil cruce entre el jefe de gabinete porteño y el ministro de justicia de la Nación, quienes se dispararon con munición gruesa a causa del corte de las autopistas por parte de un grupo de habitantes de la Villa 31, soliviantados por vaya a saber qué facción tras el deseo elemental de un techo digno. Por otro, el sangriento encontronazo entre activistas de sindicatos petroleros y de la construcción, cerca de Colonia 25 de Mayo en La Pampa, dejando un muerto en el camino a causa de un botín de mil nuevos afiliados. En el primer ejemplo, el control de la Ciudad Autónoma es una pelea a muerte y desproporcionada, que tiene a la ciudadanía como rehén. La pelea del segundo caso… simplemente de terror por recurrente e inmoral, en nombre de la clase trabajadora.
La irritación social que ejercemos y padecemos no surgió espontáneamente de la nada o a causa de la ampliación del agujero de ozono, sino que viene fermentando desde hace mucho tiempo. Algún exagerado diría, con alguna razón, desde el fusilamiento de Dorrego en los campos de Navarro. Y así pasamos los años sin terminar de enterrar a los muertos, que a la vez sirven de justificativo para exasperar a los que no piensan como uno. ¿Acaso la intolerancia no es hija de la exasperación? El drama es que los paños fríos que algunos intentamos poner desde distintas tribunas (me incluyo, inmodestamente) no alcanzan para apagar completamente tantos focos de incendio que repican aquí y allá. Así como en nuestro país existe una pobreza estructural, también tenemos ya una exasperación estructural.
Durante buena parte de nuestra historia crecimos creyéndonos ser los mejores, si no del mundo al menos de América Latina. A cien años del fin de las vacas gordas, esa nuestra conciencia colectiva poco a poco advierte el nivel de deterioro común que implica pasar de séptima economía del planeta en 1910 a un puesto de tres dígitos: en ese lapso algo ha pasado por acá, dentro de nuestros corazones, dicho así para aventar el síndrome del enemigo externo, o sea la tendencia a echarle siempre la culpa de nuestros padecimientos a los otros.
En esta columna muchas veces hemos referido a nuestra acentuada tendencia a la anomia; tal vez por habernos creído más de lo que somos nos cuesta tanto aceptar las normas. Los argentinos somos anómicos. Una sociedad se exaspera fácilmente cuando tiende a no respetar las reglas de juego y la violencia es la consecuencia de la intolerancia que ha generado la exasperación. Un perfecto círculo vicioso que constituye la base de nuestra idiosincrasia moderna.
Pero para que esta columna no se quede en una plañidera convocatoria al suicidio colectivo, empecemos por considerar urgente la reconstrucción de paradigmas -personales y sociales- dentro de un modelo de país que no tenemos y urge diseñar para el próximo medio siglo. Esto no puede hacerse sin un presupuesto elemental en toda sociedad que se precie de abierta y solidaria: un diálogo sincero y sin condicionamientos. No hay otra forma para empezar incluso para reforzar la faz agonal de la política. Ya vivimos en momentos de extrema dificultad la experiencia fructífera de aquel Diálogo Argentino que nos rescató del abismo. De nuevo alerta la Conferencia Episcopal Argentina, la que en su reciente documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad” (96ª Asamblea Plenaria, 14/11/08), de lectura obligatoria, ha dicho: “Muchos signos nos hacen pensar que está por nacer un país nuevo, aunque todavía no acaba de tomar forma. En los últimos años, gracias al diálogo, hemos vivido aprendizajes cívicos importantes. […] Más bien expresamos la necesidad de buscar acuerdos básicos y duraderos, mediante un diálogo que incluya a todos los argentinos”. Lo dicho no es solo para católicos sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad que habitan el suelo argentino. El signo de los tiempos lo indica, lo exige, lo reclama. |