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Si algún lugar existe en esta Tierra en donde la fama de Maradona es incalculablemente ambigua, ese lugar es la isla de Gran Bretaña. Aquí se lo adora y se lo odia casi a partes iguales, aunque por razones bien diferentes. Una mayoría de británicos sigue considerándole responsable de la injusta eliminación de la selección de Inglaterra en el Mundial de 1986, por el gol que el diez argentino habría marcado con un inolvidable puñetazo en los mismos morros del arquero Peter Shilton. Una minoría -probablemente antiinglesa- le adora por la misma circunstancia. Otros le tienen endiosado por el "otro" gol, el segundo, en el que Maradona gambeteó hasta las sombras de media docena de jugadores ingleses que intentaron frenar una carrera que quedó inmortalizada en la historia. Otros, en fin, le adoran y admiran por este mismo gol.
 | | Estado de Hampden Park en Glasgow | |
| Por estas razones, y por otras, la presencia de Maradona anoche en Glasgow, cuna de los inventores del fútbol, fue un suceso difícil de cuantificar. Su estreno como técnico podría haber alcanzado idénticas cotas de éxito incluso en la cancha de Sportivo Huaytiquina, pero ha querido el destino que todo suceda en la siempre sobria y elegante ciudad de Glasgow, una especie de Atenas clásica para el mundo del fútbol occidental. Los argentinos llegados aquí para asistir a la cita de Hampden Park han podido también disfrutar de una ciudad más activa que nunca como centro cultural, con su West End intacto y su soberbia Universidad.
La lluvia, que es parte de la identidad de este pueblo, como lo son los tartanes, el whisky, la famosa cinta scotch de Minneapolis y la gaitas, no hizo otra cosa que realzar el lujo de la fiesta. Mientras sonaban los himnos, algunos alcanzamos a recordar que de estas tierras salieron alguna vez los Wemyss hacia playas cántabras y que no serían muy diferentes en aspecto que los enormes pelirrojos que poblaban la tribuna sur del estadio. Wemyss que tras castellanizar su apellido a Güemes, se trasladaron a América en el siglo XVIII, en donde armaron el aboroto que de todos es conocido.
Mientras el Himno argentino era balbuceado por Mascherano, inesperado capitán de la albiceleste, el escocés fue cantado en vivo por una atractiva jovencita que levantó el ánimo de los suyos hasta alturas adecuadas a la importancia del choque. Maradona, serio y callado durante la mayor parte del encuentro, mantuvo erguida la barbilla durante la ejecución de nuestro Himno y aplaudió con energía cuando finalizó. El hombre vestía chándal deportivo y zapatillas (no el saco entalcado de su antecesor Basile ni los finos trajes italianos de Franz Beckenbauer), pero aún así, con esa mirada hambrienta de niño de Villa Fiorito, saltó al césped envuelto en un halo de aristócrata del fútbol, muy distante de la imagen proletaria y apagada que dio el enfurruñado Terry Butcher, auxiliar del entrenador escocés, que se negó a estrechar la mano del diez.
Butcher está en la historia del fútbol no tanto por la rotundidad de su apellido (intimidante donde los haya, sobre todo tratándose de un defensor), sino por el hecho de que Maradona lo eludió varias veces durante la jugada del mejor gol de la Historia. Butcher dice que no perdona a Maradona "el gol con la mano", pero si se observa con detenimiento el "otro" gol, se puede ver el amor propio de Butcher deshecho unas tres veces por los quiebres de cintura de un Maradona imparable. Pocos defensores, como Butcher, han fracasado tres veces en la misma jugada, y tal vez sea esto lo que el ex defensor no perdona al actual entrenador argentino.
A los ocho minutos el equipo de Maradona marcó un gol. El entrenador no lo gritó. Permaneció en su asiento como si no se hubiera dado cuenta. Sólo un brutal manotazo de Alejandro Mancuso puso al diez sobre aviso de lo que estaba sucediendo. El primer gol de la "era Maradona" era marcado en el mismo estadio (¿también en el mismo arco?) en que fue anotado aquel primer gol de la primera "era Maradona", iniciada en 1979 frente al mismo rival. Maradona no acusó recibo del empujón de Mancuso. Apenas si cambió de expresión, pero él sabía que en ese momento estaba volviendo a entrar en la historia.
Tal vez todos esperaban que el equipo de Maradona saltara a la cancha tirando caños desde el vestuario, pero la realidad fue muy diferente. Argentina jugó los noventa minutos a un altísimo nivel, sin alcanzar gran eficacia, sin crear muchas situaciones de gol, pero con una voluntad inquebrantable de no ceder espacios ni ventajas innecesarias. ¿Será éste el estilo que impondrá Maradona a la Selección? Falta mucho para saberlo, pero anoche, en Glasgow, capital de un país atravesado por leyendas de fantasmas, comenzó a crecer anoche la leyenda, la segunda leyenda de Maradona, un señor que ha vuelto a la vida muchas veces. Habrá que creerle que es capaz de lograr lo que se ha propuesto ahora. |